10/06: La ciudad y los perros, la película
Recurrir a un medio audiovisual siempre es liberador. El cine ofrece perspectivas que, por estar en otro plano, no otorga la apasionante lectura. Es tal su influencia que luego de ver la adaptación cinematográfica de nuestra novela es imposible pensar en ella sin desligarla de la motivación y el recuerdo visual que la película ha causado en nosotros. Con ella han surgido algunas ideas nuevas y otras similares que nacieron con la novela, y no podía ser para menos. En primer lugar, empezaremos planteando un deslinde básico entre lo escrito y lo audiovisual. Tomaremos cierta distancia del texto escrito para poder sumergirnos en el mundo sensible del cine. Luego, dirigiremos nuestra atención hacia uno de los personajes: Ricardo Arana, el esclavo. Nos proponemos explorar su relación con los otros personajes y los conflictos que los rodean.

No faltará alguien que diga que la película no le llega “ni a los talones” a la novela, que no se le puede comparar y que la versión fílmica no ha representado todos los episodios narrativos. Así, se va configurando un recelo frente a la película que desemboca en prejuicio y, desde luego, en la idea de que el cine no puede ser un tema serio de reflexión (1) . Es a esto a lo que me gusta llamar la “crueldad socrática”. A continuación, desarrollaremos esta idea (2) procurando no desviar el cauce de este breve informe. Cuando Sócrates reconoció en la razón un nuevo ordenamiento del mundo se valió de él para reinterpretar la realidad, pero ya no al estilo sensible y contingente. La mayéutica era su propio “estilo” concebido a partir del oficio de matrona de su madre. El objetivo, buscar el alumbramiento de la razón en las almas de los hombres. El método, el embriagador interrogatorio socrático aplicado al interlocutor. Sin duda alguna, los límites de la razón no estaban determinados ni se sabía con certeza acerca de su continente (3) , pero Sócrates no tuvo reparo en ello y muy inteligentemente abordó a los desprevenidos poetas y artistas (cineastas) confundiendo distintos planos debido a que la razón se mostraba ilimitada e invasora de otras esferas en las que ella no tenía cabida. El arte de aquellos no necesariamente se regía por los patrones racionales de Sócrates. Él les acosaba con preguntas acerca de las “razones” de sus obras. Aquellos no sabían qué responder. El filósofo demostraba en ellos la ignorancia y la acientificidad entendida como falta de racionalidad. Nosotros, simples mortales, no podríamos tener nada en contra del padre de Occidente; sin embargo, ¿acaso no es cruel esta actitud socrática? Mutatis mutandis, es como si le exigiéramos a la película sustentar en su desarrollo las motivaciones propias de esta magnífica novela. ¡No hay parangón, pues! El que una película se base en un texto escrito no debe implicar su sometimiento. Al contrario, el cine por su valor audiovisual nos otorga espacios para la sensibilidad y posibilidades de un universo mayor. Ambos puntos de vista deben viajar paralelamente. Así, tendríamos una concepción mucho más lograda: un universo bidimensional, complementario y único llamado La ciudad y los perros. Respecto a este punto no queda más por decir. En resumen, la película es el complemento de nuestra novela; se ubica en otro plano, pero no por ello debe ser menos apreciada.

