Hace tiempo no publico artículos, lo cual no implica que he dejado de escribir. Es realmente inevitable para mí dejar de escibir en mi mente, cada suceso merece una reflexión, ya sea productiva o inútil, graciosa o seria, confusa o nítida, pero una reflexión al fin y al cabo que nos hace más conscientes de lo que somos y hacemos.
En esta oportunidad -mismo floro de vendedor de caramelos en el micro-, ya que tengo demasiada pereza para escribir un artículo completo y adaptado a un público específico como ustedes -vagos adictos al hi5 y cuanto se presente en pantalla, me incluyo-, cito el ensayo que presente hoy para mi curso de teología. Espero que si no les parece muy serio y aburrido, lean con detenimiento la parte final, la cual trabajé en plena lucidez la madrugada anterior a la entrega del ensayo -menos mal que los profesores no leen esto, ¿o si?-. Ahí les va:
«Desde que el hombre tiene memoria, siempre ha estado acompañado por constantes incógnitas sobre su propia existencia y del mundo que lo rodea: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Para que vivimos? Éstas se pueden resumir en una sola pregunta: ¿Qué sentido tiene nuestra existencia, nuestra vida? Esta ineludible pregunta por el sentido de la vida se presenta como actual, incómoda, englobante, y sobre todo, humana.
Es ineludible no sólo por el hecho de que todo ser humano la formula en algún momento de su vida, sino sobre todo si consideramos la siguiente actitud previa frente a la realidad: Es una entidad dinámica, no permanece inerte, sino que está en constante movimiento, si el ser humano forma parte de esta realidad procesual, es válido preguntarnos a dónde vamos; igualmente remite a lo distinto de sí -como lo expresa Ruiz de la Peña-, es decir, existe una finalidad para la móvil realidad, entonces es lógico interrogarnos para qué vivimos. En conclusión, la pregunta por el sentido nos incita a repensar el a dónde y para qué de nuestra existencia.

La pregunta también es actual porque, a pesar de que se ha expresado en toda la historia humana, es en la actualidad, en este mundo contemporáneo en el que vivimos donde tiene su mayor desafío. “Nunca hasta ahora ha resultado tan cuestionable el hallazgo de un sentido” (cito a Ruiz de la Peña, de nuevo). En un mundo donde el hombre siente incomunicación y soledad frente a un sistema que no logra más que alimentar un escepticismo colectivo en la sociedad actual, la pregunta por el sentido se erige como una respuesta frente a la creciente desesperanza del hombre contemporáneo, fruto del desencanto que la modernidad como reformadora social dejó en nuestros coetáneos.
Asimismo, la pregunta por el sentido es englobante, ya que su enunciación supone una respuesta totalizadora. Si el ser humano existe dentro de un determinado contexto histórico, el preguntarse el a dónde y el para qué de su existencia implica descifrar la misma pregunta hacia su hábitat, lo que lo envuelve y forma parte de su vida. Es así como la pregunta por el sentido nos recuerda que somos lo que vemos, tocamos, saboreamos, olfateamos, escuchamos; en fin, lo que sentimos.
Al mismo tiempo, la pregunta resulta ser notoriamente incómoda, ya que su entendimiento requiere de mucho tiempo y esfuerzo, y ante todo, humildad. El desarrollo de la pregunta no tiene un tiempo estimado de desenlace, al contrario, es un largo proceso el intentar encontrar respuesta a tan intrínseca incógnita humana. Su avance puede durar una vida entera, así como millones de ellas. Lo curioso es que existen personas que se pasan toda su existencia en esta ardua tarea: encontrar un sentido por el cual vale la pena vivir el aquí y el ahora; y al hacerlo, ya sea sin querer o a propósito, hallan una finalidad a su trabajo, un sentido a su propia vida.
La pregunta necesita de humildad desde el inicio de su desarrollo. Humildad para aceptar lo que mejor se adecua a la pregunta, y dejar a un lado lo otro, por más que haya sido tan reciamente trabajado. Se solicita humildad para estar dispuesto a repensar lo supuesto, para cuestionar lo establecido, y en caso corresponda, empezar de nuevo cuando la situación lo amerite. Este carácter revolucionario de la pregunta contrasta con la humildad que debe tener quien la formula; lo cual la hace, como reitero, incómoda.

