EL CORONEL UGARTE


“Reforzado el enemigo y agotándose las municiones, llegó un momento dudoso para la suerte de nuestras armas, por presentarse al mismo tiempo y a mi derecha caballería enemiga con dos columnas de infantería. Logrando reorganizar la división y proveyéndome de las armas y pertrechos enemigos, emprendí otro ataque, consiguiendo hacerlo retroceder hasta gran distancia. En este empuje estuve acompañado por el coronel Ugarte de la guardia nacional de Iquique y comandante Meléndez de la columna Naval de idem., ambos a la cabeza de su fuerza; y no obstante de resultar herido en la parte superior del cráneo, el coronel Ugarte continuó en el campo hasta los últimos momentos”

Del parte que el coronel Andrés A. Cáceres dirigió al Jefe de Estado Mayor del Ejército del Sur al día siguiente de la batalla de Tarapacá (Pachica, 28 de noviembre de 1879).


“..hombre abnegado y de grandes merecimientos...”

Gonzalo Bulnes. Guerra del Pacífico, v. II, c. IV.



Todos los 7 de junio son ocasión propicia para recordar al coronel Alfonso Ugarte Vernal, compañero de armas de Francisco Bolognesi en la defensa del Morro de Arica en 1880. Como ocurre con Miguel Grau, y desde hace más de un siglo, los niños peruanos oyen de Ugarte no sólo en el colegio sino, quizá principalmente, en el seno de sus hogares. Las que siguen son unas líneas de homenaje a este gran héroe peruano de la Guerra del Pacífico, que buscan situarlo, esencialmente, en su ambiente histórico y espiritual.

El término héroe ha sido siempre complejo y difícil de definir: puede ser héroe el mismo que, para otros, es simplemente un conquistador abusivo o un sátrapa. Héroe fue en la Antigüedad una persona que, por su extraordinario valor, alcanzaba a tener rasgos de divinidad. En una época más profana, el héroe fue descrito alguna vez como un individuo común y corriente que hacía hazañas extraordinarias en tiempos extraordinarios. Ambas definiciones enfatizan, sin lugar a dudas, el valor y el coraje en tiempos de guerra, pero tienen la limitación de no aludir, o de hacerlo sólo tangencialmente, a la grandeza de espíritu y al desprendimiento que pueden estar detrás de las acciones heroicas, ni tampoco a su valor intrínseco, por encima de banderías de facciones o de nación. A mi juicio (lo que brota también naturalmente de las fuentes), Alfonso Ugarte es un símbolo de todas las dimensiones del heroísmo.

Paradójicamente, pese a su ardiente patriotismo, el coronel Ugarte también es símbolo de la fragilidad que puede tener una nacionalidad en un territorio determinado, por más fuerte, antigua y arraigada que ésta sea. Ugarte es, en efecto, el más digno y trágico representante de esa peruanidad desaparecida a la fuerza que estuvo representada por los tarapaqueños ancestrales.

Hoy día, el territorio de Tarapacá, cuna de Alfonso Ugarte, es parte de la República de Chile. No obstante, hace cerca de 130 años, la árida región de este mismo nombre era el extremo sureño del territorio peruano. En esos desiertos salpicados de oasis característicos de la tierra tarapaqueña nació, a finales del siglo XVIII, Ramón Castilla, quien llegó a ser distinguido combatiente patriota en la batalla de Ayacucho y, posteriormente, el más famoso presidente del Perú. Las raíces peruanas de Tarapacá se hundían, sin lugar a dudas, en la profundidad de la historia prehispánica y virreinal y habían nutrido, después de la Independencia, a una interesante y activa comunidad de compatriotas. De otro lado, junto con sus arenales infinitos, Tarapacá tenía también salitre, fertilizante mineral que, exportado por mar, comenzaba a hacer reverdecer los exhaustos campos de cultivo de una Europa en creciente industrialización.

