31 octubre 2007

El desafío de Flew

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En esta clase hablaremos de Antony Flew, que es el viejito de la foto de la izquierda; pero antes tenemos que mencionar brevemente a Alfred Ayer.

Ayer sostenía que las proposiciones se podían distinguir en dos grandes tipos: las que tenían sentido (meaning) y las sin sentido. Al hacer esto, Ayer seguía en gran medida los planteamientos del Círculo de Viena, que unas décadas antes había puesto en primer plano la discusión sobre el principio de la verificación.

En efecto, según el positivismo lógico, las proposiciones formales de la lógica y la matemática de suyo tienen sentido; mientras que las proposiciones no-formales pueden tener sentido o pueden no tenerlo, por lo que es menester determinar si lo tienen o no mediante una verificación empírica. Como se comprende enseguida, las proposiciones religiosas, como, p.e., ‘Dios es amor’, ni son analíticas ni son verificables, por lo que, para el positivismo, carecen de sentido.


Punto de partida compartido

En cierto sentido, los creyentes escépticos comparten el punto de partida con los positivistas lógicos. Tanto unos como otros aceptan que no es posible demostrar la existencia de un ser con los atributos de Dios. La razón es clara: si apelamos a la experiencia, empíricamente sólo podemos lograr proposiciones probables, mas no demostraciones ciertas, y si apelamos a la lógica formal, a no ser que se apele a una simple tautología, no hay manera de determinar a priori el valor de verdad de las premisas de las que se deduciría una conclusión como la existencia de Dios.

Así, pues, como toda proposición metafísica, ‘Dios existe’ es una proposición sin sentido para el positivismo lógico, y es una proposición eventualmente prescindible para el escepticismo creyente. Esto, sin embargo, en ninguno de los dos casos significa afirmar que las proposiciones religiosas sean falsas, sino simplemente permite constatar, tanto a positivistas como a creyentes escépticos, que no se puede determinar si estas proposiciones son verdaderas o falsas cuando la verificación ha sido definida como la constatación empírica de la existencia de un ser que porta los atributos eternos de Dios.

Como recordarán los alumnos más memoriosos, nosotros en clase hemos asociado el escepticismo creyente con la proposición: ‘Es posible que Dios no exista’, y hemos dicho que esa proposición es perfectamente compatible con la fe en Dios. Desde el punto de vista del positivismo lógico ‘Es posible que Dios no exista’ también es una proposición sin sentido, ya que es imposible verificarla empíricamente. De modo que tanto positivistas como escépticos pueden vivir tranquilos sin preocuparse por este tipo de proposiciones.

Pero las coincidencias llegan sólo hasta aquí. Dicho sea de paso, estas coincidencias sólo se celebran debido a una gran ventaja: vistas las cosas de esta manera, desaparece por completo el antagonismo entre religión y ciencia, ya que nunca se encuentran en el mismo terreno (más sobre esto en las siguientes clases).

El punto de bifurcación

El punto donde el positivismo lógico y el escepticismo creyente se separan es en la afirmación positivista de que una proposición sin sentido, es decir, una proposición que no puede ser empíricamente verificable, es por eso mismo una proposición irracional. El creyente escéptico, que por definición no avala dogmáticamente las proposiciones metafísicas, puede conceder sin problema alguno que la proposición ‘Dios existe’ carezca de sentido, pero no tendría por qué aceptar que sea por ello una proposición irracional. Para afirmar una cosa así, tendría que suscribir el dogma positivista según el cual solo es racional lo que es científico o empíricamente verificable.

El desafío

Después de esta breve introducción, uno diría que la posición de los positivistas es fácilmente removida con solo advertir que se sostiene sobre un dogma filosófico que no tenemos por qué suscribir. Para salvar esa debilidad del ateísmo positivista, Anthony Flew dio un paso más y decidió plantear las cosas en términos más popperianos.

En efecto, para Flew, el tema crítico que tiene que enfrentar el lenguaje religioso no es la verificación sino más bien la ‘falseabilidad’. Según este principio, el primer paso para asegurar la verdad de una proposición consiste en concebir un estado de cosas que la pueda falsear, para enseguida confrontarla con él. Si se aplica este principio a la religión, la pretensión de verdad de una proposición como ‘Dios existe’ dependería de su exitosa confrontación con un estado de cosas que pueda sugerir su no-existencia. Flew cree que la forma típica de sugerir la no-existencia de Dios es referir a la existencia del mal. Pero esto, a pesar de la contundencia de la contradicción que implica respecto de los atributos de la omnipotencia y la bondad divinas, no incomoda al discurso creyente. A partir de esta constatación, Flew lanza su desafío: ¿Qué tendría que ocurrir para que un creyente acepte un escenario en el que Dios no existiese? La pregunta es retórica y la respuesta anticipada es que, para un creyente dogmático, nada podría falsear la proposición ‘Dios existe’. Por lo tanto, si no puede ser exitosamente confrontada con un estado de cosas que amenace con falsearla, se trata sin duda de una proposición cuya verdad jamás podría asegurarse.

Esta posición tiene una ventaja respecto del positivismo de Ayer: no parte de un dogma filosófico acerca del conocimiento verdadero, sino de una propuesta metodológica respecto de cómo asegurar la verdad de una asunción cualquiera.

Ahora bien, el enfoque de nuestro curso nos permite decir aquí que, si bien el creyente dogmático no sería capaz de superar el desafío de Flew, el creyente escéptico sí puede escapar de él. Dicho de otro modo: para el creyente dogmático no hay manera de imaginar un estado de cosas que pueda pretender falsear la existencia de Dios, lo que le hace perder piso frente a la exigencia de ‘falseabilidad’. Sin este piso, su fe termina revelándose como una fe voluntarista: creo porque quiero creer. Pero, ¿por qué decimos que el desafío de Flew no hace mella en el creyente escéptico? Porque éste, a diferencia de Flew, no asume que la religión pretenda hacer afirmaciones acerca de la realidad. Las proposiciones religiosas no son, para el creyente escéptico, proposiciones fácticas.

Toda proposición fáctica posee un rango referencial y por lo tanto puede ser verificable o ‘falseable’. Si yo digo: ‘El perro está en la chacra’ es claro que del rango de esta proposición están excluidos todos los ‘no-perros’ y todas las ‘no-chacras’. Pero si una proposición no es fáctica, no posee un rango que nos permita decir: ‘es verdad, allí lo veo’ o ‘falso, no es el perro, es la vaca’.

Es claro que una proposición como ‘Dios existe’ carece de rango, por lo que no hay manera de verificarla o falsearla empíricamente. En ese sentido, es una proposición no-fáctica. Los ejemplos típicos de proposiciones no-fácticas son los imperativos, como por ejemplo: ‘Cierra la puerta que se sale el perro’ o ‘Saca a pasear a la vaca’. Desprovista de sus pretensiones fácticas, la proposición ‘Dios existe’ se desempeñaría de un modo semejante a las máximas de la acción.

Esta, pienso yo, es la razón por la cual el lenguaje religioso está íntimamente conectado con la ética. Pero hasta aquí llegamos en la clase de hoy.

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