Federico Ozanam
Frédéric Antoine Ozanam fue un laico y político católico francés, nacido en Milán el 23 de abril de 1813 y fallecido en Marsella el 8 de septiembre de 1853, de fe viva y profunda, fue una extraordinaria figura del laicado católico. Escritor y apologista, fundó las Conferencias de San Vicente de Paúl.
Profesor de historia de la literatura extranjera en la Sorbona, por lo que se le puede considerar uno de los precursores de la Literatura Comparada.
Después de algunos meses de pasantía con un abogado, marchó a París en noviembre de 1831 para estudiar Derecho y fue allí huésped de André-Marie Ampère, el célebre hombre de ciencia que influyó extraordinariamente sobre el joven. Obtenido el doctorado en 1836 se le encargó la enseñanza del Derecho mercantil en Lyon en 1839. No obstante, sus aficiones continuaban siendo los estudios literarios, y adquirió una extraordinaria cultura filológica. En enero de 1839 había obtenido el doctorado en Letras con una tesis sobre la Filosofía de Dante. En 1840 logró por concurso el cargo de profesor suplente de Claude Fauriel en la Sorbona, para la cátedra de literaturas extranjeras, y a la muerte del mismo Fauriel fue nombrado, el 21 de noviembre de 1844, profesor ordinario.
Esposo y padre de una hija, su corta vida estuvo llena de oración, acción y compromiso cristiano, atrayendo y congregando a jóvenes dispuestos a enfrentarse a quienes pretendían enseñarles en la escuela y en la universidad doctrinas anticristianas.
Sentó las bases del nuevo pensamiento social defendiendo la justicia en las relaciones laborales y humanas, condenando la esclavitud y rechazando las enormes diferencias entre ricos y pobres. Su obra tendió a sustituir la limosna por la justicia social.
En 1833 y con el único objetivo de evangelizar a través de una actuación personal con los necesitados, se crea la Conferencia de la Caridad. Poco después esta conferencia y otras que fueron surgiendo, bajo la protección de la Virgen y el patronazgo de San Vicente de Paúl, dan origen a la Sociedad de San Vicente de Paúl, institución laica al servicio de los pobres.
Es considerado uno de los precursores de la democracia cristiana, al haber usado en 1830, dicho concepto: "He creído y creo aun, en la posibilidad de la Democracia Cristiana; más aún, no creo en otra cosa, tratándose de política". Ozanam hace un estudio profundo en relación con la Democracia y el Cristianismo ya que le preocupaba la indiferencia de los católicos para incorporarse a la lucha política. Hay que tomar en cuenta que para ese entonces lo democrático era visto como un sinónimo de anticlericalismo, de ateísmo militante y de seudo-liberalismo en Francia. Planteó que no solo la caridad era necesario sino que era urgente la institucionalidad, acompañada de un nuevo factor: la Democracia. A raíz de sus estudios, Ozanam fundó un movimiento político el cual tuvo corta actuación debido al golpe de estado que llevó a Luis Napoleón al gobierno en 1851.
Murió muy joven, pero ciento cincuenta años más tarde siguen vivos sus planteamientos sociales y su testimonio evangélico. Su vida la podemos resumir en tres palabras: oración, trabajo y entrega, tres principios permanentes en la concepción del cristianismo que Ozanam supo vivir y transmitir.
El 22 de agosto de 1997 fue beatificado por Juan Pablo II en la catedral de Notre Dame en Paris.
Labor académica
Ante su labor social y caritativa, su trabajo como profesor universitario ha quedado algo en la sombra, Sin embargo, como exponía el Papa Juan Pablo II: "Fue un universitario que desempeñó un papel importante en el movimiento de las ideas de su tiempo. Estudiante, profesor eminente primero en Lyon y luego en París, en la Sorbona, aspira ante todo a la búsqueda y la comunicación de la verdad, en la serenidad y el respeto a las convicciones de quienes no compartían las suyas". Sus clases en la Sorbona estuvieron marcadas por un fuerte interés cultural y político, mostrando un gran interés por un estudio comparativo de las literaturas europeas, especialmente de la francesa y la alemana.
