
Ya casi un adulto, Tetsu siempre se preguntaba si sería feliz en su vida. Tantos años de vivir siempre con el mismo rumbo lo habían hecho detenerse a pensar si, tal vez, todo lo que había hecho en su vida estaba correcto. Nunca, en sus 25 años, se había arrepentido de algo. Pero, siempre llega ese día. Tetsu, en una caminata, vió a dos personas en la banca de ese parque que él adoraba desde pequeño. Al parecer, un chico quería declararse a una chica. Al parecer, la chica quería declararse al chico. Ambos se miraban con esas miradas que no son miradas, son algo más. Son “te amo y deseo permanecer contigo”. Tetsu sintió un vacío en su pecho, como si fuera a morir en ese momento. Se enterneció y sin darse cuenta, una lágrima rodó por su mejilla. La secó con su mano y se extrañó. “¿Mi corazón está llorando? Porque yo no siento tristeza”. Se alejó y los chicos que estaban sentados en esa banca aún no decían palabra.
“Se arrepentirán” se decía a sí mismo. Las personas cuando se arrepienten de algo realmente grande, desearían retroceder el tiempo con todas sus fuerzas (yo, personalmente, ofrecí mi alma al diablo, alguna vez, varias veces, sin dudarlo dos veces). ¿Alguna vez habré pedido eso? ¿Qué pasa si yo creara una máquina del tiempo? Podría ayudar a muchas personas. No. Un instrumento como ese solo brindaría infelicidad y no ayudaría a las personas a crecer con sus errores. Aprender, para eso estamos en esta vida”. Tetsu se había sentado a pensar un momento. Pensó que sería tonto intentarlo. Pero… él se consideraba un tonto. Se preguntó “¿qué piezas debería tener una máquina del tiempo?”. Así que empezó a caminar para encontrar la respuesta.
En la orilla del mar recordó algo. Una sensación, así como de estar enamorado de su mejor amiga. O tal vez, de una chica muy inocente. Respiró el aroma de la sal. Respiró la escencia del mar mientras caminaba. De pronto, Tetsu cayó a la arena. Había tropezado con algo. Miró y en la arena encontró una rueda. Era mediana y delgada. Parecía nueva por su brillo. “Ah, una rueda. Eso es lo que debe tener una máquina del tiempo”. Así que tomó la rueda y siguió su camino. Se preguntaba dónde podría encontrar una igual. Doscientos metros más allá, encontró una rueda igual. Era algo increíble. Es como si en esa playa hubiera ocurrido algo hermoso. “Un recuerdo hermoso” como los llamaba Tetsu. Es posible, pues encontró ambas ruedas ahí.

Subió por las escaleras y tomó un atajo hacia la ciudad. Era algo así como un bosque, pero no era tan grande. Digamos que era algo así como un camino con muchos árboles. A él le encantaba caminar por allí, desde pequeño. Era casi casi su lugar favorito. Le gustaba mirar la copa de los árboles, pues siempre pensaba “¡qué grandes tesoros se encontraran ocultos en la copa!”. Miró el suelo y subió la mirada otra vez. Sin pensarlo más, trepó a un viejo árbol. Con gran facilidad llegó hasta la copa y podía ver el sol y la ciudad delante de él. Era una gran vista. Mientras disfrutaba de la brisa, Tetsu encontró una cadena de metal. “¿Para qué serviría?” se preguntó.
Bajó del árbol y colocó todas sus cosas en su espalda. Extrañamente, no pesaban. Tetsu tenía 25 años pero, de repente, se sentía joven, como de unos 19 otra vez. Tenía una sonrisa pacifica en su rostro. Caminaba más rápido y sentía que la vida estaba adelante. Se imaginó que tenía sed, así que fue a comprar algo de beber. Así, llegó a una tienda. Esta tienda tenía muchos años y Tetsu la consideraba su favorita. Vendían helados, bebidas refrescantes, dulces y pastelillos. Tetsu era feliz cuando iba a esa tienda porque se sentía como el dueño del mundo mirando tantas cosas deliciosas que comer o probar. El dueño de la tienda le ofreció lo de siempre. Helado de vainilla. Tetsu jamás había probado otro sabor de helado que ese. En toda su vida (como yo). Al salir de la tienda, vio un oxidado esquema metálico. Le preguntó al dueño de la tienda qué era aquello y éste le dijo que era parte de una bicicleta muy vieja. Tetsu tomó aquel cuerpo de bicicleta y fue a su casa.

