Día de playa...me levanto temprano (6:30am) meto de todo al bolso: bloqueador, una muda de ropa extra, algo de tomar, algo de comer, pareo, lentes, celular (ahora vienen con parlantes, toda una fiesta), gorra, raquetas, pelotas (de tennis, una de peluche de fútbol americano, una de yas - nunca hay pierde con las pelotas). Ah! Obligatorio, una sombrilla, al menos si pretendes pasar más de 3 horas en la playa.
Este fue un día de playa familiar en Totoritas, familiar con yapa, pues como siempre estuvo ahí Roy, el novio de mi hermana que parece un hijo más en la casa - como suele pasar con los novios que la saben hacer. Lo primero que mis hermanas y yo moríamos por hacer al llegar a la arena, después de haber caminado y haber descargado el super equipaje, era meternos al mar. Se veía un tanto agitado, pero de hecho era reconfortante saber que estaba tan cerca, luego de haber dado vueltas hasta encontrar "la mejor ubicación". Corrimos hasta llegar al agua. Por fin llegamos. Algo demasiado extraño estaba pasando, o tal vez era conocido por todos los asiduos visitantes de Totoritas, pero no por nosotros. El agua estaba irremediablemente helada, haciendo gran contraste con los rayos del sol, que al mediodía empezaron a transformarme. ¿Qué pasa? La respuesta no la tengo yo. A ver, el agua de la porción del Pacífico que baña estas costas no se caracteriza por ser tibia - y para ello tenemos una amplia explicación científica que tiene que ver con una parejita de infantes- , sin embargo lo que experimenté hoy fue, en definitiva, inusual, raro, pero muy rico. Al principio los pies se me congelaban. Ese frío intenso me recordaba a Lake Tahoe, un lago de California que en invierno tiene 2 metros de orilla, mientras que el resto de arena se cubre de nieve, o a la porción del Atlántico que en Cape Cod, Massachusetts, se pone tan helada incluso con un brillante sol cuando está muriendo el invierno.

Porsupuesto, sea porque soy un ser adaptable o porque no me gusta quedarme con las ganas, opté nuevamente por meterme al mar, y esta vez, ignorando el frío del agua salada, tenía ya medio cuerpo dentro. Tuve que ir sola como 3 veces, ya que llevaba a mis hermanas o a mi papá hasta la orilla, les prometía que sería super refrescante, que valía la pena, que solo debían olvidar que el agua estaba helada y tenían que entrar rápido, pero todos desistieron. Cuando mi hermana mayor esta vez decidió intentarlo nuevamente, lo disfrutó tanto como yo. ¡Claro! las dos advertimos que no debíamos meter las manos al agua. Cuando lo hacíamos, éstas nos recordaban que la temperatura del agua era un escándalo, pero también que fuimos unos de los pocos valientes que se atrevieron a entrar, a parte de los surfistas que se la pasaron muy bien en su wetsuit.

Finalmente, pasé el resto del tiempo echada debajo de la sombrilla, escuchando a Fergie y Juanes, comiendo heladitos, es decir, disfrutando de esa excelente locación en la playa que tanto nos costó encontrar, hasta que una ola permitió que el agua llegase a mi pareo...y a mis sandalias, y a los lentes de mi mamá...y gracias a Dios no se llevó nada - hace unos minutos mi mamá me contaba que una ola así llevó de vuelta a un lobo de mar bebé que por una de esas circunstancias estaba en la orilla de otro sector de Totoritas. Fue aquí cuando, como dicen los gringos "we called it a day" y un buen día, por cierto, lleno de sol, insolación, arena en la ropa, malaguas que por casualidad pisé más de una vez y...mucha tentación.