Publicaciones
Dos Cancilleres de Inglaterra
Los Bienes de la Iglesia
Los Germanos antes del Cristianismo
El Cristianismo ante los Francos
El Sacro Imperio Romano
Historia de la Civilización por el Cristianismo (obra inconclusa)
La Civilización en Tiempo de los Bárbaros
La Vida Popular de San Eloy (Patrono de los obreros metalúrgicos)
El Libro de los Enfermos
Una Peregrinación al País del Cid (obra póstuma). Sobre su viaje a España.
La virtud teologal de la fe
Catequesis de Juan Pablo I- Audiencia general del 13 de setiembre de 1978
Mi primer saludo va a mis hermanos los obispos que veo aquí presentes en gran número.
El Papa Juan, en unas notas que han sido incluso impresas, decía: “Esta vez he hecho el retiro sobre las siete lámparas de la santificación”. Siete virtudes quería decir, que son fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. A ver si hoy el Espíritu Santo ayuda al pobre Papa a explicar al menos una de estas lámparas, la primera, la fe.
Aquí en Roma ha habido un poeta, Trilussa, que también quiso hablar de la fe. En una de sus poesías ha dicho: “Aquella ancianita ciega que encontré la noche que me perdí en medio del bosque, me dijo: Si no conoces el camino, te acompaño yo que lo conozco. Si tienes el valor de seguirme, te iré dando voces de vez en cuando hasta el fondo, allí donde hay un ciprés, hasta la cima donde hay una cruz. Yo contesté: Puede ser... pero encuentro extraño que me pueda guiar quien no ve... Entonces la ciega me cogió de la mano y suspirando me dijo: ¡Anda!... Era la fe”.
Como poesía, tiene su gracia. En cuanto teología, es defectuosa. Porque cuando se trata de la fe el gran director de escena es Dios; pues Jesús ha dicho: ninguno viene a mí si el Padre mío no lo atrae. San Pablo no tenía la fe; es más, perseguía a los fieles. Dios le espera en el camino de Damasco: “Pablo —le dice— no pienses en encabritarte y dar coces como caballo desbocado. Yo soy Jesús a quien tú persigues. Tengo mis planes sobre ti. Es necesario que cambies”. Se rindió Pablo; cambió de arriba a abajo la propia vida. Después de algunos años escribirá a los filipenses: “Aquella vez, en el camino de Damasco, Dios me aferró; desde entonces no hago sino correr tras Él para ver si soy capaz de aferrarle yo también, imitándole y amándole cada vez más”.
Esto es la fe: rendirse a Dios, pero transformando la propia vida. Cosa no siempre fácil. Agustín ha narrado la trayectoria de su fe; especialmente las últimas semanas fue algo terrible; al leerlo casi se siente cómo su alma se estremece y se retuerce en luchas interiores. De este lado, Dios que lo llama e insiste; y de aquel, las antiguas costumbres, «viejas amigas—escribe él— que me tiraban suavemente del vestido de carne y me decían: “Agustín, pero ¿cómo?, ¿abandonarnos tú? Mira que ya no podrás hacer esto, ni podrás hacer aquello y, ¡para siempre!”». ¡Qué difícil! «Me encontraba en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: “¡Fuera, levántate, Agustín!”. Yo, en cambio, decía: “Sí, más tarde, un poquito más todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí». Ahí está, no hay que decir: Sí, pero; sí, luego. Hay que decir: Sí, enseguida, Señor. Esta es la fe. Responder con generosidad al Señor. Pero, ¿quién dice este sí? El que es humilde y se fía enteramente de Dios.
Mi madre me solía decir cuando empecé a ser mayor: de pequeño estuviste muy enfermo; tuve que llevarte de médico en médico y pasarme en vela noches enteras; ¿me crees? ¿Cómo podía contestarle, mamá, no te creo? Claro que te creo, creo lo que me dices, y sobre todo te creo a ti. Así sucede con la fe. No se trata sólo de creer las cosas que Dios ha revelado, sino creerle a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho tanto por amor nuestro.
Claro que es difícil también aceptar algunas verdades, porque las verdades de la fe son de dos clases: unas, agradables; otras son duras a nuestro espíritu. Por ejemplo, es agradable oír que Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías. Qué agradable es esto y qué acorde con nuestro modo de ser.
