
La ciudad y la provincia de Huancayo en la sierra central del Perú, ha asumido de manera oficial, desde hace no mucho tiempo, un escudo de armas, el mismo que se le denomina como “Escudo Huanca”. Si bien se trata de una circunstancia que principalmente obedece a intereses políticos, el hecho es parte de un proceso más amplio y que debe ser mirado con cuidado.
En este pequeño ensayo me interesa discutir, en principio, la validez histórica del mismo escudo como símbolo de un proceso y que resume o aglutina una cierta identidad. En segunda instancia quiero resaltar, a través de este caso, un hecho característico a ciertos espacios regionales como el que ahora nos ocupa, y es la readaptación, acomodamiento o incluso invención del pasado en función de las necesidades presentes.
Historia de un escudo
La historia del escudo que ahora nos ocupa, se remonta al siglo XVI, cuando el 18 de marzo de 1564, el rey Felipe II, mediante Real Cédula, concedió un Escudo de Armas a don Felipe Guacrapaucar, noble indígena de la principal familia curacal del repartimiento de Lurin Huanca durante el periodo colonial.
Este escudo se le concedió como uno de los tantos privilegios que dio el Rey Felipe II al mencionado don Felipe, quien había viajado a España solicitando mercedes en virtud de los servicios que, afirmaba, habían brindado los curacas de los tres repartimientos del valle de Jauja, Hanan Huanca, Lurin Huanca y Hatun Xauxa, en diferentes momentos a los españoles, durante los primeros años de la conquista. Para demostrar ello, el curaca llevó consigo unos Memoriales e Informaciones donde se detallaban estos servicios con precisión matemática, ya que eran transcripciones de quipus. Estos Memoriales e Informaciones, fueron publicados en 1971 por Waldemar Espinoza Soriano (“Los huancas aliados de la conquista”), quien a la vez les hizo un amplio estudio introductorio donde planteó su conocida tesis de que el grupo étnico que generaliza como “huancas”, se habrían aliado con los españoles para la destrucción del Tahuantinsuyo (sobre este punto volveré más adelante).
Ahora bien, el caso del escudo para el curaca de Lurin Huanca no es el único ni mucho menos. Desde un principio la Corona reconoció la nobleza indígena y procuró reproducir dentro de la república de indios una sociedad jerarquizada acorde a la visión estamental del mundo medieval y moderno. Para ello mantuvo ciertos privilegios y atributos tradicionales de la sociedad indígena siempre que no fuesen contrarios al rey, ni al cristianismo, y otorgó también nuevos privilegios propios de la tradición occidental. El concepto de nobleza en España estaba asociado al ideal de guerrero, quien luchaba en defensa de la religión, de su rey y de los más débiles. La nobleza se adquiría por linaje, mérito o sabiduría. A los indígenas se les reconoció su linaje antiguo, pero quizás más importante fue la concesión de nuevos privilegios con base en sus méritos. Desde fechas tempranas se concedieron numerosos escudos de armas, blasones distintivos de la nobleza. Este privilegio fue dado a aquellos naturales que acompañaron y colaboraron con los españoles en la conquista, pacificación y evangelización de otros pueblos.
El blasón era privativo de un linaje y servía para identificar a la persona y su condición, por lo cual estos emblemas no solo se llevaban en la casaca, sino que se esculpían en las casas o se reproducían en cualquier objeto personal. Esto debió ser el caso del escudo de los Guacrapaucar y fue como se pudo haber transmitido hasta que fue registrado en el siglo XIX.
De esta manera, la Real Cédula donde se le concedía el Escudo de Armas a don Felipe Guacrapaucar, inicialmente fue publicada por el español Paz y Melia en 1892 en su trabajo Nobiliario de Conquistadores de Indias. Paz y Melia, fue también el primero en haber coloreado y dibujado el Escudo, de acuerdo a las instrucciones dadas en la Real Cédula, el mismo que fue incluido en su citado trabajo. En 1925, Rómulo Cúneo Vidal volvió a publicar la Real Cédula, aunque aparentemente desconocía la publicación de Paz y Melia. Finalmente, difusión amplia en nuestro medio, le dio Waldemar Espinoza, en su citado trabajo.
Precisamente ha sido Espinoza Soriano, quien ha identificado el escudo de armas de don Felipe Guacrapaucar como escudo Huanca: “¡Un escudo de armas para Felipe Guacrapaucar y para la saya de Lurinhuanca! Pero nosotros, en realidad, consideramos el Escudo de toda la Nación huanca porque allí está bien resumida y brillantemente representada la alianza y la confederación hispano-huanca”; sobre este concepto, Espinoza Soriano adjudica una serie de interpretaciones a los figurines del Escudo, según el cual se resume lo que él denomina como alianza: el broquel representaría al escudo de cuero con que los huancas defendieron con sus cuerpos en su lucha contra los Incas de Quito y Cusco. La porra significa el arma poderosa con la que los huancas defendieron a los españoles. Las tres cabezas pertenecen a los tres orejones cusqueños que fueron muertos en las batallas contra Manco Inca. El color verde significa la más pura fidelidad profesada por los huancas a los Españoles. El castillo de plata perenniza la confederación con el Reino de Castilla. El brazo desnudo no es más que uno de los miles de brazos huancas que arrojaron armas a diestra y siniestra contra los enemigos de los aliados. Y finalmente, los jaguares en pleno salto y pelea representa el enfrentamiento valiente y decisivo de los huancas contra los enemigos del Rey: Quisquis, Manco Inca, Almagro el Mozo, Gonzalo Pizarro y Hernández Girón.
