
El Guardián había nacido bajo la estrella de “Averis” y, por ello, su destino era ser un guerrero perfecto. Educado en el arte de la espada desde que podía cargar una. Año tras año era entrenado para su misión: guardar la puerta de Resthas. Nadie sale. “Nada” entra. Nada. Ni el viento. Y en su mente solo se dibujó un sueño: La Puerta. No más, no más. Solo eso, la espada y la puerta. La armadura y la capa. La magia y la espada. Proteger la puerta significa muchas cosas, entre ellas, las más importantes eran: mantener el mundo como está y el sacrificio, aún si la muerte le sorprende, la puerta debe permanecer impenetrable. Ni su vista podía cruzarla.
Y pasaron los años hasta que un día. Ese día. Ese día en que todo el orden se destruyó. Porque para eso existe el orden, para buscar otro diferente. Ese día, no había sol. Llovía y estaba nublado y él, parado antes de la puerta. Una niña se acercó a él y le jalaba la capa carmesí. Cometió el error de mirar de reojo para ver dos ojos cansados como los suyos. “Héroe, ¿puedo huir?”. Esas tres palabras bastaron para robarle la atención. Se agachó y le preguntó… “…¿de qué?”.

Ella le contaba cosas al oído y el abría los ojos de cuando en cuando. “Su majes…”, ella le cayó la boca poniendo inocentemente su diminuta mano sobre el yelmo. No podía creerlo, pero era ella. Tenía que tomar una decisión pues todo lo que ella le había dicho era sumamente importante, aún más importante que la puerta misma. El mundo debe prevalecer, así Resthas caiga, así él caiga. Pero ella debe vivir, pues de ella depende que el césped sea aún verde y que la maldad no triunfe. Al fin de cuentas, después de todo, la maldad estaba dentro y no fuera de las puertas que él tanto había cuidado. Qué sentido tiene entonces… el vivir… así.
Abrió la mano y empujó la puerta detrás de sí. Por primera vez en el mundo, un Guardián abría la puerta. Y por primera vez en el mundo, la esperanza entraba visualmente, mientras que ella salía, siempre detrás de él. Recordaba su infancia rodeada de magia y de espadas, dándose un minuto para respirar la brisa del campo y el aroma del césped verde, lleno de vida. Y ahora, podría partir hacia donde soñaba secretamente. No, esta no es la libertad, es otra misión, simplemente eso. Una tras otra, qué sentido tiene… el vivir…así. Pues el sacrificio, eso es. El deber.
Pronto se encontraron con el portal pero antes de que ella pudiese cruzar, el mago los rodeó con fuego y viento. “Huye, huye y nunca olvides”. El Guardián dio un paso atrás, desenfundó la espada y arremetió, dejando un momento y una brecha para ella, la pequeña niña que le había dicho solo algunas palabras: “Gracias… hermano mayor”. Y mientras el mago caía por el peso de la espada, el Guardián recitaba un conjuro más… pero ella ya no escuchaba nada. Se perdía en el portal hacia Ganim. Estiró la mano como una imagen para el recuerdo, pero la luz era demasiado brillante para seguir con los ojos abiertos. “Adiós. Gracias, hermano mayor”.

El portal se cerró y todo fue oscuridad por días enteros.