Un gran obispo francés, Dupanloup, solía decir a los rectores de seminarios: Con los futuros sacerdotes sed un padre, sed una madre. Esto agrada. En cambio ante otras verdades, sentimos dificultad. Dios debe castigarme si me obstino; me sigue, me suplica que me convierta, y yo le digo: ¡no!; y así casi le obligo yo mismo a castigarme. Esto no gusta. Pero es verdad de fe.
Hay, además, otra dificultad, la Iglesia. San Pablo preguntó: ¿Quién eres, Señor? Soy ese Jesús a quien tú persigues. Una luz, un relámpago le pasó por la inteligencia. Yo no persigo a Jesús, ni siquiera lo conozco; persigo a los cristianos, eso sí. Se ve que Jesús y los cristianos, Jesús y la Iglesia, son una misma cosa: indivisible, inseparable.
Leed a San Pablo: Corpus Christi quod est Ecclesia. Cristo y Iglesia son una sola cosa. Cristo es la Cabeza, nosotros, la Iglesia, somos sus miembros. No es posible tener fe y decir creo en Jesús, acepto a Jesús, pero no acepto la Iglesia. Hay que aceptar la Iglesia, tal como es; y ¿cómo es esta Iglesia? El Papa Juan la ha llamado Mater et Magistra, maestra también. San Pablo ha dicho: “Nos acepte cada uno como ayudantes de Cristo, y administradores y dispensadores de sus misterios”.
Cuando el pobre Papa y cuando los obispos y los sacerdotes presentan la doctrina, no hacen más que ayudar a Cristo. No es una doctrina nuestra, es la de Cristo, sólo tenemos que custodiarla y presentarla.
Yo estaba presente cuando el Papa Juan inauguró el Concilio el 11 de octubre de 1962. Entre otras cosas, dijo: “Esperamos que con el Concilio la Iglesia dé un salto hacia delante”. Todos lo esperábamos. Un salto hacia adelante, pero ¿por qué caminos? Lo dijo enseguida: sobre las verdades ciertas e inmutables. Ni siquiera le pasó por la cabeza al Papa Juan que eran las verdades las que tenían que caminar, ir hacia adelante, y después cambiar, poco a poco. Las verdades están ahí; nosotros debemos andar por el camino de estas verdades, entendiéndolas cada vez mejor, poniéndonos al día, presentándolas de forma adecuada a los nuevos tiempos.
También el Papa Pablo tenía la misma preocupación. Lo primero que hice en cuanto fui Papa, fue entrar en la capilla privada de la Casa Pontificia; en ella, al fondo, el Papa Pablo hizo colocar dos mosaicos, uno de San Pedro y otro de San Pablo: San Pedro muriendo y San Pablo muriendo también. Pero debajo de San Pedro figuran estas palabras de Jesús: “Oraré por ti, Pedro, para que no desfallezca tu fe”. Y debajo de San Pablo, que está recibiendo el golpe de la espada: “He cumplido mi carrera, he conservado la fe”. Ya sabéis que en el último discurso del 29 de junio pasado, Pablo VI dijo: Después de quince años de pontificado puedo dar gracias al Señor porque he defendido la fe y la he conservado.
También es madre la Iglesia. Si es continuadora de Cristo y Cristo es bueno, también la Iglesia debe ser buena, buena con todos; pero ¿y si se diera el caso de que alguna vez hubiera gente mala en la Iglesia? Nosotros tenemos madre. Si una madre está enferma, si mi madre se quedase coja, yo la querría todavía más. Lo mismo en la Iglesia: si existen defectos y faltas —y existen— jamás debe disminuir nuestro amor a la Iglesia.
Ayer —y con esto termino— me mandaron el número de Città Nuova: he visto que reproducen, grabado, un discurso mío muy breve, con este episodio: Un predicador inglés, Mac Nabb, hablando en Hyde Park, se había referido a la Iglesia. Al terminar, uno pide la palabra y dice: Bonito lo que ha dicho. Pero yo conozco algunos sacerdotes católicos que no han estado con los pobres y se han hecho ricos. Conozco también maridos católicos que han traicionado a su mujer. No me gusta esta Iglesia formada por pecadores. El Padre le dijo: Tiene algo de razón. Pero ¿puedo hacer una objeción? —Veamos .—Perdone, pero si no me equivoco, lleva el cuello de la camisa un poco sucio. —Sí, lo reconozco.—Pero ¿está sucio porque no ha empleado jabón o porque ha utilizado el jabón y no ha servido para nada? —No, no he usado jabón.