En resumidas cuentas, y dejando de lado pretextos y detonantes, fueron tres las causas de la invasión de 1879 contra el Perú y Bolivia y de la derrota de estas dos naciones aliadas frente al expansionismo chileno. En primer lugar, no nos olvidemos de que estamos hablando de la época de Darwin y de las arbitrarias consecuencias sociales y políticas que varios pensadores conservadores dedujeron -con motivaciones non sanctas- del pensamiento del gran biólogo británico: la ideología y la tradición jurídica de la época estimulaban, de hecho, las conquistas territoriales entre las naciones, y las sociedades encomiaban tácita y hasta explícitamente la supuesta superioridad “natural” del más fuerte frente al más débil. En el lenguaje racista de la época, la guerra fue, en efecto, vista y descrita reiteradas veces como la victoria de los más bien “blancos” chilenos frente a los “indios”, “cholos” o mestizos peruanos y bolivianos. En segundo lugar, al menos parte de la oligarquía “castellano-vasca” chilena, vio en el salitre de Tarapacá y de la Antofagasta boliviana un formidable recurso para superar angustiosas estrecheces económicas nacionales y para fomentar el desarrollo de su país. La tercera causa, quizá la más importante, fue el pavoroso desorden de la vida política e institucional en el Perú y en Bolivia, que sin duda hizo atractiva la posibilidad de una invasión chilena, y que de hecho debilitó hasta extremos grotescos el poderío terrestre y naval que los aliados necesitaron para cuidar de las valiosas riquezas naturales de sus respectivos territorios. En verdad, cuesta creer que si el Perú hubiese comprado oportunamente uno o dos barcos de guerra en los años inmediatamente anteriores a la contienda (como de hecho se pensó hacer) es muy probable que la Guerra del Pacífico no hubiese estallado nunca y que Arica e Iquique fueran hoy día puertos peruanos. El ahorro en vidas humanas y recursos habría sido enorme. El Perú no habría vivido la amargura de la derrota en una guerra que no buscó ni declaró. Tampoco existiría hoy el problema de la mediterraneidad boliviana. Por otra parte, de haber sido bien utilizado, el ingreso del salitre perdido en la guerra habría ayudado a la modernización de la sociedad peruana. Volviendo a lo que realmente ocurrió, la ausencia de una flota peruana respetable en esos momentos cruciales de la historia republicana fue decisiva y fatal para los intereses nacionales tanto en el corto como en el largo plazo. Al Estado peruano le faltó sentido moderno o, en pocas palabras, un enfoque realista que le hubiese permitido adelantarse a los hechos.

Fue en Pisagua (“la puerta del Perú sacudida de sus goznes” a la que se refirió alguna vez Basadre) donde se produjo el primer y terrible desembarco de fuerzas chilenas a comienzos de noviembre de 1879: los notables peruanos del lugar prefirieron sucumbir en combate, e incluso suicidarse, antes de caer en manos de un enemigo tan devastador. Ese día, el primero de una invasión que se prolongaría en el distintas partes del país hasta mediados de 1884, una pequeña guarnición peruano-boliviana débilmente artillada luchó durante varias horas, hasta el límite de su resistencia, para contener en el mar y en las playas a las largas hileras de lanchas de desembarco chilenas protegidas por artillería naval.

El auténtico drama, como es fácil imaginar, no fue la pérdida de los importantes ingresos del salitre, sino la incertidumbre y la angustia de peruanos de siglos que se sintieron súbitamente invadidos por otros acentos, por otras comidas, por otras músicas, por otros usos gubernativos, por otras lealtades ¿Qué habrá sentido, por ejemplo, el valiente tarapaqueño adoptivo coronel Ríos, último jefe militar de Iquique (el puerto principal de Tarapacá), cuando recibió la orden de marchar hacia el interior y de declarar a ese puerto como ciudad abierta? Discrepo en algo con los historiadores de tiempos posteriores, que acusan a los peruanos de entonces de dejar en manos del enemigo pozos de agua y ferrocarriles intactos a medida que retrocedían. Yo creo más bien que ellos tenían la convicción, tan usual en tiempos de grandes conmociones, de que sólo estaban viviendo una pesadilla, y que todo iba a volver pronto a la normalidad.

Quizá por su fuerza y antigüedad milenarias, y no obstante el drama colectivo que fue la chilenización forzosa y violenta de Tarapacá, la tradición peruana dejó, a la postre, una huella en ese territorio. Hoy los chilenos exhiben dentro de su folklore diabladas altiplánicas, y hablan también de tambos y de pucaras, sin reparar en que estos elementos no son sino restos de la ancestral herencia peruana del tiempo anterior a la invasión de 1879.

