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Olgaides Ribeiro de Olivença, era el nombre de la minina que Juvenal Agüero estaba reservando para el final; es más, incluso no íbamos a saber nada de ella porque nada pasó, al menos, en términos de las formas de comunicación descritas aquí hasta el momento. Pero si Juvenal tuviera que nacer otra vez, y pudiera elegir un territorio, se iría al Brasil, a Manaus --donde aún ella lo está esperando--, al barrio de Espíritu Santo; para dormir con ella y olvidarse absolutamente de todo, hasta del escribir, entre su peladinha y sus piernas y sus brazos larguísimos, aunque aún algo torpes, recién aparecidos --como la forma que el escultor arrancó de una materia preciosa -- de entre el barro alborotado que es siempre la pubertad. Describir a Olgaides rebasa los límites de lo que un simple papel puede contener y, entonces, Juvenal queda simplemente agradecido a ella, eternamente obrigado. Asegura que esta muchacha, nacida en Belem do Pará y criada en Manaus, pertenece al futuro, no al suyo, por cierto, pero sí al del más auténtico Orpheu brasileiro o de cualquier otra nacionalidad.



De Prepucio carmesí (New Jersey: ENE, 2000)