Pues bien, la Iglesia católica tiene un jabón excelente: evangelio, sacramentos, oración; evangelio leído y vivido, sacramentos celebrados del modo debido y oración bien hecha, serían un jabón maravilloso capaz de hacernos santos a todos. No somos todos santos por no haber utilizado bastante este jabón.
Procuremos responder a las esperanzas de los Papas que han convocado y aplicado el Concilio, el Papa Juan y el Papa Pablo. Tratemos de mejorar la Iglesia haciéndonos más buenos nosotros. Cada uno de nosotros y toda la Iglesia podría recitar la oración que yo tengo costumbre de decir: Señor, tómame como soy, con mis defectos, con mis faltas, pero hazme como tú me deseas.
Debo decir también una palabra a nuestros queridos enfermos, que veo aquí.
Lo sabéis, Jesús lo ha dicho: me escondo tras ellos; lo que a ellos se hace, a mí se me hace. Por tanto, en sus personas veneramos al Señor mismo, y les deseamos que el Señor esté cerca de ellos, les ayude y los sostenga.
A la derecha, en cambio, están los recién casados. Han recibido un gran sacramento; deseémosles que el sacramento recibido sea de verdad portador no sólo de bienes materiales, sino más aún de gracias espirituales. El siglo pasado había en Francia un profesor insigne, Federico Ozanam; enseñaba en la Sorbona, era elocuente, estupendo. Tenía un amigo, Lacordaire, que solía decir: “¡Este hombre es tan estupendo y tan bueno que se hará sacerdote y llegará a ser todo un obispo!” Pero no. Encontró a una señorita excelente y se casaron. A Lacordaire no le sentó bien y dijo: «¡Pobre Ozanam! ¡También él ha caído en la trampa!». Dos años después, Lacordaire vino a Roma y fue recibido por Pío IX; «Venga, venga, padre, —le dijo— yo siempre había oído decir que Jesús instituyó siete sacramentos: ahora viene Ud., me revuelve las cartas y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa. No, padre, el matrimonio no es una trampa, es un sacramento muy grande».
Con estos deseos, damos la enhorabuena a estos queridos recién casados; ¡que Dios los bendiga!
Homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación del siervo de Dios Federico Ozanam en la XII Jornada Mundial de la Juventud
1. “El amor es de Dios” (1 Jn 4, 7). El evangelio de hoy nos presenta la figura del buen samaritano. Con esta parábola, Cristo quiere mostrar a sus oyentes quién es el prójimo citado en el principal mandamiento de la Ley divina: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10, 27). Un doctor de la Ley le preguntó qué debía hacer para alcanzar la vida eterna: encontró en esas palabras la respuesta decisiva. Sabía que el amor a Dios y al prójimo es el primero y el más grande de los mandamientos. A pesar de ello, le pregunta: “Y ¿quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29).
Es significativo que Jesús ponga a un samaritano como ejemplo para responder a esa pregunta. En efecto, los judíos no tenían en gran estima a los samaritanos. Además, Cristo compara la conducta de este hombre con la de un sacerdote y la de un levita, que vieron al hombre herido por los salteadores medio muerto en el camino y siguieron de largo, sin auxiliarle. Por el contrario, el samaritano, al ver al hombre sufriendo, “tuvo compasión” (Lc 10, 33); su compasión lo impulsó a realizar varias acciones. Ante todo, vendó sus heridas; después lo llevó a una posada para cuidar de él; y, antes de irse, dio al posadero dinero suficiente para que se ocupara de él (cf. Lc 10, 34-35). El ejemplo es elocuente. El doctor de la Ley recibe una respuesta clara a su pregunta: ¿quién es mi prójimo? El prójimo es todo ser humano, sin excepción. Es inútil preguntarle su nacionalidad, su pertenencia social o religiosa. Si necesita ayuda, hay que ayudarle. Esto es lo que exige la primera y más grande Ley divina, la ley del amor a Dios y al prójimo.
