08 mar '08-14:21
La traidora tradición de los traductores

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San Jerónimo, por el Greco

Babel Fish y otros tantos traductores virtuales automáticos prometen a miles de internautas la posibilidad de verter a la lengua que quieran sendas oraciones con sólo presionar “Enter”. Reciben miles y miles de visitas diarias e incluso sus bancos de datos son actualizados varias veces al día. Sin embargo, la incompetencia de estos programas hace que ninguna persona cuerda se fíe de sus resultados o se muestre satisfecha de sus versiones. Con oraciones carentes de alguna lógica en el significado, los resultados de los traductores virtuales parecen chistes mal hechos que hubieran hartado la paciencia del frío Hal de Space Odyssey, referente obligatorio de la audaz “tecnología inteligente”.

El traductor San Jerónimo, responsable de la Vulgata Latina, patrón de los traductores y entre otras cosas, teórico de la traducción, afirma en su célebre Ad pammachium de optimo genere interpretandi, que él cuando traduce, lo hace, “non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu”, es decir, no expresando palabra por palabra sino sentido por sentido. Y es justamente el sentido, lo que las máquinas no podrán descifrar jamás, porque la traducción raya incluso lo comprensible y pretende lo inefable. Solo la humanidad del hombre es capaz de revelar los productos de otro ser humano.

Los traductores deben su existencia, además del feliz invento de la escritura, al famoso pasaje que señala Génesis 11: el episodio del temible y enorme zigurat de Babel. Babel hoy en día es sinónimo de confusión y herejía, pero también es un suceso al cual le deben todos los traductores su oficio. Desde el día en que el hombre recibió el castigo divino de la incomprensión lingüística, la traducción ha permitido por miles de años, acercar naciones contraviniendo la maldición del Dios cristiano, difundiendo lo que estaba destinado a ser hermético. La labor de los traductores ha permitido la difusión de conocimiento, el fomento de la tolerancia y mejor comprensión entre culturas distantes.

Y sin embargo, poco o nada se sabe de aquellas personas cuyos nombres aparecen raramente en la solapa de nuestro libro favorito. El anonimato parece ser el destino de aquellos que pasan la mayor parte de su vida rodeados de diccionarios, apuntes, múltiples borradores, con suerte acompañados de alguna computadora o la mayoría de las veces entre la soledad del lápiz y papel, acompañados de una fotografía pequeña de San Jerónimo a quienes se encomiendan para no cometer sacrilegios y ser señalados, como lo han sido por muchas generaciones de escritura, como Traidores.
La desgastada frase Traduttore, traditore, representa con cierto cinismo hasta qué punto es riesgosa la silenciosa actividad traductora, tanto así que el avance de la traducción línea a línea puede ser comparada al trabajo del equilibrista que camina por una cuerda floja, ayudado solo por su buena suerte, tino y talento. Un mal paso representa para el equilibrista la muerte, para el traductor, su muerte moral o la traición del texto original.

En estos tiempos se necesita más traductores, no sólo porque la apertura económica y la globalización la hace una ocupación indispensable para los intercambios comerciales; este solo propósito condenaría a la traducción a un simple utilitarismo. El mundo de hoy necesita traductores porque es necesario mantener un equilibrio entre la vorágine comercial y la difusión del pensamiento, fomentar la tolerancia y el acercamiento entre culturas distantes. Sobrevive la cultura traducida, la que haya sabido mantenerse independiente pero que a la vez pueda interactuar con otras. El reto de los traductores, más aún en un país con una larga tradición traductora como el nuestro, es poder dejar atrás el estigma de la traición y promover en estos tiempos difíciles, y como lo han hecho desde hace mucho, la comprensión del otro, del prójimo.

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1 comentario:

Un modesto comentario. Creo que no se puede acusar de "incompetencia" a estos traductores virtuales, y en general, a ningún programa creado por el hombre, si se pone como estandar el hecho de que no puedan reproducir las creaciones humanas, pues no han sido programados para ello. Por el contrario, la inmensamente superior capacidad de procesamiento de las computadoras respecto al hombre, han hecho a este (o deberían haberlo hecho) consciente de sus límites, de su perecibilidad, y deberían ayudarlo a identificar y potenciar lo más esencialmente humano. La des- o antihumanización actual no se debe a las computadoras, pues antes de ellas ya la vida se había vaciado de sentido. Para bien o para mal, la vida ha cambiado irrevocablemente y ahora nos toca competir -y, por qué no- ser superados por las máquinas, cuando hace tiempo ya lo fuimos por nosotros mismos. Felicitaciones por tu blog.
Hal - 19 may '08-18:07
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