El problema de Dios en Kant (5/5)

Dios, decía Kant, es un postulado de la razón; pero ¿acaso un postulado cualquiera? Como síntesis última, ocurre aquí algo análogo a lo que descubrió San Anselmo, cuando describió a Dios como aquello mayor que lo cual no puede pensarse. Dios es lo puesto y no puesto por la razón. En tanto idea suprema, es el último producto natural de la razón; pero, en tanto límite último de su capacidad sintética, se le impone a la razón como lo absolutamente incondicionado. Rudolf Otto jugó aquí con la idea de lo absolutamente Otro, es decir, lo que está del otro lado del límite último; aquello que es, por definición, lo inaprehensible.
Hay, pues, un fondo oscuro en la idea de Dios, que los filósofos han percibido siempre (incluso aquellos que se esforzaron por mostar sólo su luminosidad). En las aproximaciones metafísicas post-críticas, ya se asume que es imposible el conocimiento de Dios, porque sería como pretender que la razón pudiese trascenderse a sí misma y pudiese mirarse a sí misma desde fuera de sí. Ser crítico es haber aceptado esta limitación infranqueable de la que nos hizo concientes la filosofía de Kant; pero de ninguna manera implica tener que abandonar la idea de Dios. Sólo supone descartar el obstáculo más importante que subsiste en relación con ella, y que consiste en seguir tratando a Dios como si fuera un objeto de conocimiento. Esto es algo que muy pocos creyentes logran.
¿Qué es aquello que definitivamente despeja todo remanente objetivista en la aproximación de un creyente a Dios? Como bien se sabe, Kant cerró su propuesta metafísica afirmando la primacía de la ética sobre la razón pura, y sustentaba esto en el hecho de que la razón práctica puede lograr, mediante la valoración, lo que la ciencia es incapaz de lograr por el conocimiento, a saber, alcanzar la cosa en sí. ¿Qué significa esto? ¿Qué es la cosa en sí y cómo puede ser alcanzada cuando hablamos de la idea de Dios? Aquí es que ayuda Wittgenstein. La cosa en sí es la experiencia subjetiva de un límte último que se conoce y se desconoce a la vez. ¿Qué hay en la vida humana que se parezca a esta experiencia? Sólo la vida misma tiene esta peculiaridad de colocarnos frente a un límite último que de allí para acá conocemos, pero que de allí para allá ignoramos por completo.
Instaldos en la contemplación del límte último, podemos concentrar la atención en la pregunta por el sentido de la vida y del mundo. En otras palabras, no se trata de preguntar qué hay más allá de esos límtes últimos o qué es lo que los unifica en sí, porque eso no es posible conocerlo. De lo que se trataría más bien, en el ámbito de la fe, es de preguntar cómo hay que enfrentar el acontecimiento ineludible del límite último. Dicho de otra manera: Independientemente de cómo vaya a ocurrir realmente, ¿qué muerte ideal es la que quisiéramos tener?
Si esta es la pregunta de fondo en todas las creencias religiosas que comparten el enfoque metafísico de Kant, todo otro esfuerzo por determinar doctrinal y cognitivamente, es decir, como realidad objetiva, aquello que se presenta como Dios en la experiencia espiritual, es pura y simple vanidad.





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