No nos ocuparemos en resumir la película, ya que esta tarea sería innecesaria. Más bien, trataremos de analizar el desarrollo del personaje de Arana en consonancia con su entorno. Unos de los patrones que rigen la vida en el colegio militar es la masculinidad, exacerbada en comportamientos violentos, sexuales y transgresores de un supuesto orden disciplinario. El cadete que se mueve en este esquema es “más hombre” y el que no, “maricón” como el Esclavo. Y mostrar la masculinidad frente al maricón es importante, ya que lo contrario podría interpretarse como ausencia de virilidad. El Poeta hace gala de su hombría delante (y a solas) del Esclavo. No tiene ningún inconveniente para hablar de “hembras” con un instinto sexual. Él no es un caballero (un imbécil) con las mujeres como sí lo es Arana. Éste último les manda cartas de amor; Alberto tiene plancitos y se “hace la paja” o, por lo menos, lo dice. El carácter machista sexualizado del Poeta le confiere, como en nuestra sociedad, cierta superioridad sobre todo lo identificable con lo femenino y amariconado. Alberto ve en Arana a un subordinado; suele llamarlo “chiquillo”. Un hombre – o lo que los cadetes consideran lo que debe ser un hombre-, además, sabe controlar sus debilidades y el sentimentalismo que parece propio de las mujeres más que de los hombres. Alberto le aconseja esto al Esclavo: que aprenda a controlarse frente a tantos fines de semana consignado. Esta debilidad y sentimentalismo es condenado también por los altos mandos del colegio. El coronel y director del plantel, luego de la muerte de Arana, sentencia que en el ejército no tienen lugar los errores ni el sentimentalismo que son fatales y criminales. Existe un personaje emparentable con Ricardo (4) : el profesor del examen. Este virtual César Moro no tiene ni autoridad ni hombría para enfrentar a la jungla de alumnos encabezada por un astuto Jaguar. Es un “maricón” como Arana por no jugar en el esquema que propusimos líneas arriba. El teniente Gamboa sí es un “macho” que hace respetar a un profesor afeminado. Es como si fuera el “Alberto” de este ocasional guardián del examen de química. Fernández también, y tan solo luego de la muerte de su compañero, defiende la memoria de Arana y hace que se le respete. Un macho – y es válido decir que un cadete y un militar también- no es un “soplón”. Los soplones son maricones que han roto este sistema de secretos entretejido en las cuadras por los cadetes. Ricardo es un soplón; y aunque el Poeta también lo es, para el Jaguar – el más macho y por tanto nada soplón- es diferente porque si se cae en este hoyo vergonzoso por defender a un amigo la carga es menos “achivatada” y la hombría se rescata en alguna medida.

No faltará alguien que diga que la película no le llega “ni a los talones” a la novela, que no se le puede comparar y que la versión fílmica no ha representado todos los episodios narrativos. Así, se va configurando un recelo frente a la película que desemboca en prejuicio y, desde luego, en la idea de que el cine no puede ser un tema serio de reflexión (1) . Es a esto a lo que me gusta llamar la “crueldad socrática”. A continuación, desarrollaremos esta idea (2) procurando no desviar el cauce de este breve informe. Cuando Sócrates reconoció en la razón un nuevo ordenamiento del mundo se valió de él para reinterpretar la realidad, pero ya no al estilo sensible y contingente. La mayéutica era su propio “estilo” concebido a partir del oficio de matrona de su madre. El objetivo, buscar el alumbramiento de la razón en las almas de los hombres. El método, el embriagador interrogatorio socrático aplicado al interlocutor. Sin duda alguna, los límites de la razón no estaban determinados ni se sabía con certeza acerca de su continente (3) , pero Sócrates no tuvo reparo en ello y muy inteligentemente abordó a los desprevenidos poetas y artistas (cineastas) confundiendo distintos planos debido a que la razón se mostraba ilimitada e invasora de otras esferas en las que ella no tenía cabida. El arte de aquellos no necesariamente se regía por los patrones racionales de Sócrates. Él les acosaba con preguntas acerca de las “razones” de sus obras. Aquellos no sabían qué responder. El filósofo demostraba en ellos la ignorancia y la acientificidad entendida como falta de racionalidad. Nosotros, simples mortales, no podríamos tener nada en contra del padre de Occidente; sin embargo, ¿acaso no es cruel esta actitud socrática? Mutatis mutandis, es como si le exigiéramos a la película sustentar en su desarrollo las motivaciones propias de esta magnífica novela. ¡No hay parangón, pues! El que una película se base en un texto escrito no debe implicar su sometimiento. Al contrario, el cine por su valor audiovisual nos otorga espacios para la sensibilidad y posibilidades de un universo mayor. Ambos puntos de vista deben viajar paralelamente. Así, tendríamos una concepción mucho más lograda: un universo bidimensional, complementario y único llamado La ciudad y los perros. Respecto a este punto no queda más por decir. En resumen, la película es el complemento de nuestra novela; se ubica en otro plano, pero no por ello debe ser menos apreciada.

