20/11/07: HIGIENE PÚBLICA Y PIEDAD ILUSTRADA
Durante un largo período de casi mil años, que comprende desde la Edad Media hasta los siglos XVI y XVII, el mundo occidental mantuvo la práctica de enterrar a los muertos en las Iglesias, conventos y capillas de los hospitales. Pero a mediados del siglo XVIII, con la difusión de las ideas de la Ilustración, esta costumbre comenzó a ser cuestionada. Empezó entonces a rescatarse la tradición funeraria de las antiguas grandes civilizaciones y a revalorarse la práctica de los primeros cristianos de sepultar a los muertos en lugares alejados de las ciudades. Respecto al rito cristiano, hay que mencionar, sin embargo, que cuando el poder eclesiástico fue consolidándose, se generalizó la modalidad de enterrar a los muertos dentro de las Iglesias. Es decir, el cuerpo quedó confinado al recinto sagrado, sin llegar a tener una “morada propia” ni perpetua. Es alrededor de 1760 que esta costumbre comenzó a convertirse en intolerable para los ilustrados:
“…Por una parte, la salud pública se veía comprometida por las emanaciones pestilentes y los hedores infectos procedentes de las fosas. Por otra, el suelo de las iglesias, la tierra saturada de cadáveres de los cementerios y la exhibición de osarios violaban constantemente la dignidad de los muertos. Se recriminaba a la Iglesia que hubiera hecho todo lo posible por el alma y nada por el cuerpo, y de cobrar el dinero de las misas sin preocuparse de las tumbas…”
La idea que enarbolaban los ilustrados, se basaba en que los muertos debían de dejar de envenenar a los vivos. La existencia del cementerio y dentro de este espacio el entierro en los nichos, implicó el inicio de la individualización de los muertos: ya no formarían parte de los osarios anónimos. El recuerdo de los muertos ya no se hacía sólo a través de las mismas, sino que existía la posibilidad de ir a visitar los restos del difunto en el lugar que se le había destinado específicamente en el cementerio. Esta visita significaba una “inmortalización” del recuerdo del ser perdido.
La idea que enarbolaban los ilustrados, se basaba en que los muertos debían de dejar de envenenar a los vivos. La existencia del cementerio y dentro de este espacio el entierro en los nichos, implicó el inicio de la individualización de los muertos: ya no formarían parte de los osarios anónimos. El recuerdo de los muertos ya no se hacía sólo a través de las mismas, sino que existía la posibilidad de ir a visitar los restos del difunto en el lugar que se le había destinado específicamente en el cementerio. Esta visita significaba una “inmortalización” del recuerdo del ser perdido.
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