Mt 1: 18-25
Advertencia.- Este blog contiene opiniones que pueden herir la sensibilidad de jóvenes o personas piadosas que tengan dudas respecto de algunos aspectos de sus creencias. Demás está añadir que las disquisiciones filosóficas que aquí se presentan son completamente inútiles para los creyentes que se sienten seguros de su fe.
La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados." Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: "Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel," que traducido significa: Dios con nosotros. Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.
En este pasaje, Mateo (o la tradición que llamamos Mateo) pone el acento en la excepcionalidad de ciertos eventos en torno al nacimiento de Jesús. Pero antes de meditar sobre ese carácter excepcional, quisiera decir que, junto con la encarnación, la resurrección y la ascensión, otro gran mito del cristianismo es la concepción virginal.
Sé que esto suena fuerte, por lo que me apresuro a explicar por qué he usado la palabra mito para describir esos eventos narrativos. Sin duda he causado algún fastidio en quienes no los llamarían así. Trataré de explicar por qué razón causa fastidio el uso de este término y por qué lo he usado yo. Adelanto que mis palabras pueden serlo de hecho, pero que mi ánimo no es del todo provocador.
Si definimos el mito como una visión colectiva de la realidad, que se expresa mediante símbolos y metáforas propias de un determinado lenguaje religioso, no veo razón alguna para no calificar la encarnación, la resurrección, etc., como mitos fundacionales del cristianismo. Pero ocurre que nos hemos acostumbrado a usar la palabra mito con el significado exclusivo de relato falso, irracional e incluso mendaz. Si esto es así, uno se preguntaría, entonces, por la necesidad de usar un término tan cargado de significado peyorativo en el contexto de conceptos que tradicionalmente exigen mucha reverencia. ¿Qué justifica esa elección?
Uso mito porque creo que el concepto alternativo que la cultura moderna contrapone al concepto de mito, es decir, el de logos como razón científica, es fuente de una confusión mayor y, por lo tanto, de consecuencias mucho más lamentables para la fe.
En efecto, el logos que se determina por el paradigma del conocimiento científico (sea cual sea la concepción de ciencia que manejemos), aplicado a la revelación, produce una gama completa de dificultades teológicas, metafísicas, epistemológicas, de todas las cuales hay amplio testimonio histórico, y cuyo denominador común es un debilitamiento de la fe directamente proporcional al afán de fortalecerla racionalmente.
El Logos que proclama Juan no es el logos científico. Si nos atenemos a la racionalidad de éste logos no-científico, veremos que, según ella, los mitos pueden ser descifrados en su sentido, pueden otorgar sentido a la vida de las personas y pueden ofrecerse como guía práctica de la acción. Si hacen esto, revelan la verdad. Si no pueden hacerlo, se desploman como mitos falsos.
Cuando los primeros teólogos separaron los Evangelios canónicos de los apócrifos no hicieron uso del logos científico, sino del Logos proclamado por Juan.
Decir que el logos no es científico no sólo no lo rebaja de categoría epistemológica sino que lo eleva a una dimensión superior de la razón, donde es perfectamente compatible con el mito y con el arte en general.
En ese sentido, la fe cristiana está hecha de relatos mitológicos verdaderos en tanto que portadores de una verdad que requiere re-velarse, de-velarse en la acción. Cuando decimos que un mito puede ser verdadero y que hay mitos falsos, está claro que no usamos verdad y falsedad en el sentido del conocimiento científico. Las formulaciones científicas son verdaderas cuando expresan estados de cosas objetivos; los mitos son verdaderos cuando re-velan, de-velan, hacen manifiestos sentidos intersubjetivos. Un mito bantú puede ser verdadero y un mito cristiano puede ser falso, porque la verdad y la falsedad en un logos no-científico no dependen de la realidad objetiva supuestamente referida por los mitos, sino del sentido que produzca lo narrado en ellos en la vida de los creyentes.
¿Qué sentido revela el mito de la concepción virginal? A muchos nos revela el sentido del amor cristiano en la calidad y la dimensión extraordinarias de la fe de José, porque hay que ver lo que tendría que significar, en términos de presión psicológica y social, no hoy, sino en esa época, estar en las sandalias de José. El espíritu que es capaz de ponerse por encima de los condicionamientos psicológicos y sociales es el espíritu del amor.
¿Revela algo más la narración de la concepción virginal? ¿Algo respecto de María, por ejemplo? Sin duda que sí. A muchos les dice mucho más, debido entre otras cosas a la intertextualidad bíblica, a la devoción mariana de muchos creyentes católicos y, en general, a la manera como nuestra cultura afecta nuestra piedad. Pero pienso que, en una aproximación desde la fe de Qohélet, es decir, desde cierto minimalismo hermenéutico, se puede prescindir completamente de todas esas otras determinaciones sin afectar en absoluto el sentido de este pasaje.