Pues bien, a Alfonso Ugarte le tocó vivir el comienzo de este holocausto nacional en el entonces Sur del Perú. Los Ugarte, y su familia materna, los Vernal, formaban parte de ese grupo de prósperos empresarios salitreros peruanos, que también contaba entre sus miembros a clanes como los Zavala y los Billinghurst. Alfonso Ugarte no fue un militar profesional, sino un civil al que jamás se le cruzó por la cabeza tomar algún día las armas. Aunque a muchos de nuestros contemporáneos les suene extraño, la invocación a la defensa de la Patria tenía, de acuerdo con la mentalidad de ese entonces, un efecto casi diríamos religioso (por emplear un término aproximado) sobre la voluntad de gran cantidad de personas. Dicen las fuentes que Ugarte era de temperamento amable y alegre, y que su constitución física no era tan adecuada para las agonías de una guerra. Su mundo era la administración de las salitreras de su familia donde convivía a diario con sus trabajadores y participaba incluso en sus fiestas y bailes. Muy rara era, para el Perú, esa clase alta de Tarapacá. Y muy diferente también de sus pares de más al norte, sobre todo de la ciega Lima, cuyos miembros no vacilaban en utilizar (en pleno siglo de industrialización) a trabajadores chinos esclavizados en los hechos, traídos con engaños desde Macao.

Es muy importante señalar que el Ugarte de la preguerra no odió jamás a los chilenos. No podía actuar de otro modo en un ambiente social en el que los trabajadores de sus salitreras eran, en una considerable proporción, esforzados y honrados inmigrantes de esa nacionalidad. Además, como tantos peruanos de la clase alta de entonces, había estudiado en prestigiosos colegios ingleses en Valparaíso y tuvo por ello, y por razones de su trabajo posterior, muchos amigos chilenos. Incluso en el ambiente violento e impiadoso que tienen todas las guerras, hay testimonios que retratan la humanidad de nuestro personaje, como ocurrió luego de la batalla de Tarapacá, en medio del desastre sufrido por las fuerzas invasoras que no afectó el curso de la guerra, cuando dedicó varias horas a recorrer el campo tratando de salvar de la furia de los rasos peruanos a los militares chilenos que yacían heridos en el campo.

Cuando Chile declaró la guerra al Perú, el 5 de abril de 1879, Alfonso Ugarte estaba próximo a partir a Europa en un viaje de negocios. Abandonó inmediatamente estos planes y se enlistó en el ejército para defender –como dice en su hermoso testamento- el santo suelo de mi Patria. Asumió por esa época el comando del Batallón Iquique Nro.1, y lo proveyó generosamente, a su costa, de armas y de vituallas.

Fue en este ambiente polvoriento de campamentos militares al borde del desierto, de prácticas de fuego y de manejo de la bayoneta, de marchas, de transporte de pertrechos, de voces de mando profesionales, y de soldados de línea del Zepita o del Dos de Mayo, acompañados de reclutas bisoños acabados de salir de sus empleos civiles en las salitreras, donde Alfonso Ugarte vistió por primera vez su uniforme de coronel improvisado. Y luego vinieron las primeras acciones de la guerra, en esos meses de pesadilla de 1879: Arica e Iquique embanderadas de rojo y blanco; hombres, mujeres y niños que dan vivas al Perú, al Huáscar y al contralmirante Miguel Grau; luego, perdido el dominio del mar, la caída de Pisagua y la abrasadora y terrible guerra del desierto; el desastre de San Francisco; oficiales inexpertos y sin mapas; soldados descalzos que sólo hablan en incomprensible quechua y aymará de sus pueblos de origen; la desesperada victoria de la infantería peruana en la quebrada de Tarapacá; la implacable voracidad de la metralla; los duelos de fusilería; la rabia del repase; la sangre, el desorden, los gritos y las bayonetas; la bala que roza el cuero cabelludo del coronel Ugarte y que casi lo mata; la sed y el polvo que ahogan; la imposibilidad de utilizar una victoria táctica; la penosa retirada hasta Arica por cordilleras pegadas al desierto de un ejército de espectros: el 18 de diciembre de 1879, Ugarte entró en el puerto de Arica como parte de una de sus cansadas columnas. Su uniforme estaba raído, las suelas de sus botas estaban deshechas, y traía en la cabeza una venda sanguinolenta con raro e insólito aspecto de turbante. Junto con él avanzaban soldados, refugiados peruanos de los territorios perdidos, y setenta prisioneros chilenos tomados en combate en el pueblo de Tarapacá. Había, entre ellos, una cantinera y un adolescente chileno, casi un niño, a quien el contralmirante Lizardo Montero preguntó dónde estaba su mamá.

