Cristo en nuestro paso por el mundo
Romanos: 10:11-15
En los 5 versículos en los qué consiste este breve estudio Bíblico asistimos a un mensaje de suma trascendencia en el Evangelio: la urgencia de predicar.
El primer versículo comienza con una introducción o breve descripción del más grande bien que pueda haber en la tierra: la posibilidad de ser respondidos por Dios, de ser atendidos por él. En esta parte está contenida también una de las características de la gracia de Dios: su universalidad, en efecto, no se hace distinción en la calidad de quienes invocan el nombre de Jesús, es decir, no hay requisitos, “Todo aquel que en el creyere”, nos indica la dirección universal del evangelio. En este versículo 11, al igual que en el 12 y en el 13, se afirman las características de la salvación: que es por fe: “para los que le invocan”, y que Dios responde tales invocaciones. El verbo invocar es una declaración de fe. No se dicen cosas por decir, solo los necios hablan cosas sin sentido, invocar a Dios, es creer en que responderá: es ese el más fuerte acto de fe del ser humano.
Pues bien, una vez asentados en estos tres primeros versículos la existencia una buena nueva que es la salvación, los siguientes dos versículos hablan de un proceso, referido precisamente a la comunicación de la salvación. Este proceso es el proceso de llevar el mensaje de salvación a los judíos y gentiles.
En el versículo 14 se enfatiza de alguna manera en una necesidad apremiante: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no ha creído?”. En efecto, hay un apremio de por medio, pues la invocación trae salvación, ¿salvación de qué? De la muerte eterna. Hay apremio de –como discípulos de Jesús- llevar el mensaje de salvación para todas las almas del planeta. ¿Acaso un corazón misericordioso (santificado), no se mueve ante la posibilidad de que sus semejantes ardan en el infierno? De igual forma Dios tampoco quiso eso, y nos dio la Salvación. En este punto es donde debemos ponernos a pensar en los siguientes puntos:
1. Hay un apremio por predicar: ¿Cuál es el apremio? ¿A qué se debe? Debe haber algún interés en que llevemos el mensaje de salvación… ¿verdad?, y de hecho ¡sí!, ese es el interés de Dios, de que cada criatura conozca dicho mensaje. Sin embargo surge una pregunta un poco fastidiosa: ¿Y qué a mí si otras personas conocen o no ese mensaje? La respuesta parece obvia, lo hacemos porque así manda la Biblia, así lo manda Dios. ¿Sin embargo, es realmente así? Sí y no. Sí porque así está escrito y en efecto es una orden de Dios. No, porque no solo es una orden de Dios, es una misión que cada uno debe hacer propia, el amor a Dios no nos debe conducir a hacer las cosas por mera obligación, han de ser porque le amamos en primer lugar, y porque en consecuencia hemos podido conocer del amor de Jesús, y en la medida que lo conozcamos podamos reflejar la misericordia que él tuvo por la humanidad.
2. Considero que la frialdad con que asumimos el ser hijos de Dios, es decir no hablar con denuedo de Jesucristo, de no aprovechar las oportunidades que nos da la vida para testificar de él en los estudios, en los trabajos, y hasta en el último de nuestros actos dicen mucho de cuánto conocemos a Cristo. Si tú dices que conoces de Cristo, que has recibido su salvación: ¿por qué no hablas de él? En verdad poco importa que el mundo sepa que conoces de Sanson y los 66 libros de la Biblia, o que vas todos los domingos a la Iglesia y que no dices malas palabras ni asistes a las discotecas. Sí conoces a Cristo una forma evidente de ello será cuánto amor reflejas al prójimo, y que mejor reflejo de ello que darles el más grande regalo de amor que pueda haber en el espacio sideral: el Mensaje de Salvación por medio de Jesús.
De manera lógica, la pregunta anterior se engarza perfectamente con la siguiente pregunta de estos versículos: “¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?” Aquí se traza la existencia más aún radical de que esta necesidad de predicar realmente cobra mayores matices, se “siente” en carne propia esa urgencia.
En esta segunda pregunta se habla de un acto comunicativo: el oír. Pero el oír es un acto que se da en relación, para oír alguien tiene que comunicar. Entonces surge la pregunta: ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? Aquí podemos vislumbrar por fin el papel que desde un inicio se describió: nosotros somos los que hemos de predicar, nosotros que recibimos la salvación, nosotros que experimentamos su amor, nosotros que hacemos profesión de fe, nosotros que decimos seguir a Cristo, nosotros que afirmamos y reafirmamos de memoria que el segundo mandamiento de Cristo es amar al prójimo, ¿entonces por qué no le amamos de a de verás y le damos el mejor regalo de amor al prójimo? ¡LA PALABRA, LA SALVACIÓN!
La pregunta final guarda relación con el párrafo anterior: ¿Y cómo predicaran si no fueren enviados? Guarda relación en la medida que nos indica que es Jesús quien nos manda a predicar el mensaje de Salvación que es por medio de la fe en su muerte en la cruz por los pecados de la humanidad.
Todo aquel que se precie de conocer a Jesús debe testificar de él todo el tiempo. Todo es una oportunidad para comunicar de él. El trabajo, la universidad, hasta el partido de futbol del sábado por la tarde, nada escapa. Y si no estamos haciéndolo, es hora de preguntarnos si realmente estamos siendo misericordiosos y auténticos seguidores de Jesús, y sí estamos dando fruto. Y sí no es así, pues doblemos rodillas en el acto y pidamos a Dios que transforme nuestro corazón, no es de mediana importancia no predicar de Cristo, no minimicemos ese detalle, es trascendental a nuestra esencia de cristianos, es lo que le da el aroma de Cristo a nuestro paso por el mundo, si no tenemos ese aroma, ¿qué somos?
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