
Nunca me había enamorado tanto (en secreto, obviamente) como aquella vez. Yo esperaba cuatro horas diarias solo para verla pasar y cruzar miradas con ella. Tenía los labios partidos, pronunciados. Vestía elegante, muy elegante, con una bufanda que le daba esa silueta de melancolía abriéndose paso entre los demás. Sí, confesándome otra vez: ojos orientales, nariz chiquitita, como Yuna. Era seria, demasiado y, al parecer, soltera casada con una soledad increíble que se notaba en su andar. Yo sin quererlo me enamoré de verla todos los días aunque sea catorce segundos y hasta le fui infiel (por primera vez) a la maniquí que me quitó tantos años de mi vida, imaginándome su nombre, un café, un cigarro triste compartido. Sin que ella lo sepa, la vi llorar, reír, besar a su enamorado, caminar sola y leer muchísimo. Leía con una paciencia infinita, ella.
Cuando ella me susurraba que me quería, yo simplemente no sentía nada en mi corazón. Es como cuando alguien te dice la hora, te regala una mirada de reojo o algo así, sin importancia. No me sentía vacío porque ya en ese entonces sabía que con ella mi mundo se limitaría a veintitrés metros y volteaba la cara cuando me intentaba besar con indiferencia. Miraba la luna con mis ojos llorosos y me decía a mi mismo: “nunca seré feliz”. Alguien que me haga pensar eso de mi mismo, no merece ni mi respeto. Me di media vuelta cuando intentó abrazarme aquella vez, en el centro comercial y ojalá alguien se haya dado cuenta, para que la vergüenza se la lleve lejos, porque no hay nada peor para una mujer idiota que lo que podrían decir los demás de ella, cuando a su lado hay alguien más (se supone, la más especial).

Sus ojos me hipnotizaban cada vez que se cruzaban con los míos y me atravesaban. Una vez, ella me sonrió levemente. Me imagino por las tantas veces que nos cruzamos. Tenía tantas ganas de hablarle, de saber a qué suena su voz y la temperatura de sus dedos cuando fuma, leyendo sus millones de libros. Pero tengo esta rara tontería que cuando realmente me gusta una persona, no le hablo aún cuando esté a mi lado. Tengo tanto miedo de decir una tontería por lo nervioso que estoy. Yo, ese día estuve tan feliz de tener ese regalo en mi corazón. Ah, una sonrisa tan hermosa como ella y yo solo cantándole a la luna en la noche, con un papel amarillento, siete cigarrillos y un lápiz importado. Tenía tantas ganas de llorar aquella noche, pero no de pena, sino era algún sentimiento que aún no tiene etiqueta. Si yo tuviera un solo deseo, sería que una persona así estuviese a mi lado diciéndome mentiras, aunque sea.
Al día siguiente de ello, una persona me dijo que yo le gustaba. Me sentí un poco incómodo, pero pude sentir, por primera vez en mi vida, lo hermoso que se siente ser reconocido, ser estimado, que alguien se exponga a ti sin dudarlo, sin temor a nada. Yo le di unas palmaditas en la cabeza y sus cabellos negros con algunas canitas se sintieron tibios. Cerró sus ojos para sentir mejor mis dedos, tal vez. Pero también me di media vuelta y me fui. ¿Qué es lo que realmente estoy buscando? Si tan solo estuviera seguro, me sentiría mejor pues sabría dónde buscar. Harto de los maniquíes – como tú las llamas – me pregunto si existirá en este mundo aquella persona que realmente desee hacerme feliz y que me conozca sin preguntarme muchas cosas. Es un poco difícil y trabajoso explicar mi perfección últimamente. Pero al menos ya decidí algo: nunca más le declararé mi amor a nadie, más bien, la persona para mi es aquella que me declare su amor, para una chica será la prueba más grande y con ello me demostrará que daría lo que sea por mí.
De esos tiempos en donde la esperaba pasaron tres años. La recordaba a menudo y me preguntaba dónde viviría pues estaría dispuesto a caminar cerca de ella. Pero la vi. Un día, leyendo como antes en la biblioteca. El último día que estuve en la universidad yo la vi y ella me vio. Me sonrió como antes. Yo coloqué mis manos en mis bolsillos para que no vea como sudaban. Intenté acercarme pero mis piernas no se movían. Intenté hablarle pero pensé que no tenía nada que decirle. “Hola, hace años que pienso que eres la mujer más hermosa del mundo y tu melancolía cautivó mi vida todos los días que te vi leyendo así, como ahora, miles de papeles”. Y ella diría algo como: “Hola, lo sé. Cuando me atreví a sonreírte esperé de ti una palabra, pero al parecer, nuestros caminos no se cruzarán en esta vida”. Luego yo tomaría su mano e iríamos a tomar un helado de vainilla juntos y le contaría cada segundo que yo suspiré. Ella sonreirá y le juraré amor eterno antes que se vaya a casa.

En la terraza el viento cobró fuerza y se llevaba las palabras de nuestros oídos así que ambos decidimos partir. Era la primera vez que hablaba de estos temas con Yuki, un chico que ha pasado por exactamente las mismas cosas que yo. Sin embargo, pude ver que se parece mucho a mi antiguo yo, viviendo con el hombro y el reojo hacia atrás, cuando yo ya solo miro la ilusión que tal vez se encontrará adelante. Tal vez debería compartirle la verdadera razón por la que pude, sin importarme nada, darme media vuelta y tirar mi pasado al mar para buscar a la verdadera persona para mí. Tal vez lo haga... tal vez no. Muchas veces, los chicos como nosotros debemos averiguar esas cosas por nosotros mismos.








Buenos relatos!! Felicitaciones!!