A comienzos de enero de 1880, poco más de un mes después de la captura de Tarapacá, en un acto que ponía claramente al descubierto los auténticos móviles de la invasión, se dio inicio a la exportación del preciado salitre en el territorio administrado bajo ocupación militar.

Pese a los avatares del coronel Ugarte, y a todos los sacrificios de este civil que aprendió (quizás contra su naturaleza apacible) a dar mandobles y pistoletazos por su país con soltura de veterano, no había llegado todavía su momento supremo. Pese también a los consejos de muchos de sus amigos que le decían que ya había hecho lo suficiente por su Patria, Ugarte se negaba a dejar el servicio en el ejército.

El escenario definitivo fue el puerto de Arica, en junio de 1880, donde una guarnición de 1,800 peruanos se preparaba para resistir el asalto de poco más de 5,000 aguerridos chilenos, con la moral muy alta, luego de la reciente y reñida victoria de Tacna sobre el ejército de la alianza peruano-boliviana. La situación era desesperada. Las tropas peruanas y su guarnición de artillería naval terminaron virtualmente acorraladas al borde del mar: Arica, y el famoso Morro que lo domina, era el último resto del Perú en el sur, defendido por su también postrero ejército en esa parte del país. Desde el asediado puerto, quizá en el mismo Morro rodeado de los soldados de su querido batallón Iquique, Alfonso Ugarte se dio tiempo para escribir resignado a un pariente, diciendo: “Estamos resueltos a resistir con toda la seguridad de ser vencidos, pero es preciso cumplir con el honor y el deber”.

Hay una foto famosa de los oficiales y jefes defensores del Morro de Arica, que fue tomada poco tiempo antes de la batalla del 7 junio de 1880. Reapareció hace pocos años, y estuvo escondida, según deduzco, porque no coincidía con los moldes estereotipados (y absurdos) del heroísmo elegante de fines del siglo XIX. Es una extraña toma donde se respira un aire no se sabe si heroico o fúnebre. Arriba de los fotografiados se distingue incluso un borroso reloj de pared que parecería estar marcando implacablemente el tiempo y anunciando la cercanía de la muerte. La foto muestra en el centro al anciano coronel Francisco Bolognesi, último jefe peruano de la plaza de Arica, con uniforme distintivamente claro, rodeado de varios de sus oficiales superiores. Entre ellos hay también un argentino que —en elocuente solidaridad y protesta contra la guerra de conquista desatada por Chile— combate con uniforme peruano: es el coronel Roque Sáenz Peña, jefe del batallón Iquique, con barba cerrada y brazos cruzados. También aparece, en el otro extremo de la foto, un ojeroso teniente coronel Ramón Zavala, millonario tarapaqueño en sus épocas de civil, ahora jefe del batallón Tarapacá y esforzado veterano de la victoriosa acción de armas del mismo nombre: mira a la cámara como interrogándola, tal vez desafiante, con su mano derecha aferrada al correaje. Están también Marcelino Varela, Manuel C. La Torre, el infortunado capitán de navío Juan Guillermo More, el coronel Justo Arias Aragüez, y el teniente coronel Ricardo O´Donnovan. Y, con gesto indescifrable, nuestro coronel Ugarte, delgado y con una juventud que trasluce sus 32 años. Faltan otros oficiales, que se encontraban de servicio en ese momento, como el coronel José Joaquín Inclán, caído también, como la mayor parte de los retratados, poco tiempo (¿apenas horas?) después. Hay rostros altivos, pensativos, decididos, y también los hay impregnados de tristeza y de una especie de abatimiento no exento de dignidad: en los ojos del coronel Bolognesi aparecen reflejados no sólo el cariño y la incertidumbre por sus hijos oficiales del ejército en otro destino militar, sino también el peso de su responsabilidad como jefe de la plaza y, ciertamente, las grandezas, las miserias y los errores de la República, todos acumulados y como abrumando al viejo militar. De este grupo, y de los demás defensores de Arica, ha dicho el historiador chileno Gonzalo Bulnes, en insólito homenaje: “Estos nombres son dignos del respeto del adversario y de la gratitud de sus conciudadanos [...] Bolognesi, More, Ugarte [...] fueron los últimos defensores de su Patria [...] y lucharon en el último pedazo de tierra firme que les era permitido pisar”.



