
El primer invierno que yo escribí fue hace muchísimo tiempo, cuando tomaba el lápiz de otra manera y empecé a usar esas gomas triangulares que se colocan en el lápiz para que no me salgan cayos. “Así no se toma el lápiz, te dolerá” me dijo ella, que también usaba esas gomas, solo que la suya era morada y la mía verde. En realidad, a mí no me dolía el dedo cuando escribía, solo había comprado esa ridícula cosa para tener una igual que ella, y me notara. Y lo hizo. Fue la primera vez que yo le dije (y me dije a mi mismo) que añoraba el otoño, porque era mi estación favorita. “Añoro el otoño porque en otoño añoro mi primer verano enamorado”. Le conté la historia antes de que se borrara de mi mente y le pareció que era “una personita transparente”. Hace poco, alguien me dijo que yo establecía relaciones amicales especiales realmente rápido. Ya recordé por qué y cómo.
A mí, de entre todas las cosas que me podían gustar de ella (miles), me encantaba su nombre porque era lo único que me hacía suspirar. Es decir, tenía ojos simples, sus labios eran serios y era más alta que yo. Pero como en toda historia de amor, el compartir con ella muchos días de mi semana me llevó a enamorarme perdidamente de aquella chica. Me gustaba mucho verla esperar a que la recogieran. Cuando la persona que te gusta espera, se convierte en un cuadro que nunca olvidarás en tu vida. Yo no podía sacármela de la cabeza ni de mi pecho en todo el día. Lo peor de todo era que a toda hora su presencia me agobiaba al estar en mi mismo salón. En esa época, yo pensaba que todo el mundo me miraba, que observaba cuando escribía secretamente bajo la carpeta, cuando le miraba. Por ello me agobiaba que ella esté cerca mío, porque sentía que todos lo notaban.

A pesar de ello, éramos buenos amigos. Hablábamos seguido y yo cada día pensaba en el día anterior y recordaba sus palabras y sus sonrisas y sus preguntas. A veces quería llamar su atención escribiendo con letra bonita o robando un poco de colonia amaderada de mi padre pero nunca lo logré. No me parecía triste sino muy cómico al verme a mí mismo intentando impresionar a alguien o si quiera llamar su atención haciendo cosas que jamás haría (y alguna vez dije que no haría). Sin embargo, las primeras que notaron esas cosas eran los demás, sobre todo sus mejores amigas. Ellas me preguntaban los por qués y lo cómo respectivos pero, más importante aún, el “quién”. Las chicas siempre tendrán un sexto sentido (y algunos chicos como yo también) cuando alguien le gusta a alguien, pero nunca cuando ellas le gustan a alguien (a menos que el chico sea un obvio tonto).
El día que yo pensé que me iba a declarar era el día segundo de invierno de ese año. No hacía tanto frío en ese entonces. Por aproximadamente un año había pensado en lo que finalmente le diría (nuestra amistad tenía cuatro años más) en ese momento. Estaba sumamente nervioso y no podía pensar muy bien durante todo el día. Mis amigos y los demás me notaban extraño, pero era imposible que ellos supieran la razón. Entre en pánico para el final del día y me dije dos palabras que nunca más repetí en mi vida: “mejor no”. Terminando mi día, a las seis de la tarde, me fui a mi casa cansado por el estrés de un solo día y por el peso de muchas palabras que había planeado con mucho cuidado. Las desahogué en mi almohada y sentí que mi pecho pesaba mucho menos. A partir de ese día, fue extraño, porque fuimos buenos amigos y extrañamente no sentía pesadez de estar a su lado. Era como si mis sentimientos hubieran sido un elemento que no me dejaba ser un mejor amigo para ella.
Pasó algún tiempo y me contaron que esa vez que yo me iba a declarar ella ya lo sabía por otras personas (¿acaso lo adivinaron en mi rostro?) y estaba esperando que lo hiciera. “Si se declara, claro que le diría que sí, pero deben ser palabras bonitas”. Me reí para mis adentros un poco porque me pareció algo sumamente irónico, pero me sentí aliviado porque si me “desenamoré” de ella luego de tanto tiempo por mi cobardía, era porque tal vez solo la había idealizado demasiado y si la amaba era como una de mis mejores amigas. Pero me pregunté mucho, aquella época, si le hubieran agradado las palabras bonitas que sí tenía para ella. Ese invierno yo aprendí a no guardar mis sentimientos, no porque me arrepentí de no hacerlo, sino que hubiera sido genial que ella escuche lo que yo tenía que decirle.










saludos