Fiel a este mandamiento del Señor, Federico Ozanam creyó en el amor, en el amor que Dios tiene a los hombres. Él mismo se sintió llamado a amar, dando ejemplo de un gran amor a Dios y a los demás. Salía al encuentro de todos los que tenían mayor necesidad de ser amados que los demás, a quienes Dios Amor sólo podía revelarse efectivamente mediante el amor de otra persona. Ozanam descubrió en eso su vocación, y vio el camino al que Cristo lo llamaba. Allí encontró su camino hacia la santidad. Y lo recorrió con determinación.
2. “El amor es de Dios”. El amor del hombre tiene su fuente en la ley de Dios; lo muestra la primera lectura, tomada del Antiguo Testamento. Encontramos en ella una descripción detallada de los actos de amor al prójimo. Es como una preparación bíblica para la parábola del buen samaritano.
La segunda lectura, tomada de la primera carta de san Juan, desarrolla lo que significa la expresión “el amor es de Dios”. El Apóstol escribe a sus discípulos: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4, 7-8). Estas palabras del Apóstol son verdaderamente el centro de la Revelación, el coronamiento al que nos lleva todo lo que se halla escrito en los evangelios y en las cartas apostólicas. San Juan prosigue: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). La redención de los pecados manifiesta el amor que nos tiene el Hijo de Dios hecho hombre. Entonces, el amor al prójimo, el amor al hombre, ya no es sólo un mandamiento. Es una exigencia que brota de la experiencia vivida del amor a Dios. Por eso san Juan puede escribir: “Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4, 11).
La enseñanza de la carta de Juan prosigue; a continuación el Apóstol escribe: “A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu” (1 Jn 4, 12-13). Por tanto, el amor es la fuente del conocimiento. Si, por una parte, el conocimiento es una condición del amor, por otra, el amor amplía el conocimiento. Si permanecemos en el amor, tenemos la certeza de la acción del Espíritu Santo, que nos hace participar en el amor redentor del Hijo, a quien el Padre envió para la salvación del mundo. Conociendo a Cristo como Hijo de Dios, permanecemos en él y, por él, permanecemos en Dios. Por los méritos de Cristo, hemos creído en el amor, conocemos el amor que Dios nos tiene, sabemos que Dios es amor (cf. 1 Jn 4, 16). Este conocimiento mediante el amor es, en cierto modo, la piedra angular de toda la vida espiritual del cristiano. “Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16).
3. En el marco de la Jornada mundial de la juventud, que tiene lugar este año en París, procedo hoy a la beatificación de Federico Ozanam. Saludo cordialmente al señor cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, ciudad donde se encuentra la tumba del nuevo beato. Me alegra también la presencia en este acontecimiento de los cardenales y de obispos de numerosos países. Saludo con afecto a los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl, que han venido de todo el mundo para la beatificación de su principal fundador, así como a los representantes de la gran familia espiritual heredera del espíritu de san Vicente. Los vínculos entre los vicentinos fueron privilegiados desde los orígenes de la Sociedad, puesto que fue una Hija de la Caridad, sor Rosalie Rendu, quien guió al joven Federico Ozanam y a sus compañeros hacia los pobres del barrio Mouffetard de París. Queridos discípulos de san Vicente de Paúl, os invito a unir vuestras fuerzas para que, como deseaba vuestro fundador, los pobres sean cada vez más amados y servidos, y Jesucristo sea honrado en ellos.
4. Federico Ozanam amaba a todos los necesitados. Desde su juventud, tomó conciencia de que no bastaba hablar de la caridad y de la misión de la Iglesia en el mundo: esto debía traducirse en un compromiso efectivo de los cristianos al servicio de los pobres. Así, coincidía con la intuición de san Vicente: “Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente” (san Vicente de Paúl, XI, 40). Para manifestarlo concretamente, a la edad de 20 años, con un grupo de amigos, creó las Conferencias de San Vicente de Paúl, cuya finalidad era la ayuda a los más pobres, con un espíritu de servicio y comunión. Muy pronto, esas Conferencias se difundieron fuera de Francia, en todos los países de Europa y del mundo. Yo mismo, cuando era estudiante, antes de la segunda guerra mundial, formé parte de una de ellas.