Finalmente, el 7 de junio, en la madrugada, se produjo el feroz asalto sobre los parapetos peruanos. Comenzó, de manera imprevista, por los fuertes Ciudadela y del Este. En el primero —según referencia del chileno Nicanor Molinare— su bravo jefe, el coronel Arias Aragüez, rehusó rendirse y atravesó a un último adversario con la espada antes de caer acribillado a balazos. Además de hacer sentir su número de tres contra uno, los chilenos atacaban resueltos y destacaban, ciertamente, no sólo sus bayonetas y sus corvos, y su feroz y ensordecedor chivateo tomado de viejas tradiciones mapuches, sino también una destreza y una familiaridad con la violencia provenientes de una sociedad acostumbrada a la práctica de la guerra durante siglos. Enfurecían a los atacantes no sólo la resistencia desesperada de los defensores sino el estallido de minas que volaban a su paso. Del texto (a veces confuso y contradictorio) de partes y relatos de testigos oculares, se deduce que, antes del postrer y brutal asalto, los últimos defensores se agruparon en la cumbre del mismo Morro de Arica, en torno a Bolognesi, en una plazoleta donde ondeaba la bandera del Perú. Allí, baleados por los rasos chilenos que ingresaban al recinto en medio del desorden, hallaron la muerte el valeroso jefe de la plaza y varios de los oficiales que se encontraban junto a él. Unos pocos fueron hechos prisioneros y protegidos por oficiales enemigos que llegaron después. Al pie de la bandera, al declinar el combate, yacía muerto de bala uno de sus últimos defensores, el joven sargento mayor Armando Blondel, con la espada todavía aferrada a su diestra.

¿ Y qué era, a todo esto, del coronel Ugarte?

La imaginación literaria tiene, en algunos casos, una ventaja sobre la Historia, que es también imaginación, aunque restringida por las fuentes. Nos permite vislumbrar aquí, sin forzar las cosas, los últimos momento de este oficial moreno bastante delgado, de uniforme negro con presillas doradas de coronel, que defiende con desesperación, en compañía de sus soldados de uniforme blanco, el estandarte del batallón Iquique bordado con hilos de oro por damas tarapaqueñas. Las balas silban cerca de él, en ese Morro empapado en sangre peruana. Desde lo alto de esa eminencia natural, el joven coronel ve con claridad el mar. Tiene delante de él cientos y cientos de bayonetas chilenas y de fusiles apuntándole: ojos escrutadores bajo viseras y morriones enemigos que lo siguen sin cesar, como si fuera la presa anhelada de una cacería. ¿Qué recuerdos o pensamientos asomarían entonces por su mente allí donde predominan, en macabro concierto, la confusión y la violencia descarnadas, las cuchilladas, las cabezas reventadas a culatazos, los gritos de dolor, y el picante humo de pólvora de los últimos cartuchos? ¿Tal vez se le aparecen los rostros de su madre y de su padre muerto? ¿O las imágenes de su colegio de Valparaíso y de los amigos con quienes jugaba de niño? ¿O de la prima Rosa Vernal, que la guerra le impidió desposar, y del vacío —probablemente atroz en ese momento— de la familia que nunca alcanzó a fundar? ¿O los recuerdos, ya lejanamente eufóricos, de un tiempo de paz: de los bailes del último 28 de julio celebrado en algún oasis de la tierra tarapaqueña, o de sus promisorios años como empresario salitrero y de jovencísimo y elegante alcalde de Iquique?


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Alfonso Ugarte murió, en efecto, combatiendo como un héroe en ese último y trágico día de la Arica peruana. Es un hecho histórico que sus restos mortales fueron encontrados poco tiempo después al pie del Morro, cerca de la orilla del mar.