07 junio 2006

Mt 4: 23-25

Franz Marc
Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.

Sin necesidad de hacer mayores precisiones, asumamos como hipótesis mínima que la Buena Nueva del Reino es el ofrecimiento de una vida en libertad.

Puesto que en este blog partimos de suponer que el Dios/Amor habla, este pasaje debe considerarse como un texto a través del cual el amor se expresa y les dice algo respecto de sí mismo a los lectores de todos los tiempos. Por ello, no podemos asumir que en este pasaje hay simplemente una descripción histórica de las maravillas que obraba Jesús cuando tocaba con sus manos a los enfermos. Necesitamos trascender la mera descripción y descubrir el sentido espiritual de las curaciones. La clave hermenéutica, como sabemos, está en el amor.


Si estamos partiendo de la suposición de que Jesús es el amor divino encarnado, entonces se puede decir que el amor cura “toda enfermedad y toda dolencia del pueblo”, entendiendo aquí por pueblo a la humanidad en un sentido amplio.

Pero, ¿qué debemos entender por enfermedad, sufrimiento y dolencia? Para lograr una interpretación espiritual, lo primero que habría que asumir es que, en todos los casos, se trata de enfermedades del alma. En otras palabras, debemos hacer el esfuerzo de no verlas como afecciones psico-físicas de ciertos individuos concretos que se acercaron a Jesús en aquel tiempo lejano, sino como dolencias espirituales que afectan a todo ser humano en cualquier tiempo y lugar.

Con ese fin, sugiero reflexionar un poco acerca de esta curiosa enumeración que se hace de tres tipos de enfermos: los endemoniados, los lunáticos y los paralíticos. Propongo verlos como personas espiritualmente imposibilitadas, es decir, personas en quienes una vida en libertad se halla bloqueada por diversas causas, pero quienes en contacto con el amor quedan de pronto liberadas de esas trabas.

Endemoniados.- Los demonios que toman posesión de la voluntad pueden ser vistos (sobre todo desde una fe escéptica) como una figura literaria que refiere a la extraordinaria fuerza y persistencia de las pasiones no gobernadas y los vicios que éstas generan en las personas. Si nos ajustamos a la tradición, esos demonios se pueden asociar con los siete pecados capitales: el orgullo, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula y la pereza. La lista puede aumentar, pero lo fundamental en esta idea es que los vicios toman posesión de la voluntad, y cuando esto ocurre, se convierten sin duda en obstáculos mayúsculos para una vida en libertad.

Lunáticos.- Las fases de la luna que influyen en las personas causando anomalías de la conducta son también una figura literaria. Refiere, a mi juicio, a los trastornos que se producen en la visión del mundo. Dicho de otro modo, el lunático es el que ve las cosas que lo rodean de una manera notoriamente distinta de la mayoría de las personas de su mismo entorno social y cultural. No se trata simplemente de una divergencia de opiniones ni menos aún de una disidencia conciente, sino más bien de una incapacidad. La podríamos describir como la incapacidad de concordar con el ‘ethos’ circundante, producida por muy diversas causas. Lo cierto es que este defecto es un obstáculo para una vida en libertad, si es que asumimos que la libertad es esencialmente social.

Paralíticos.- La parálisis motriz es una metáfora que se puede aplicar sin dificultad alguna a la impotencia de la voluntad, es decir, a la clara convicción que tiene una persona de que debe seguir un determinado curso de acción, seguida sin embargo de la absoluta imposibilidad de realizarlo. No debe confundirse esta impotencia con la imposibilidad de detener un curso de acción que se ha detectado ya como impropio o inconveniente, porque ese es el cuadro del endemoniado. El paralítico es quien no puede poner en marcha el curso de acción que quiere realizar. No cabe duda de que esta enfermedad del alma impide también la vida en libertad.

Parece que, por lo menos en el caso de los endemoniados y los paralíticos, el cuadro es el de una persona que sufre, en mayor o menor medida, porque carece de autodeterminación, es decir, de una sensación elemental de dominio sobre sí misma, que claramente está asociada a la libertad individual.

(Con los lunáticos mejor no meterse.)

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