No nos ocuparemos en resumir la película, ya que esta tarea sería innecesaria. Más bien, trataremos de analizar el desarrollo del personaje de Arana en consonancia con su entorno. Unos de los patrones que rigen la vida en el colegio militar es la masculinidad, exacerbada en comportamientos violentos, sexuales y transgresores de un supuesto orden disciplinario. El cadete que se mueve en este esquema es “más hombre” y el que no, “maricón” como el Esclavo. Y mostrar la masculinidad frente al maricón es importante, ya que lo contrario podría interpretarse como ausencia de virilidad. El Poeta hace gala de su hombría delante (y a solas) del Esclavo. No tiene ningún inconveniente para hablar de “hembras” con un instinto sexual. Él no es un caballero (un imbécil) con las mujeres como sí lo es Arana. Éste último les manda cartas de amor; Alberto tiene plancitos y se “hace la paja” o, por lo menos, lo dice. El carácter machista sexualizado del Poeta le confiere, como en nuestra sociedad, cierta superioridad sobre todo lo identificable con lo femenino y amariconado. Alberto ve en Arana a un subordinado; suele llamarlo “chiquillo”. Un hombre – o lo que los cadetes consideran lo que debe ser un hombre-, además, sabe controlar sus debilidades y el sentimentalismo que parece propio de las mujeres más que de los hombres. Alberto le aconseja esto al Esclavo: que aprenda a controlarse frente a tantos fines de semana consignado. Esta debilidad y sentimentalismo es condenado también por los altos mandos del colegio. El coronel y director del plantel, luego de la muerte de Arana, sentencia que en el ejército no tienen lugar los errores ni el sentimentalismo que son fatales y criminales. Existe un personaje emparentable con Ricardo (4) : el profesor del examen. Este virtual César Moro no tiene ni autoridad ni hombría para enfrentar a la jungla de alumnos encabezada por un astuto Jaguar. Es un “maricón” como Arana por no jugar en el esquema que propusimos líneas arriba. El teniente Gamboa sí es un “macho” que hace respetar a un profesor afeminado. Es como si fuera el “Alberto” de este ocasional guardián del examen de química. Fernández también, y tan solo luego de la muerte de su compañero, defiende la memoria de Arana y hace que se le respete. Un macho – y es válido decir que un cadete y un militar también- no es un “soplón”. Los soplones son maricones que han roto este sistema de secretos entretejido en las cuadras por los cadetes. Ricardo es un soplón; y aunque el Poeta también lo es, para el Jaguar – el más macho y por tanto nada soplón- es diferente porque si se cae en este hoyo vergonzoso por defender a un amigo la carga es menos “achivatada” y la hombría se rescata en alguna medida.
(1) Cf. Krebs, Víctor J. “Más allá del complejo pigmaliónico: reflexiones sobre el temor a la vitalidad y la mirada del cine”. Hueso húmero 48 (mayo, 2006): 21-49.
(2) En lo fundamental esta idea evoluciona a partir de la propuesta de Krebs. Cf. Krebs, Víctor J. “Descenso al caos primordial: filosofía, cuerpo e imaginación pornográfica”. Hueso húmero 42 (junio, 2003): 3-29.
(3) Cf. Ortega y Gasset, José. “Las dos ironías, o Sócrates y Don Juan”. El tema de nuestro tiempo. Madrid: Espasa-Calpe, 1980.
(4) ¿Ricardo Somocurcio? Salvando las distancias éste parece ser otro “niño bueno” cuya historia de amor se ve frustrada con su muerte. Estos Ricardos son distantes en el tiempo y en la obra novelística de Vargas Llosa, pero no distintos. La caballerosidad y el enamoramiento de una “huachafita” los permea, indudablemente.
(2) En lo fundamental esta idea evoluciona a partir de la propuesta de Krebs. Cf. Krebs, Víctor J. “Descenso al caos primordial: filosofía, cuerpo e imaginación pornográfica”. Hueso húmero 42 (junio, 2003): 3-29.
(3) Cf. Ortega y Gasset, José. “Las dos ironías, o Sócrates y Don Juan”. El tema de nuestro tiempo. Madrid: Espasa-Calpe, 1980.
(4) ¿Ricardo Somocurcio? Salvando las distancias éste parece ser otro “niño bueno” cuya historia de amor se ve frustrada con su muerte. Estos Ricardos son distantes en el tiempo y en la obra novelística de Vargas Llosa, pero no distintos. La caballerosidad y el enamoramiento de una “huachafita” los permea, indudablemente.
Etiquetas : Literatura, Cine, Mario Vargas Llosa, escritos, la ciudad y los perros

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luisa escribió: