16/07: Las rabonas
Hace unos días, un lector de este blog me sugirió que tratásemos el tema de las “rabonas” en los ejércitos peruanos del siglo XIX. En efecto, la presencia de estas mujeres en las tropas está registrada desde las guerras por la Independencia, pasando por las luchas caudillescas, hasta la Guerra del Pacífico. Las “rabonas” no solo eran las esposas o compañeras de los soldados, especialmente de los de ascendencia indígena; también podían ser sus madres o, incluso, sus hermanas. Los oficiales las toleraban porque eran auxiliares en el abastecimiento de la tropa y garantizaban un número menor de deserciones.

Soldado con su rabona (Pancho Fierro)
Uno de los testimonios más completos de estas célebres mujeres, nos lo da el viajero suizo Johan Jacob von Tschudi (El Perú. Esbozos de viajes realizados entre 1838 y 1842), quien estuvo en el Perú en la década de 1840 y quedó impresionado por el papel de las “rabonas” en la vida militar del país:
En los ejércitos hay casi siempre tantas mujeres como hombres. Cuando Santa Cruz entró a Lima, su ejército consistió en 7000 hombres seguidos por 6000 mujeres. A primera vista, esta costumbre parece extraña y llamativa, pero convence después de una evaluación más precisa de las circunstancias. Se cuenta que un famoso general dijo que “no quería emprender ninguna expedición militar con tropas que no cuenten con tantas mujeres como hombres”.
Las indias son tan serenas y constantes como los hombres y se adelantan al ejército en campaña. Por regla parten una o dos horas antes que los soldados y llegan mucho antes también al previsto lugar de descanso. Al llegar buscan leña para combustible, cocinas la merienda que llevan consigo y esperan a sus esposos, hermanos o hijos con la comida preparada. En las inhóspitas y solitarias regiones montañosas, esta preocupación tiene un valor incalculable ya que sin ellas las tropas morirían de hambre. Estas mujeres no causan molestia alguna al avance rápido de las columnas, al contrario, lo facilitan al aliviar a los soldados de parte de sus trabajos y les proveen descanso y alimentación adecuada. También se proveen de sus propias necesidades y ni el estado ni los comandantes de las tropas se preocupan de ellas. Los últimos están contentos si las indias les ofrecen cocinar para ellos también.
A estas mujeres se les llama rabonas. Durante las batallas se mantienen cerca de las tropas sin estorbarlas, después del combate buscan a los heridos y les curan. Su destino no es de envidiar, hay que tienen que sufrir, fuera de las variadas penurias y privaciones, maltratos de sus esposos, lo que aguantan con increíble paciencia.
El siguiente caso sirva de ejemplo característico de su subordinación incondicional. Un soldado boliviano le pegó a su mujer sin piedad en al Plazuela de la Inquisición de Lima. Un mulato que presenció la escena se acercó para asistir a la víctima. Ella, sin embargo, saltó contra su liberador y le arañó al c ara con las palabras: “Tú no tienes por qué entrometerte en mis asuntos, pertenezco a mi marido y él puede hacer conmigo lo que quiera”. Semejante sumisión supera aun la de un perro que lame la mano del que le pega.
Cuando las tropas descansan en la noche y algunas de las rabonas reciben noticias del destino fatal de sus esposos o hijos regresan con lamentos, buscan a sus muertos y les preparan su última posada bajo fuertes gritos de dolor.

Soldado con su rabona (Pancho Fierro)

Soldado con su rabona (Pancho Fierro)
Uno de los testimonios más completos de estas célebres mujeres, nos lo da el viajero suizo Johan Jacob von Tschudi (El Perú. Esbozos de viajes realizados entre 1838 y 1842), quien estuvo en el Perú en la década de 1840 y quedó impresionado por el papel de las “rabonas” en la vida militar del país:
En los ejércitos hay casi siempre tantas mujeres como hombres. Cuando Santa Cruz entró a Lima, su ejército consistió en 7000 hombres seguidos por 6000 mujeres. A primera vista, esta costumbre parece extraña y llamativa, pero convence después de una evaluación más precisa de las circunstancias. Se cuenta que un famoso general dijo que “no quería emprender ninguna expedición militar con tropas que no cuenten con tantas mujeres como hombres”.
Las indias son tan serenas y constantes como los hombres y se adelantan al ejército en campaña. Por regla parten una o dos horas antes que los soldados y llegan mucho antes también al previsto lugar de descanso. Al llegar buscan leña para combustible, cocinas la merienda que llevan consigo y esperan a sus esposos, hermanos o hijos con la comida preparada. En las inhóspitas y solitarias regiones montañosas, esta preocupación tiene un valor incalculable ya que sin ellas las tropas morirían de hambre. Estas mujeres no causan molestia alguna al avance rápido de las columnas, al contrario, lo facilitan al aliviar a los soldados de parte de sus trabajos y les proveen descanso y alimentación adecuada. También se proveen de sus propias necesidades y ni el estado ni los comandantes de las tropas se preocupan de ellas. Los últimos están contentos si las indias les ofrecen cocinar para ellos también.
A estas mujeres se les llama rabonas. Durante las batallas se mantienen cerca de las tropas sin estorbarlas, después del combate buscan a los heridos y les curan. Su destino no es de envidiar, hay que tienen que sufrir, fuera de las variadas penurias y privaciones, maltratos de sus esposos, lo que aguantan con increíble paciencia.
El siguiente caso sirva de ejemplo característico de su subordinación incondicional. Un soldado boliviano le pegó a su mujer sin piedad en al Plazuela de la Inquisición de Lima. Un mulato que presenció la escena se acercó para asistir a la víctima. Ella, sin embargo, saltó contra su liberador y le arañó al c ara con las palabras: “Tú no tienes por qué entrometerte en mis asuntos, pertenezco a mi marido y él puede hacer conmigo lo que quiera”. Semejante sumisión supera aun la de un perro que lame la mano del que le pega.
Cuando las tropas descansan en la noche y algunas de las rabonas reciben noticias del destino fatal de sus esposos o hijos regresan con lamentos, buscan a sus muertos y les preparan su última posada bajo fuertes gritos de dolor.
Soldado con su rabona (Pancho Fierro)
Etiquetas :

Total de Votos: 58 - Rating: 3.48
Ingrese su correo electrónico para suscribirse a los comentarios de este artículo:








adenis escribió: