Durante un largo período de casi mil años, que comprende desde la Edad Media hasta los siglos XVI y XVII, el mundo occidental mantuvo la práctica de enterrar a los muertos en las Iglesias, conventos y capillas de los hospitales. Pero a mediados del siglo XVIII, con la difusión de las ideas de la Ilustración, esta costumbre comenzó a ser cuestionada. Empezó entonces a rescatarse la tradición funeraria de las antiguas grandes civilizaciones y a revalorarse la práctica de los primeros cristianos de sepultar a los muertos en lugares alejados de las ciudades. Respecto al rito cristiano, hay que mencionar, sin embargo, que cuando el poder eclesiástico fue consolidándose, se generalizó la modalidad de enterrar a los muertos dentro de las Iglesias. Es decir, el cuerpo quedó confinado al recinto sagrado, sin llegar a tener una “morada propia” ni perpetua. Es alrededor de 1760 que esta costumbre comenzó a convertirse en intolerable para los ilustrados:



“…Por una parte, la salud pública se veía comprometida por las emanaciones pestilentes y los hedores infectos procedentes de las fosas. Por otra, el suelo de las iglesias, la tierra saturada de cadáveres de los cementerios y la exhibición de osarios violaban constantemente la dignidad de los muertos. Se recriminaba a la Iglesia que hubiera hecho todo lo posible por el alma y nada por el cuerpo, y de cobrar el dinero de las misas sin preocuparse de las tumbas…”

La idea que enarbolaban los ilustrados, se basaba en que los muertos debían de dejar de envenenar a los vivos. La existencia del cementerio y dentro de este espacio el entierro en los nichos, implicó el inicio de la individualización de los muertos: ya no formarían parte de los osarios anónimos. El recuerdo de los muertos ya no se hacía sólo a través de las mismas, sino que existía la posibilidad de ir a visitar los restos del difunto en el lugar que se le había destinado específicamente en el cementerio. Esta visita significaba una “inmortalización” del recuerdo del ser perdido.

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