Al menos está claro que la interpretación de Espinoza es más cercana al dominio de la fantasía y la ficción que a la objetividad histórica.
La mitificación de la historia
En este mismo texto (que fue publicado con el nombre de La Destrucción del Imperio de los Incas (1973 y otras ediciones más) y es la base de buena parte de Enciclopedia Departamental de Junín (1973) del mismo autor), Espinoza Soriano realizó, además, una serie de afirmaciones que han sido asumidas a pie juntillas en la región desde esa época hasta la actualidad. Entre ellas, la más importantes, por las repercusiones que tuvo en la manera de pensar la historia o el proceso histórico en la región a partir de ese momento, es el hecho considerar la existencia de un solo grupo étnico, en este caso los huancas, que tendrían unidad cultural y política traducida en un reino, el “reino huanca”, cuya capital habría sido, afirma, Siquillapucara o Siqllapampa (Tunanmarca) y que abarcó el territorio que comprende las actuales provincias de Huancayo, Chupaca, Concepción y Jauja.
Sin embargo, casi todas las evidencias que hay tanto en el plano arqueológico, lingüístico, antropológico e histórico, llevan a refutar categóricamente estas afirmaciones. No hay ninguna señal de la existencia de este “reino” fuera de la cabeza de Espinoza Soriano. Las fuentes hablan más bien de diversos grupos étnicos en constante pugna, entre los que destacan los Xauxa y los Huanca, que es el origen de una cierta dicotomía que hasta ahora existe y que es posible de ser percibida en diferencias dialectales de la variante del quechua que existió en el valle y de muchas formas de comportamiento social. En muchos sentidos, lo “huanca” tal como lo postuló Espinoza Soriano y como lo entienden la mayoría de huancaínos no existe (por ejemplo baste con decir que ningún jaujino se siente “huanca”). Por lo mismo, desde esta perspectiva, la misma categoría de “Escudo Huanca” es una falacia.
Pero este es solo una arista del asunto. La tesis de alianza hispano huanca es también muy discutible. Además del aspecto ya señalado en el párrafo anterior, el problema de la interpretación de Espinoza Soriano reside en que ignora en su trabajo la norma redistributiva que era la característica de los grupos integrados al Tahuantinsuyo de los Incas. Es decir, la pauta que normaba las relaciones de éste con los grupos étnicos. De acuerdo a esto, si los curacas del valle de Jauja pusieron a disposición de los españoles cierta cantidad de gente y mantenimientos, es porque esperaban a cambio una situación similar a la mantenida durante el Tahuantinsuyo: la condición de mediador entre la gente y el nuevo poder.
Lo que hasta aquí vengo señalando es una evidencia de lo mucho que hay por investigar sobre el proceso histórico de la región, y que muchas de las ideas que se tienen por ciertas no lo son. Más bien se trata de situaciones que se han ido repitiendo a lo largo de unas tres décadas aproximadamente, pero sin someterlas a ningún tipo de análisis ni revisión crítica. Esto ha repercutido en la necesidad de una construcción de una memoria histórica que tienen ciertos espacios en la región y que se traducen en la perfecta adecuación de los postulados de Espinoza Soriano y que se traducen en la frase “Construyendo el futuro de la nación Huanca” o en el mismo hecho de la transformación del escudo de los Guacrapáucar de Lurin Huanca a un “Escudo de la nación Huanca”.
La invención del pasado
El presentismo actual en el que vivimos tiende a despreciar el pasado y el futuro, y vive enfocado en el presente. Sin embargo, la importancia y el peso del pasado esta presente en todos los aspectos de nuestras vidas. Esto aún es más importante en el plano de las colectividades que necesitan de la reafirmación de un pasado para reafirmar una cierta identidad.
Como he tratado de mostrar en estas breves líneas, el llamado “escudo Huanca” es básicamente una invención y una apropiación y es un símbolo que, estrictamente hablando, no le corresponde a la ciudad ni la provincia de Huancayo. Sin embargo, este asunto debe ser resuelto entre los mismos huancaínos, lógicamente. Lo importante en todo caso, es que no prime la politiquería barata que lo impuso como símbolo de la provincia, sino una correcta lectura de la historia
Este último aspecto es de suma importancia de resaltarlo. Hay una gran responsabilidad cuando se habla del pasado. En resumidas cuentas, pienso que la historia que quiere construir Huancayo, y en la cual basa su identidad y legitimidad, no tiene fundamentos reales y esta llena de mitos e irrealidades, que no hacen otra cosa que crear sentimientos de chauvinismo y revancha, extremadamente peligrosos en un contexto como el que ahora vivimos.
En efecto, hay una urgencia por saber lo que hemos sido, y por lo tanto de lo que somos. Esto no sólo es privativo de Huancayo o Jauja, es una realidad presente en muchos espacios regionales no sólo del Perú. La correcta lectura de la historia que mencionamos líneas arriba solo puede establecerse con fundamentos sólidos basados en la investigación rigurosa y objetiva. Esta sería la tarea pendiente. (Ciudad de México, junio del 2008)







