A pesar de estar tan cerca del centro de la ciudad, pocos limeños conocen los secretos de Lurín y Pachacamac. Los chicharrones y los caballos de paso, por ejemplo, no son el único atractivo de Lurín; su importancia radica en ser una de las despensas de alimentos más importantes de la Capital así como de haber albergado uno de los poblados permanentes más antiguos del periodo preincaico. En Pachacamac, por su lado, se encuentra el centro ceremonial más famoso de la costa del antiguo Perú. Este sitio arqueológico fue una de las grandes ciudadelas del Imperio de los Incas, tan importante como el Cuzco, según algunos estudiosos. Desgraciadamente, el paso de los años y el descuido, como lo demuestran las invasiones, han deteriorado bastante el santuario. Pero algunas de sus edificaciones originales, como el Acllawasi (o Casa de las mujeres escogidas), restaurada en la época que el gran Julio C. Tello trabajó allí, concitan la admiración de propios y extraños. Hoy sabemos que Pachacamac fue un gran centro de peregrinación, donde convergían, con sus ofrendas, pobladores de toda la costa del Perú, e incluso desde de lo que son hoy Chile y Ecuador.


TABLADA DE LURÍN, UN ASENTAMIENTO DEL PRECERÁMICO

Situado a 23 kilómetros al sur de Lima, este asentamiento arqueológico, con una antigüedad de 7 mil años, fue descubierto por la arqueóloga Josefina Ramos de Cox. Se trata de pequeños recintos de lajas de piedra cimentadas con barro y cubículos semi-subterráneos que sirvieron de tumbas y moradas de una de las poblaciones sedentarias más antiguas de la costa preincaica. En este lugar, además, la arqueóloga encontró los restos del niño más antiguo del Perú, con un fechado de más de 9 mil años.

¿QUIÉN ERA EL DIOS PACHACAMAC?

Los cronistas españoles del siglo XVI coinciden en afirmar que Pachacamac (“el hacedor del mundo”) era la divinidad más importante de la costa peruana. A su templo acudían numerosos fieles y sus ofrendas llenaban los extensos depósitos del santuario. Parece que gran parte de su prestigio se debía a sus oráculos y vaticinios que eran consultados desde tierras muy lejanas.

Antes de la conquista de los incas, esta zona, ubicada entre los ríos Lurín y Rímac, era habitada por el grupo étnico conocido como Ychma y es posible que adorara al ídolo principal con ese nombre. Luego, estas poblaciones fueron incorporadas al Tawantinsuyo durante el gobierno del inca Túpac Yupanqui. Cuentan las crónicas que la conquista del centro ceremonial tuvo el carácter de una peregrinación y, durante 40 días, el Inca ayunó antes de “hablar” con la divinidad. Con la conquista de los cuzqueños, se produjo el cambio de nombre del curacazgo como del mismo ídolo que desde entonces pasó a llamarse Pachacamac. Otra medida ordenada por el inca fue la construcción de un templo en honor al Sol, más alto e imponente que el dedicado a Pachacamac, que hasta hoy podemos apreciar.


EL SANTUARIO

El Templo del Sol, construido por los incas, se encuentra en la parte más alta de la ciudadela. Un estrecho pasaje con grandes paredes de piedra lo lleva al visitante hasta la terraza. Bajando se llega a un lugar que está frente al mar. Esta parte, que pertenece al Templo del Sol, conserva sus hornacinas que, a primera vista, parecen asientos, pero, según algunos arqueólogos, era para poner los ídolos de sus dioses y, luego, celebrar un ritual. Pero la parte más sugerente o vistosa, la constituye el Acllawasi, que se restauró en los tiempos que Tello trabajó en la ciudadela (década de 1940). En él apreciamos corredores de adobe y tierra, un patio enorme, una construcción de dos pisos, rodeada de cuatro puquiales, que dan una idea de lo majestuosos que habría sido en su época este "Palacio de las Escogidas". Allí vivían, por ejemplo, hijas de curacas, ejercitándose en labores de artesanía, de tejido, preparación de chicha, etc. En ella estaba terminantemente prohibido el ingreso de hombres. En el edifico había una especie de ventanas, que los arqueólogos llaman "ventanas ciegas". Son 28, justamente las que rigen el calendario lunar inca, que tiene 28 días.

La ciudadela tiene, aproximadamente, 200 hectáreas. Pero en las últimas décadas ha sufrido invasiones, que han comprometido parte del cementerio. Ahora hay un juicio pero los pobladores no entienden. Dicen que necesitan vivir y, por lo visto, lamentablemente, no les interesa el monumento arqueológico.


EL PRIMER ESPAÑOL EN PACHACAMAC

El primer español en visitar el templo de Pachacamac fue Hernando Pizarro, hermano del conquistador del Perú. Cuenta la historia que, por petición de Atahualpa, quien deseaba acelerar la llegada de oro para pagar su Rescate, Francisco Pizarro decidió enviar a su hermano Hernando a la “mezquita” de Pachacamac a recoger todo el tesoro que pudiera existir. Lo acompañaban en la expedición 14 jinetes, 9 peones y un número indeterminado de indios cargadores.

En el santuario estaba el famoso oráculo o ídolo, que los españoles creían que era de oro. Por ello, Hernando, al llegar, trepó con su caballo las escalinatas del templo y se llevó el gran chasco de su vida cuando vio que sólo era de madera. Molesto, tomó la estatuilla y, ante la vista de todos los indios, la pateó por los aires y ésta terminó rodando hasta la base del templo piramidal. Los indios, pasmados con la escena, pensaron que Hernando era también un dios y le alcanzaron todo el oro de las poblaciones vecinas. Hay testimonios que cuentan que tanto oro recogió el hermano del conquistador que los caballos usaron herraduras y clavos de oro para su regreso a Cajamarca. Todo esto ocurría en febrero de 1533.


PACHACAMAC Y LA FUNDACIÓN DE LIMA

Cuando Pizarro no estaba seguro del éxito de Jauja como capital del Perú, bajó hasta la costa para ubicar un lugar adecuado para fundar, de una vez por todas, la sede de su gobernación. Llegó con una expedición hasta Pachacamac y envió a 3 soldados a divisar el nuevo lugar. Era enero de 1535. Ellos fueron Ruy Díaz, Juan Tello y Alonso Martín de Don Benito quienes, partiendo del santuario, cruzaron del cerro Lomo de Corvina (frente a Conchan) y llegaron al “Valle de las Pirámides” (el Rímac), el mayor de todos los conocidos de la costa. Era el sitio ideal. Como anota el historiador José Antonio del Busto, “Pizarro escuchó atento, ese 12 de febrero de 1535, el parecer de los veteranos soldados, y teniéndolo por favor de los Santos Reyes –en cuya fiesta salieron los tres jinetes a explorar-, determinó poner a la nueva capital bajo la advocación de estos tres regios patrones”. En efecto, la Ciudad de los Reyes (en honor a los Reyes Magos) se fundó el 18 de enero de 1535, un lunes por la mañana.


LURÍN EN LA ÉPOCA COLONIAL

Durante el virreinato, el valle de Lurín se consolidó como una de las despensas de Lima. Su población se dedicaba, básicamente, al cultivo de frutas, entre ellas la vid, a la fabricación de vinos y a la pesca en sus playas. El pueblo se llamó San Pedro de Lurín y, por ejemplo, según el censo de 1792, contaba con 1,050 habitantes, en su mayoría indios y negros; es curioso anotar que no se registraron mestizos.

Su iglesia, del mismo nombre del pueblo, y que la ubicamos en la plaza de armas, se construyó en la primera mitad del siglo XVIII, según el padre Rubén Vargas Ugarte. Su fachada es sencilla y la adornan dos torres restauradas recientemente. El altar mayor es de estilo neoclásico y posee dos altares de estilo barroco del siglo XVIII. Entre sus imágenes destacan el apóstol San Pedro y el Cristo Resucitado. La iglesia fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1972.


LURÍN REPUBLICANO

La población elevó su categoría a distrito en 1857, durante el segundo mandato del mariscal Castilla. Le tocó vivir sus horas más dramáticas cuando la guerra con Chile. Sufrió la ocupación y el saqueo de los invasores. Sin embargo, luego del conflicto fue recuperando su economía agrícola e ingresó a la modernidad cuando se construyó el ferrocarril. Esta línea ferroviaria (hoy desaparecida) fue parte de un proyecto, de 1862, de unir Lima con Pisco.

Sin embargo, luego de la atroz experiencia de la guerra con Chile, surgió la necesidad estratégica de dotar a la zona sur de Lima de un medio de transporte de tropas que impidiese, o por lo menos estorbase, el desembarco de un ejército enemigo. En este sentido, el ferrocarril a Lurín, como lo anota el investigador Elio Galessio, era la primera etapa del que posteriormente llegaría a Chilca, Mala, Cañete y, finalmente, a Pisco. El ferrocarril a Lurín fue iniciado por cuenta del Estado en 1913 y entregado al tráfico en 1918, cuando ya habían pasado los temores de una nueva invasión. Tenía su estación en el actual jirón Amazonas. Su recorrido total era de 48 kilómetros y pasaba junto al cerro El Agustino, cruzaba Nicolás Arriola sobre un puente y tomaba todo lo que hoy es la avenida Circunvalación hasta San Juan de Miraflores y Villa María del Triunfo, desde allí por la Tablada de Lurín hasta el campamento de Atocongo cerca de la fábrica de cemento, pasaba el río Lurín sobre un puente de 52 m y llegaba al pueblo de Pachacamac y desde ahí a Lurín.

Su estación inicial se podía ver hasta principios de la década de 1980 cuando la Municipalidad de Lima decidió traerla abajo y usar el terreno como feria comercial. Las estaciones de Pachacamac y de Lurín todavía se pueden ver y sirven como viviendas. Dejó de operar en 1963. Si actualmente existiera, transportaría una enorme cantidad de pasajeros.

Lurín también se hizo notar cuando, en 1921, se formó la primera “barriada” de provincianos, la Tablada de Lurín. Hasta esa fecha, los provincianos que llegaban a la capital, en su mayoría pobres, ocupaban los callejones o las viejas casonas abandonadas, tanto en El Cercado como abajo el Puente (hoy el Rímac). Por ello, Tablada de Lurín fue la primera barriada que se formó en las afueras de Lima y sus pobladores podían acudir a laborar a la capital en el recientemente inaugurado ferrocarril.

LURÍN: EL PRESENTE Y EL FUTURO

Hoy en día, el valle de Lurín produce 42 mil toneladas de alimentos al año y cuenta con alrededor de 12 mil cabezas de ganado. Es una de las despensas más importantes de Lima. Además, un total de 5 mil trabajadores se encuentran ligados a la actividad agropecuaria. Pero, como sabemos, en el sur de Lima están concentradas también las miradas del negocio inmobiliario. Las grandes empresas ya han adquirido terrenos en la zona y se aprestan a sembrarlas de cemento y ladrillo. Por otro lado, a la fecha existen 15 industrias instaladas o por instalarse en el valle. Esto generaría, entre muchos otros, un grave problema social: hombres y mujeres que no desean ser alejados de la tierra porque temen pasar a engrosar la fila de trabajadores de la ciudad, en actividades para las que no se encuentran capacitados, o, en el peor de los casos, sumarse a la pléyade de desocupados una vez que se les agote el dinero recibido por sus predios.

La solución es declarar el vallezona agrícola intangible, con la perspectiva incomparable del extraordinario Templo de Pachacámac. Acercar la industria a dicho monumento es, por decir lo menos, un despropósito que debe ser revertido.

Si analizamos, el valle del río Lurín es una importante reserva cultural y paisajística de la ciudad de Lima. Sus recursos comprenden el Santuario de Pariacacca, las lagunas altoandinas, bosque y quebradas, sus lomas, playas e islas (objeto de mitos y leyendas ancestrales) y el Santuario de Pachacamac que, como hemos visto, es un excepcional centro religioso de nuestros antepasados y el más importante centro arqueológico de la costa central. No olvidemos que, en su recorrido, existen más de 300 sitios arqueológicos enlazados por el formidable Camino Inca que unía al Cuzco con el santuario de Pachacamac.

De otro lado, la cultura agrícola en el valle es, desde los años del Virreinato, la expresión del saber local y fuente de productos de primera calidad. La crianza de toros de lidia y del caballo peruano de paso son algunos de los numerosos atractivos tradicionales para sus habitantes y visitantes, como lo son la producción vitivinícola y de pisco, las manifestaciones culturales locales, fiestas patronales, festivales folclóricos y su gastronomía.

La población urbana de Lima se ha ido extendiendo a costa de sus 3 valles. El del Rímac está urbanizado en un 90%, el del Chillón, en un 70%. Las previsiones nos dicen que para el año 2020 la población urbana de Lima va a llegar a 10 millones de habitantes. Si las estrategias de ocupación del suelo y de generación de desarrollo no se modifican, el valle del Río Lurín, como los otros dos valles, va a desaparecer completamente. Para hacer frente a este peligro hay que convocar el concurso de todos: empresarios, autoridades ediles, pobladores, ambientalistas, profesores, investigadores, funcionarios públicos, escolares, agricultores y a las parroquias de los ocho distritos que alberga la cuenca del río Lurín. La solución es convertir la cuenca del río Lurín en un gran parque arqueológico-cultural, turístico y ecológico con servicios básicos, inversiones empresariales y el respeto del medio ambiente para acoger a los habitantes de Lima mediante un modelo de desarrollo de concertación y actuación de diversos actores. Hay que poner en valor, por último, los recursos productivos, ecológicos, históricos y arqueológicos del último valle verde que le queda a Lima.