Con esas piezas, Tetsu pudo construir una bicicleta. Sin embargo, faltaban los pedales. Decidió que era suficiente por ese día, así que fue a descansar. Cuando Tetsu estaba en su cama, era muy pacífico. Cerraba sus ojos, colocaba su mano sobre su rostro y pensaba. Siempre pensaba acerca de su soledad. Era feliz, a pesar de estar solo, pero cuando entraba la noche y no podía dormir, sentía cómo su corazón se tornaba oscuro y melancólico. Era triste estar ahí, con esa sensación de culpa. ¿De dónde provenía? ¿Qué era aquella sensación que Tetsu sentía? Sintió algo extraño bajo la almohada. Buscó con una mano y encontró algo plástico. Se incorporó y levantó la almohada. Había dos pedales ahí. Algo sumamente extraño, pero pensó que si los instalaba en la bicicleta incompleta, podría terminar su trabajo y probar su máquina de tiempo.
Cuando entró al taller, aquél taller en donde tanto había jugado de niño y también de joven, sintió una gran inspiración. Como si el tiempo se acelerara o retrocediera en pocos segundos y él se encontraba en el centro de todo ese torbellino de recuerdos, de tiempo, de imágenes congeladas pero que se superponían unas sobre otras. Sus manos ensamblaban la máquina del tiempo por sí solas. Simplemente, dejaba que su mente se mezclara con las imágenes y lágrimas rodaban por sus mejillas. Finalmente, la bicicleta-máquina-del-tiempo estaba lista. El torbellino cesó y lo único que hizo Tetsu fue montarse en ella y salir por la puerta. Pedaleaba lentamente, como si quisiera estar seguro de que estaba totalmente ajustada. Era perfecta. Así que, simplemente pedaleó.

Pasó por aquél bosque y se vio a sí mismo trepar los árboles con Yuna, su mejor amiga, se reían. Tetsu resbaló y cayó de árbol sobre Yuna. Sus labios estaban juntos. Tetsu se incorporó y el rostro de Yuna se puso rojo como un tomate, llevándose sus manos a sus labios. “Lo siento”. Tetsu siguió pedaleando sin poder dejar de recordar más cosas. Llevó a Yuna a su casa, tenía lastimada la rodilla así que tuvo que llevarla en su espalda. En el camino, no dijeron palabra, solo Yuna dijo “tu espalda es tibia” y él respondió “lo se”.

Siguió pedaleando, sin poder detenerse. Tetsu ya no tenía barba. Ahora tenía el cabello más corto que antes. Pasó por la orilla del mar y se vio a si mismo y a Yuna jugando a construir un castillo de arena. Había sol ese día. Tetsu observaba desde la bicicleta y veía a Tetsu niño mirando cómo Yuna saltaba un cangrejo. Vino una ola y cubrió a Tetsu. Yuna se acercó y lo arrastró del brazo hacia la orilla y tomaba su rostro con sus manos. “Despierta, Tetsuya, despierta”. Tetsu se hacía el desmayado y Yuna lo abrazó. Él despertó y la abrazó discretamente. Se quedaron así por mucho tiempo. Finalmente, empezaron a caminar y doscientos metros más adelante, Tetsu dijo algo así como “quisiera ahogarme todos los días para que me abraces así”. Yuna lo abrazó de repente y le dio su primer beso.
Tetsu no podía dejar de pedalear y llorar. Lloraba porque había recordado a Yuna, su primer y único amor. Las lágrimas no dejaban ver el camino, pero a él no le importaba. Cuando pasó por la tienda con la bicicleta vio a un niño pequeño sosteniendo un vaso de té helado. Una hermosa niña entró por la puerta y pidió un helado de vainilla y se sentó al lado de ese niño. La niña miró al niño y le dijo dulcemente “el helado de vainilla es el mejor de todo el universo”. El niño no dijo palabra alguna y miró su té helado. La niña salió por la puerta, diciéndole al niño que era su nueva vecina y que ahora podrían ser grandes amigos.