Si el ser humano sigue buscando este sentido a su vida, a su existencia, luego de haber pasado por tantos hechos y acontecimientos sobre todo trágicos y dolorosos a lo largo de su historia, ¿Cómo es posible que sigamos de pie? ¿Qué es lo que hace que aún estemos aquí y no hayamos desaparecido ya? ¿A qué recurrimos cuando ya todo parece perdido? A la esperanza.
Como dice Ruiz de la Peña, el ser humano guarda en lo más profundo de sí un sentimiento que, al igual que la pregunta por el sentido, lo ha acompañado a lo largo de la historia: la esperanza. Han pasado guerras, enfermedades, depresiones, crisis y hechos sociales que han dejado huella en la nuestra sociedad, y seguimos aquí porque alguna voz –en la que curiosamente creemos- dentro de todo humano dice que no es el final, que un futuro mejor nos espera -o nosotros a él-. La esperanza, entonces, se constituye como el cimiento de nuestra existencia, la base en la cual nos apoyamos para desarrollar el sentido de nuestra vida.
Mas la esperanza no es en sí la respuesta a la pregunta sobre el sentido, sino una innata herramienta que nos sirve como medio para encontrar la finalidad de vivir, de trascender. Hacer con mi vida algo que dure más que ella misma, que deje un legado a quien viene tras de mi, hacer nuestra existencia armoniosa, digna de ser vivida.
¿Dónde depositamos nuestra esperanza? ¿En un futuro mejor? La fe alberga nuestra esperanza. Ésta no sólo espera un futuro mejor, conforme a la voluntad de Dios, sino que actúa sobre el presente, pone manos a la obra en el aquí y el ahora para hacer realidad el plan de amor que Dios tiene para el ser humano.
Entonces, ¿cuál es el sentido de la vida para los cristianos? Nuestra fe puesta en la voluntad de Dios, quien tiene un plan de amor para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. La voluntad de Dios es como Él mismo: eterna y universal, y no hace falta demostrar su existencia: esta se evidencia en todo lo que nos rodea, inclusive nosotros mismos. Como la voluntad de Dios nunca falla, es el mejor pilar en torno al cual centrar nuestra vida. Cuando nos centramos en ella, los demás aspectos importantes –amigos, novio o novia, escuela y familia – ocupan el lugar que les corresponde. La voluntad de Dios nunca pasará de Moda. En ella podemos depositar nuestra esperanza.
¿Y qué sucede con los no cristianos? Es importante recordar que Dios se revela al ser humano a lo largo de la historia, y en su infinito amor hacia nosotros, se pone a sí mismo como una alternativa entre varias que el hombre puede escoger libremente. Dios no se nos impone, al contrario, nos otorga la libertad de elección. Nos hace “sujetos de nuestro propio destino”, y para eso nos brinda a todos los hombres y mujeres la conciencia: esa voz interior que al escucharla nos permite distinguir lo bueno y lo malo. Por tanto, no ser cristiano no implica que uno se encuentre en contra de la voluntad divina, sino que todo ser humano busca siempre el bien gracias a su consciencia, y las decisiones que toma cada uno son las que marcan la diferencia.
En conclusión, la pregunta sobre el sentido de la vida encuentra su respuesta para los cristianos en la voluntad de Dios, la cual los invita a actuar en el presente para hacer su plan de amor realidad; y para el resto de los hombres y mujeres del mundo, en la esperanza que depositan día a día en un lugar mejor para vivir, en un presente comprometido y, por tanto, un futuro prometedor.»
Publicado por: a20060911 Visto: 944 veces - Agregar a Favoritos PUCP

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