En este pasaje, Mateo (o la tradición que llamamos Mateo) pone el acento en la excepcionalidad de ciertos eventos en torno al nacimiento de Jesús. Pero antes de meditar sobre ese carácter excepcional, quisiera decir que, junto con la encarnación, la resurrección y la ascensión, otro gran mito del cristianismo es la concepción virginal.
Sé que esto suena fuerte, por lo que me apresuro a explicar por qué he usado la palabra mito para describir esos eventos narrativos. Sin duda he causado algún fastidio en quienes no los llamarían así. Trataré de explicar por qué razón causa fastidio el uso de este término y por qué lo he usado yo. Adelanto que mis palabras pueden serlo de hecho, pero que mi ánimo no es del todo provocador.
Si definimos el mito como una visión colectiva de la realidad, que se expresa mediante símbolos y metáforas propias de un determinado lenguaje religioso, no veo razón alguna para no calificar la encarnación, la resurrección, etc., como mitos fundacionales del cristianismo. Pero ocurre que nos hemos acostumbrado a usar la palabra mito con el significado exclusivo de relato falso, irracional e incluso mendaz. Si esto es así, uno se preguntaría, entonces, por la necesidad de usar un término tan cargado de significado peyorativo en el contexto de conceptos que tradicionalmente exigen mucha reverencia. ¿Qué justifica esa elección?
Uso mito porque creo que el concepto alternativo que la cultura moderna contrapone al concepto de mito, es decir, el de logos como razón científica, es fuente de una confusión mayor y, por lo tanto, de consecuencias mucho más lamentables para la fe.
En efecto, el logos que se determina por el paradigma del conocimiento científico (sea cual sea la concepción de ciencia que manejemos), aplicado a la revelación, produce una gama completa de dificultades teológicas, metafísicas, epistemológicas, de todas las cuales hay amplio testimonio histórico, y cuyo denominador común es un debilitamiento de la fe directamente proporcional al afán de fortalecerla racionalmente.
El Logos que proclama Juan no es el logos científico. Si nos atenemos a la racionalidad de éste logos no-científico, veremos que, según ella, los mitos pueden ser descifrados en su sentido, pueden otorgar sentido a la vida de las personas y pueden ofrecerse como guía práctica de la acción. Si hacen esto, revelan la verdad. Si no pueden hacerlo, se desploman como mitos falsos.
Cuando los primeros teólogos separaron los Evangelios canónicos de los apócrifos no hicieron uso del logos científico, sino del Logos proclamado por Juan.
Decir que el logos no es científico no sólo no lo rebaja de categoría epistemológica sino que lo eleva a una dimensión superior de la razón, donde es perfectamente compatible con el mito y con el arte en general.
En ese sentido, la fe cristiana está hecha de relatos mitológicos verdaderos en tanto que portadores de una verdad que requiere re-velarse, de-velarse en la acción. Cuando decimos que un mito puede ser verdadero y que hay mitos falsos, está claro que no usamos verdad y falsedad en el sentido del conocimiento científico. Las formulaciones científicas son verdaderas cuando expresan estados de cosas objetivos; los mitos son verdaderos cuando re-velan, de-velan, hacen manifiestos sentidos intersubjetivos. Un mito bantú puede ser verdadero y un mito cristiano puede ser falso, porque la verdad y la falsedad en un logos no-científico no dependen de la realidad objetiva supuestamente referida por los mitos, sino del sentido que produzca lo narrado en ellos en la vida de los creyentes.
¿Qué sentido revela el mito de la concepción virginal? A muchos nos revela el sentido del amor cristiano en la calidad y la dimensión extraordinarias de la fe de José, porque hay que ver lo que tendría que significar, en términos de presión psicológica y social, no hoy, sino en esa época, estar en las sandalias de José. El espíritu que es capaz de ponerse por encima de los condicionamientos psicológicos y sociales es el espíritu del amor.
¿Revela algo más la narración de la concepción virginal? ¿Algo respecto de María, por ejemplo? Sin duda que sí. A muchos les dice mucho más, debido entre otras cosas a la intertextualidad bíblica, a la devoción mariana de muchos creyentes católicos y, en general, a la manera como nuestra cultura afecta nuestra piedad. Pero pienso que, en una aproximación desde la fe de Qohélet, es decir, desde cierto minimalismo hermenéutico, se puede prescindir completamente de todas esas otras determinaciones sin afectar en absoluto el sentido de este pasaje.





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