
Ese tipo de día llega a la vida de todas las personas al menos una vez y es una mezcla perfecta entre angustia, melancolía y extremas felicidad o angustia por ver a esa persona. El mañana, el presente, “¿qué serán a partir de ahora?” pensaba en la compañía de su cuarto celeste, de sus peluches-regalo, de sus libros a medio cerrar. Era linda y sus ojos solo decían cosas sinceras. Vivía siempre con ilusión en sus manos y en sus pasos y, durante mucho tiempo, permaneció observando a aquél muchacho, un tanto distraído y con un nombre común. No tenía idea de la razón por la cual le parecía suspirar cuando lo veía sentado en silencio, mirando a través de la ventana. Le gustaba, finalmente, pero ese fue su más preciado secreto.
El era más bien una persona introvertida pero con un gran corazón. Quizá transparente. Usualmente estaba pensativo y suspiraba algo que estaba en su corazón. Era un total misterio, aunque algunas veces se le podía encontrar escribiendo en un pequeño cuaderno color sepia que había construido uniendo hojas que había encontrado en casa dentro de una vieja caja de madera. Cuando ella lo veía, intentaba adivinar qué palabras estaría escribiendo, sin ningún éxito, pues era un muchacho común, con un simple nombre común. “Igual que yo” pensaba con una sonrisa callada al final del día, cuando llega el momento de volver a casa y despedirse mentalmente. “Adiós, chico misterioso” musitaba mirando al piso.
A veces los días pasan lentamente, más de lo común, cuando las clases de matemáticas son sumamente predecibles y terminas el ejercicio antes que la profesora. Ella se reía discretamente con su cómic bajo el cuaderno y tapaba su sonrisa con sus delicadas manos blanquísimas. A veces él se daba cuenta de ello y se quedaba mirando, tal vez para percibir el aroma que podrían tener y a las cosquillas que podría sentir si ella se riera un poquito más cerca de él, en sus mejillas. Él también tenía los ejercicios ya hechos pero se limitaba a mirar por la ventana o al menos eso siempre parecía. Una mirada melancólica y pensativa, tanto que ella también lo había notado. Un “holas” con la mano empezó todo cuando él fue sorprendido mirándola reírse. “Holas”.

- Puedo ver que también tienes todo resuelto – fue lo primero que ella dijo en esta historia.
- “Hm” – asintió él con la voz, mirándola de cerca.
- Y, dime ¿qué es lo que tanto miras a través de la ventana? – parecía alegre de saber a qué suenan sus “sí”.
- En realidad, bueno, la ventana es… es difícil de explicar en este momento – se puso muy nervioso, rojo y de pie – Ya vuelvo – se fue.
Ella se quedó sentada en aquél lugar que no era de ella, justo delante de él. Empezó a mirar las cosas. Su maleta sobria, su cuaderno. ¡Su letra! Era tranquila, algo redonda, irregular, con cierta alegría en algunos párrafos. Ella leía de cabeza, pues no se atrevía a tocar sus papeles, parecía un chico muy ordenado así que podría darse cuenta. Había dejado ligeramente un aroma de shampoo, de colonia nueva y algo de tabaco. Extraño. Terminando la primaria, es algo extraño que un chico que se ve tan saludable fume. “Ah, verdad, su padre fuma en casa”. Era un hombre alegre, rechoncho y con bigote y se parecía en nada al joven común que le llamó la atención a ella.
Mientras tanto, él, en el baño lavaba su rostro. Que situación más incómoda, pero… estaba feliz de que la voz tan dulce de ella se haya dirigido a sus oídos “y a mi corazón”, pensó. La ventana… ella, ¿se habría dado cuenta? No, es imposible darse cuenta de cosas como ella. Algún día, ella lo sabrá y será por él. Sí, eso sería el detalle más romántico, pero… será ese día, sí, ese día. Sonrió y secó su rostro y sus miedos. “Será que estoy enamorado de una chica tan común como yo”.
Las clases y la vida escolar seguían su rumbo, y el leer el cómic en la clase de matemáticas y el observar a través de la ventana durante casi ocho horas. Las palabras iban y venían como el viento de la primavera, tan hermosa en esa escuela. El ambiente se llenaba de melancolía y de sensaciones como cuando sientes o pareces escuchar el latir del corazón de aquella persona especial para ti. No se habían convertido en nada cercano. Tal vez porque son ese tipo de personas que prefieren vivir en su mente llena de ilusión, de suspiros imaginados y de la belleza que encierra aquél misterio de esa persona que te gusta, sobre todo en esa edad. Pero siempre llega el día de la confrontación con nosotros mismos y con esa persona.
- ¿Otra vez la ventana? – ella interrumpía sin querer algún tipo de escritura sigilosa.
- Hm – asintió como él estaba acostumbrado.
- ¿Sabes? – ¡finalmente! – Yo… a veces quisiera ser esa ventana – el lápiz de él se detuvo – todo el día miras a través de ella con ese aire melancólico que tanto me gusta, todo el día la ventana se empaña con tus suspiros secretos y tu colonia y con el tabaco de tu padre (ella podía obviar esos datos, creo) – y, ante el silencio - ¡Tú, me gustas!
Cerró el cuaderno color sepia y empezó a mirar por la ventana. Parecía empañada por la humedad de la primavera así que recogió su manga y limpió el vidrio, para que la superficie esté impecable. Le temblaban las manos y la voz, aunque no haya dicho nada aún. Con una sonrisa brillante, le indicó a aquella chica común, con un nombre común, que regrese a su sitio porque tenía algo que decirle. Ella sintió algo pesado el corazón pues sonó a rechazo, pero con una extraña paz en el corazón dio media vuelta y se sentó, algo lejos de él, en medio de la clase. Se miraron de lejos, ella con cierta tristeza y él con una misteriosa y cruel sonrisa. Extendió su mano y colocó su cuaderno del otro lado de la ventana. Al principio, ella no entendió, pero cuanto más veía aquél cuaderno amarillento lleno, tal vez, de hermosas palabras, más podía ver el reflejo de su propio rostro lejano en la ventana y un rostro bondadoso que la observaba... y suspiraba.

- Nunca, en todos estos años, he visto “a través” de la ventana, sino lo que su reflejo me regala todos los días de mi vida...