Tetsu recordó. Detuvo su bicicleta. Miró sus manos y eran pequeñas otra vez. Así como las de un niño. ¡La máquina del tiempo había funcionado! Era un niño otra vez y podría hacer las cosas correctamente, podría enmendar sus errores. Aquél sentimiento podría borrarse. Ese sentimiento de arrepentimiento. Fue rápidamente a su casa, dejando la bicicleta en la tienda diciéndole al dueño “¡¡señor Takaezu, cuide mi bicicleta, por favor, algún día la necesitaré para regresar el tiempo si es que hoy no puedo decírselo!!”. El dueño de la tienda asintió bondadosamente.
Tetsu corrió a su casa lo más rápido que podía. Había recordado a Yuna y había recordado que jamás le dijo lo que sentía por ella. Recordó que Yuna, cuando eran jóvenes, le dijo si él deseaba ser su novio y él no respondió porque tenía miedo de que fueran novios y perdieran esa hermosa amistad. Al poco tiempo, Yuna, con el corazón destrozado, decidió irse de ese lugar para siempre. Tetsu tuvo un accidente y estuvo en el hospital y por eso nunca se despidió de Yuna y nunca supo dónde se había ido. Tetsu corría y las lágrimas no paraban de caer. Su felicidad, al fin la había recordado. Era Yuna, Yuna, Yuna, Yuna. Y ella lo quería mucho. Él la amaba demasiado y ahora estaba seguro que no cometería ese error otra vez.

Al lado de su casa, había una casa celeste claro. Tocó el timbre y Yuna salió abriendo un poco la puerta. Parecía triste y tenía los ojos llorosos. Tetsu estaba muy cansado y sentía que su corazón iba a explotar. Sus rodillas estaban lastimadas y llevaba el uniforme de la escuela. La máquina del tiempo había funcionado. “Yuna… Yuna… lo siento. Discúlpame. Yo… yo te amo”. Miró a Yuna a los ojos. Ella tenía una gran mirada de sorpresa y muy lentamente, se dibujó una amplia sonrisa en su rostro. Corrió para abrazar a Tetsu quien estaba temeroso de que en el instante en que ella lo tocara se deshiciera el hechizo. Cerró sus ojos fuertemente porque sintió como un destello, así como cuando uno se despierta por los primeros rayos del sol del nuevo día… y abrazó a Yuna. Se abrazaron y ambos se dijeron “te quiero” miles de veces. Felices de estar juntos, fueron a la tienda. Los dos pidieron helado de vainilla al señor Takaezu quien les sonreía pacíficamente, como si hubiera encontrado una inspiración para crear un cuento. Un cuento que hable acerca de cómo construir una máquina de tiempo.
Miraba la vieja bicicleta que estaba en la entrada de la puerta de la tienda y de cómo esos dos salían por la puerta, tomados de la mano, altos, jóvenes adultos, enamorados. Se encontraron otra vez y la máquina del tiempo había funcionado. "Una máquina del tiempo no sirve para retroceder el tiempo... sirve para viajar hacia tus recuerdos y encontrar aquello que habías perdido y estabas buscando" se dijo a sí mismo el dueño de la tienda. Miraba la vieja bicicleta que estaba en la entrada de la puerta de la tienda... "Me pregunto si..." Tomó la bicicleta... y empezó a pedalear.







