El problema de Dios en Kant (1/5)
El punto de partida de la crítica kantiana fue la inconsecuencia de los filósofos racionalistas, que habían encumbrado al yo en la constitución del conocimiento, pero que recurrían dogmáticamente a la existencia de algunos objetos necesarios para la construcción de sus sistemas metafísicos, como, por ejemplo, Dios. Kant creía que, para ser consecuente con sus descubrimientos recientes, la filosofía racionalista debía aceptar las exigencias del empirismo de Hume y remover definitivamente esos residuos aristotélicos que aún la gravaban.
Pero como los filósofos racionalistas no le iban a hacer mucho caso a los consejos de un oscuro profesor que vivía en un remoto pueblo del Mar Báltico, Kant decidió remover los residuos realistas por sí mismo. Al cabo de unos años de disciplinado empeño, mostró cómo en la relación de conocimiento el ‘ser’ nunca lo es ‘en sí mismo’, sino siempre ‘ser para el conocimiento’, es decir, un ser determinado por el sujeto y no una realidad independiente de él. Este es el núcleo del idealismo trascendental, y con él se inaugura un nuevo período en la historia de la filosofía que, en buena cuenta, llega hasta hoy.
Valga esto como introducción. En las siguientes entregas explicaré cómo se desplegó el proyecto kantiano en la Crítica de la Razón Pura (segunda y tercera entrega) y en la Crítica de la Razón Práctica (cuarta entrega), con la atención puesta siempre en el problema de Dios, y cerraré la serie con una quinta entrega dedicada a establecer una conexión entre la filosofía de Kant y la fe escéptica de Qohélet. Espero que se diviertan.






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