“La República Aristocrática” llamó el gran Jorge Basadre a los años que van de 1895 (Piérola) a 1919 (caída de José Pardo). Fueron los años dorados de Lima, de afrancesamiento extremo, apertura de avenidas, casas de modas, difusión del cine, del teléfono, inicio de la publicidad, negocios de importación. La guerra europea parecía suceder en otro planeta pues no se sentían consecuencias y aunque es verdad que los anarquistas hacían ruido no alteraban mayormente el ritmo limeño de tomar el té en el Salón Estrasburgo o el Palais Concert, en el Maury o el Bertolotto o pasear y apostar en el hipódromo de San Beatriz y reunirse en agasajos en el Jardín Zoológico.
La vida transcurría despacio, sin sobresaltos, aunque a veces un ierrapuertas y algunos balazos electorales alteraban algo la rutina provocando algunas molestias.
Dicha época tuvo un gran periodismo con una cantidad insólita de publicaciones de todo tipo pero hubo un semanario que podría describirse como la revista de aquellos, repetimos, años dorados de Lima: “Variedades – Revista Semanal Ilustrada”.


Se publicó, es verdad muchos años más, desde el 7 de marzo de 1908 hasta noviembre de 1931 y recogió en sus páginas el Oncenio de Leguía pero esta etapa es la menos estimable de la publicación por su sesgo progubernamental.
La “Variedades” que vale la pena revisar es la de los primeros diez años porque retrata una etapa extraordinaria de la vida limeña y de una manera que no se encontrará en los diarios de textos enormes imposibles de leer y porque llevó al extremo el uso de la fotografía para ilustrar sus informaciones.
“Variedades” fue fundada por el notable fotógrafo portugués Manuel Moral que había instalado la “Casa Moral” en pleno jirón de la Unión, casi enfrente del ya alicaído Estudio Courret. Para promover su negocio fundó primero la revista “Prisma” donde todas las damitas que fotografiaba encontraban espacio preferencial y luego fue convencido por sus amigos de avanzar hacia el lanzamiento de un semanario ilustrado, que no evadiera la política, que informara de todo aquello que podría interesar a los limeños de clase media para arriba; y entonces lanzó “Variedades” cediendo la dirección al joven literato Clemente Palma, el hijo del tradicionista.
Palma era buen periodista y propuso una revista de tamaño pequeño, de precio asequible, con la novedad de llevar siempre una caricatura de actualidad en la portada y sobre todo, con muchas fotografías.
Por eso “Variedades” es un valioso repositorio de imágenes que enseñan cómo era aquella Lima cuyo trajín marchaba sin que la política lo alterase demasiado. Y también de artículos porque Palma llevó allí a Eguren, Yerovi, Chocano, Mariátegui, Valdelomar, Beingolea, entre otros. Y a Vallejo pese que Palma, que hacía la crítica literaria, vapuleó su poesía inicial sin contemplaciones.
“Variedades” sufrió la suerte de Leguía. En la crisis norteamericana padeció la falta de insumos y comenzó a decaer hasta cerrar luego del derrocamiento de su mentor. Palma fue al exilio -como Aramburú, de “Mundial”.
En tiempos velasquistas apareció una segunda etapa de “Variedades” promovida por Guillermo Thorndike y que duró unos cinco años pero que no tuvo nada que ver con el espíritu de la anterior. Y desde hace un par de años el diario “El Peruano” publica una tercera etapa con el mismo nombre.
Pero nada se parece a la vieja revista que, curiosamente, no tiene todavía (que sepamos) un buen estudio pese a su gran importancia social, periodística, histórica en suma. Es verdad también que era elitista y que aquella Lima no era toda ni la verdadera, pero es un balcón privilegiado para observar el paso de los limeños de sombrero y bigotazos y de damas de cintura de avispa gracias a crueles corsets.
Revisen “Variedades”, hay buenas colecciones en las principales bibliotecas. Es como entrar a un túnel del tiempo para llegar a Lima de hace cien años.