Mt 1: 1-17

Pienso que esta larga y aburrida lista genealógica de 42 generaciones se podría comprender simplemente como el esfuerzo de Mateo por ubicar a Jesús en la Casa de David, es decir, como miembro de la realeza. Desde luego, un especialista en el Nuevo Testamento sabría explicarnos al detalle por qué se le quería ubicar en la realeza, y sin duda alguna despertaría nuestro interés si expusiese con solvencia las razones político-religiosas que subyacen a ese esfuerzo. Hasta donde alcanzo a estar informado, los Nazarenos estaban muy interesados en marcar su identidad de manera contra-distintiva: Ellos procedían de la tradición de los reyes y, por lo tanto, se enfrentaban a la tradición sacerdotal de Israel.
Pero dudo de la importancia espiritual que pueda tener la posesión de este conocimiento histórico. No quiero decir que no sea en absoluto relevante saber ese tipo de cosas, pero ¿qué tan importantes son para la vida cristiana? ¿Qué ocurriría con el mensaje de Jesús, en la versión de Mateo, si decidiésemos ignorar por completo este primer pasaje de su Evangelio? Puesto que no comparto ningún tipo de fundamentalismo, creo que no pasaría absolutamente nada. De hecho, el catolicismo ignora estos pasajes en la liturgia de la palabra. En todos mis años, jamás he escuchado un sermón sobre este asunto.
Más aún, si es verdad que la función de la genealogía real es contra-distintiva, yo diría entonces que hay por lo menos una muy buena razón para dejar completamente de lado ese pasaje y todo otro pasaje de la Biblia que tuviese esa misma función. Y la razón es porque el mensaje de Jesús, tal como lo percibió Juan el Bautista, reclamaba una conversión, una metánoia, es decir, un cambio radical en la mente humana. En la práctica, ese cambio consiste en un abandono de las formas habituales de pensar, una de las cuales es precisamente la afirmación contra-distintiva de la identidad, fuente del odio, de la guerra y de toda discordia entre los seres humanos.
Inicio con esto unas glosas al Evangelio de San Mateo, hechas siempre desde la fe de Qohélet.





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