Al proclamarse la independencia, el Perú debía definir el territorio que por derecho propio debía poseer. Los principios para establecer ese derecho fueron: del uti possidetis (tiene su origen en el derecho romano; la fórmula era: uti-possidetis ita possidatis, que quería decir “como estáis poseyendo así sigáis poseyendo”), de la libre determinación de los pueblos (derecho que tienen los pueblos que se declaran independientes de una metrópoli para formar estados soberanos, anexarse a otros para formar confederaciones o, decidir reunirse a una circunscripción distinta a la que venían perteneciendo al margen del principio de uti possidetis) y, eventualmente, de la acción descubridora y civilizadora.

Por el principio de uti possidetis, el nuevo estado debía ocupar el territorio del antiguo Virreinato peruano y éste incluía Maynas (devuelto al Perú por la Real Cédula de 1802); Tumbes y Guayaquil (que se reincorporaron al Virreinato por la Real Cédula de 1803); la intendencia de Puno (reincorporada en 1796); y el Alto Perú (reincorporado por el virrey Abascal hacia 1810 debido a las revueltas separatistas en Chuquisaca y la Paz).

Pero algunos de estos territorios tendrían destinos diferentes. La victoria patriota de Pichincha (1822), puso en juego el futuro de Guayaquil que antes había apoyado la independencia del Perú. Incluso envió una representación al Primer Congreso Peruano evidenciando su voluntad autónoma y libre de decidir su destino. Sin embargo, Bolívar, interesado en dotar de un puerto a Quito, decidió, sin consulta popular alguna, anexar Guayaquil a la Gran Colombia. Fue en ese contexto que San Martín llegó a dicho puerto a entrevistarse con Bolívar en julio de 1822. El hecho estaba consumado y el Perú nunca tuvo en los años posteriores una política para reinvindicar Guayaquil; se terminó aceptando el principio de “libre determinación” como si este hubiera funcionado realmente.

Caso contrario ocurrió con la provincia de Jaén de Bracamoros. Había pertenecido al Perú hasta 1739, año en que fue incorporada al Virreinato de Nueva Granada. Sin embargo, al aproximarse los tiempos independentistas, sus habitantes, actuando con absoluta libertad, decidieron proclamar su independencia en 1820 junto a Trujillo, Lambayeque, Piura y Tumbes. Fue un caso típico de “libre determinación” y desde entonces nunca Jaén dejó de pertenecer al Perú.

El destino del Alto Perú se tornó aún más complejo. Históricamente unido al Bajo Perú, desde 1776 pasó a formar parte del virreinato del Río de la Plata. Esta anexión fue muy criticada entonces, sobre todo por el virrey Manuel Guirior quien temía una crisis económica en el Perú al pasar las minas de Potosí a otro virreinato. Desde ese momento, el Alto Perú osciló entre las influencias de Lima y Buenos Aires hasta que el territorio se convulsionaría en la época de las juntas de gobierno de Chuquisaca y la Paz.

Pacificado por el virrey Abascal en 1810 su territorio se reincorporó al virreinato peruano por lo que el Alto Perú (o la Audiencia de Charcas) dependía políticamente de Lima al momento de la independencia. Sin embargo, luego de la victoria de Ayacucho, el general Sucre entró a Chuquisaca y reunió una asamblea en el antiguo local de la universidad San Francisco Javier donde 40 altoperuanos decidieron declarar su independencia respecto al Perú; esto ocurría el 6 de agosto de 1825. Luego de esta histórica decisión, llegaba Bolívar quien no opuso resistencia a la creación de una nueva república que llevara su nombre: Bolivia. De esta forma, se fraccionaba al Perú en dos a través de una maniobra divisionista e interesada de Bolívar y Sucre. La idea era restarle peso político, territorial y económico al antiguo Perú (los dos perúes, el Alto y el Bajo) en favor de la Gran Colombia para que ésta tenga supremacía en la futura Federación de los Andes.

Para algunos, Bolívar recogió los sentimientos regionalistas y autónomos que los altoperuanos habían desarrollado desde 1776; para otros, su inesperado nacimiento como República fue una suprema contradicción frente al ideal unitario del Libertador. La geografía también estaba en su contra: pocas zonas del continente quedaron tan aisladas del mundo externo como Bolivia. Su acceso al Pacífico a través del puerto de Cobija era prácticamente imposible debido a la presencia del desierto de Atacama; hacia el Atlántico, la antigua ruta comercial que llegaba hasta Buenos Aires estaba prácticamente abandonada.

Finalmente, el nuevo estado peruano quedó organizado en base al antiguo territorio del Virreinato del Perú que comprendía las audiencias de Lima y Cuzco. Posteriormente, Bolívar, en 1825, estableció en forma definitiva la demarcación interna con siete departamentos: La Libertad (ex-intendencia de Trujillo), Junín (ex-intendencia de Tarma), Lima, Ayacucho (uniendo las antiguas intendencias de Huancavelica y Huamanga), Puno, Cuzco y Arequipa.


Mapa del Perú (1865)