Desde entonces, el amor a los más miserables, a aquellos de quienes nadie se ocupa, está en el centro de la vida y de las preocupaciones de Federico Ozanam. Hablando de esos hombres y mujeres, escribe: «Deberíamos caer a sus pies y decirles con el Apóstol: “Tu es Dominus meus”. Vosotros sois nuestros señores y nosotros seremos vuestros servidores; vosotros sois para nosotros las imágenes sagradas del Dios a quien no vemos y, no sabiéndolo amar de otro modo, lo amamos en vosotros» (A Louis Janmot).
5. Él observa la situación real de los pobres y busca un compromiso cada vez más eficaz para ayudarles a crecer en humanidad. Comprende que la caridad debe impulsar a trabajar para corregir las injusticias. La caridad y la justicia están unidas. Tiene la valentía clarividente de un compromiso social y político de primer plano, en una época agitada de la vida de su país, ya que ninguna sociedad puede aceptar la miseria como una fatalidad, sin que se hiera su honor. Así, podemos considerarlo un precursor de la doctrina social de la Iglesia, que el Papa León XIII desarrolló algunos años más tarde en la encíclica Rerum novarum.
Frente a las formas de pobreza que agobian a tantos hombres y mujeres, la caridad es un signo profético del compromiso del cristiano en el seguimiento de Cristo. Por tanto, invito a los laicos, y particularmente a los jóvenes, a dar prueba de valentía y de imaginación, para trabajar en la edificación de sociedades más fraternas, donde se reconozca la dignidad de los más necesitados y se encuentren los medios para una existencia digna. Con la humildad y la confianza ilimitada en la Providencia que caracterizaban a Federico Ozanam, tened la audacia de compartir los bienes materiales y espirituales con quienes viven en la miseria.
6. El beato Federico Ozanam, apóstol de la caridad, esposo y padre de familia ejemplar, gran figura del laicado católico del siglo XIX, fue un universitario que desempeñó un papel importante en el movimiento de las ideas de su tiempo. Estudiante, profesor eminente primero en Lyon y luego en París, en la Sorbona, aspira ante todo a la búsqueda y la comunicación de la verdad, en la serenidad y el respeto a las convicciones de quienes no compartían las suyas. “Aprendamos a defender nuestras convicciones, sin odiar a nuestros adversarios —escribía—; a amar a quienes piensan de un modo diferente del nuestro (...). Quejémonos menos de nuestro tiempo y más de nosotros mismos” (Cartas, 9 de abril de 1851). Con la valentía del creyente, denunciando todo egoísmo, participa activamente en la renovación de la presencia y de la acción de la Iglesia en la sociedad de su época. Es conocido también su papel en la institución de las Conferencias de Cuaresma en esta catedral de Notre Dame de París, con el objetivo de permitir que los jóvenes reciban una enseñanza religiosa renovada frente a las grandes cuestiones que interpelan su fe. Federico Ozanam, hombre de pensamiento y de acción, sigue siendo para los universitarios de nuestro tiempo, para los profesores y los alumnos, un modelo de compromiso valiente, capaz de hacer oír una palabra libre y exigente en la búsqueda de la verdad y en la defensa de la dignidad de toda persona humana. ¡Que sea también para ellos una llamada a la santidad!
7. La Iglesia confirma hoy la opción de vida cristiana hecha por Ozanam, así como el camino que emprendió. Ella le dice: Federico, tu camino ha sido verdaderamente el camino de la santidad. Han pasado más de cien años, y este es el momento oportuno para redescubrir ese camino. Es necesario que todos estos jóvenes, más o menos de tu edad, que se han reunido en gran número en París, procedentes de todos los países de Europa y del mundo, reconozcan que ese camino es también el suyo. Es preciso que comprendan que, si quieren ser cristianos auténticos, deben seguir ese mismo camino. Que abran más los ojos de su alma ante las necesidades, tan numerosas, de los hombres de hoy. Que afronten esas necesidades como desafíos. Cristo los llama a cada uno por su nombre, para que cada uno pueda decir: ¡éste es mi camino! En las opciones que hagan, tu santidad, Federico, será particularmente confirmada. Y tu alegría será grande. Tú, que ya ves con tus ojos a Aquel que es amor, sé también un guía en todos los caminos que estos jóvenes elijan, siguiendo hoy tu ejemplo.
Fuente: Wikipedia.