Arrepentimiento verdadero
El peligro de que la religiosidad y el legalismo se apoderen de nuestra vida está siempre latente. El atractivo es simple: nos ofrecen tener una conciencia tranquila a cambio de realizar prácticas que fácilmente “satisfacen” las demandas del Señor. Orar un par de minutos al día, leer rápidamente un devocional antes de salir de casa, ir a la iglesia para acompañar a la familia o ir a CBU para ver a los amigos, etc. Son buenas cosas, que le deberían agradar a Dios… total le estamos dando tiempo a nuestra “comunión” con Él. Pero ello es solo síntoma de una religión superficial y rutinaria.
Hemos sido llamados a una relación de intimidad plena con Dios, y la intimidad no se puede limitar a simple rutina. Una relación profunda con Él, solo puede lograrse a base de esfuerzo, dedicación y un compromiso desde lo más profundo del corazón. Implica invertir tiempo en comunión con Él, orando, alabando y obedeciendo sus mandamientos. Pero hacerlo debe nacer del corazón, no porque “debemos” hacerlas o porque así lo dicen nuestros padres o líderes. Cuando nuestra comunión con Dios es realmente plena, nuestro pensamiento se vuelve uno con Él, y hacemos las cosas con verdadera convicción. Hacemos las cosas porque queremos agradarle, buscamos más y más tiempo a su lado y sobre todo, buscamos obedecerle porque aceptamos que sus mandatos son buenos.
Este nivel de compromiso es al que apunta el mensaje del profeta Joel, “rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos”. Llegar a una relación tan profunda con Dios que podamos ver el pecado de la misma forma que Él. Un cristiano verdadero siente aborrecimiento por el pecado. Pero cuando lo ve en cuanto a su relación a Dios, entonces llora; se inunda de tristeza y quiere librarse de él; se postra y deja correr un torrente de lágrimas por sus pecados. El creyente que se arrepiente verdaderamente cuando ve el pecado en sus acciones, despierta un deseo vehemente de pararlo, se pone a orar, confiesa su pecado buscando perdón, y procura nunca volver a hacerlo. Este es el único arrepentimiento que vale, el que puede producir en nosotros, verdadero quebranto por el pecado y que nos va transformando. Como señala el texto, es un arrepentimiento que va acompañado por ayuno, llanto y lamento; una manifestación verdadera de angustia interior.
Sin embargo, esta clase de arrepentimiento no puede nacer desde una persona; sino que es resultado de una acción soberana de parte de Dios. (“…que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad,” 2 Ti 2:25). Solamente el Señor puede generar un genuino arrepentimiento espiritual. Entonces, ¿Cuál es nuestra responsabilidad, si nosotros no podemos producir el quebranto interior que Dios busca?
Primero, pues tratemos de dejar de lado todo enfoque trivial de arrepentimiento. Muchas veces, durante nuestras oraciones, le pedimos perdón al Señor “por cualquier pecado que podamos haber cometido”. Este tipo de expresiones es demasiado general como para expresar verdadero arrepentimiento. El pecado es un asunto muy serio como para encerrarlo en una sola frase, pedir perdón de esta manera no tiene valor alguno. En cada momento a solas con Dios tratemos de contarle todo lo malo que hemos hecho, cosa por cosa; y pidamos perdón por cada cosa que le desagrada.
Asimismo, al saber que el arrepentimiento es resultado de la acción del Espíritu Santo de Dios, es nuestra responsabilidad buscar los espacios y momentos para que Dios pueda producir la revelación que nos conduzca al arrepentimiento. Tenemos que permitir que el Espíritu examine nuestros corazones y traiga a nuestras mentes aquellos asuntos que ofenden al Señor. Solamente al pedir discernimiento podremos comprobar cuanto es que anhela limpiarnos el Señor, y sabremos que Él no tardará a responder nuestro pedido.
Finalmente, debemos entender que el verdadero arrepentimiento se ve reflejado en señales externas que no puede ser fingidas. No importa cuánto cambie nuestra tu mente, si no trae un cambio de conducta, no es arrepentimiento verdadero. Si te has arrepentido de veras ya no amas el pecado… no te abstienes de él por miedo o por el castigo, sino que lo odias. Cuando un individuo está recayendo continuamente en sus antiguos pecados, se dice que se esta enfriando en la religión; pero la verdad es que siempre ha amado el pecado, y cuando se le presenta la ocasión, vuelve a el.
Busquemos entonces, acercarnos lo más que podamos a nuestro Dios… ello produce en nosotros un corazón sensible y humilde para confesar nuestros pecados y pedirle perdón.
El arrepentimiento implica mucho más que pedirle perdón a Dios. Anónimo.
Leslie Meza
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Edison Tito Peralta escribió:
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Buena Les. Sigue así.