Caminemos al lado de Jesús

Los acontecimientos de la vida de Jesús; su nacimiento, ministerio, muerte y resurrección; pueden parecernos tan conocidos que no llegamos a captar plenamente su sentido. Cada día en devocionales,predicas o canciones, recordamos la encarnación del Señor Jesús en favor de nuestra salvación. Especialmente durante “semana santa”, se nos muestran, por todos lados, pasajes de su ministerio en la tierra. Yo misma leía un devocional, donde el autor comparaba la encarnación de Jesús con la imagen de un empaque de fuegos artificiales; al decir que, “el creador de todo el universo se confinó a si mismo a un poco notable paquete humano”. Ninguna otra circunstancia de la vida de Jesús se ajusta más a esta comparación que su ejecución en la cruz, donde incluso los doce que lo habían conocido íntimamente, lo abandonaron. Para ellos, en ese momento, no tenía sentido que el mesías muriera. Solo mucho tiempo después pudieron ver su muerte bajo otra luz, el sombrío preludio para el más grande de todos los milagros: su resurrección. Los fuegos artificiales nunca parecieron tan imponentes como en el día en que Jesús murió, solo que en ese momento, aún no habían sido encendidos.

En medio de esa grandiosa imagen, no podía evitar pensar: ¿Qué de los doce? Ellos, que le habían sido fieles en todo momento de confrontación; en el instante más crítico lo abandonaban. A pesar de que Jesús les había revelado lo que iba a suceder, los eventos posteriores a la última cena los tomaron totalmente desprevenidos.

Mas he aquí, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa…Entonces ellos comenzaron a discutir entre sí, quién de ellos sería el que había de hacer esto.(Lc. 22: 21/ 23)
Jesús acaba de celebrar esta última cena con los doce. Les explicaba que después tendría que padecer gran sufrimiento, y que no volvería a tomarla hasta que el reino de Dios se cumpla. Al mismo tiempo, les comenta que entre ellos estaba aquel que lo iba a entregar,sin dar su nombre pues frente a las grandes verdades que estaba revelando, no tenía importancia. Sin embargo, para sus discípulos, el nombre del traidor se convirtió en el tema central. No estaban interesados en reflexionar acerca de las palabras fundamentales recién reveladas; sino que querìan descubrir al traidor, pues al hacerlo el resto quedaría libre de culpa, demostrando su propia fidelidad.

Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. (Lc. 22:24)
Nuevamente, se encuentran distraídos a las palabras de la muerte de su maestro, intentando descubrir cuál de ellos obtendría un lugar más elevado que los demás. Parecen más interesados en su propia comprensión del reino y el poder que cada uno podía adquirir dentro de el, que en comprender el momento crucial en el que se encontraban.

Cuando se levantó de la oración y vino a sus discípulos les hallo durmiendo a causa de la tristeza. (Lc. 22:45)
Jesús estaba orando, con gran aflicción en su interior, pues sabía lo que le esperaba. Pero antes, les había pedido a sus discípulos que lo acompañara en oración para que no entraran en tentación. Sin embargo, inundados de tristeza, se durmieron, pues al hacerlo huían del momento que estaban viviendo. El dormir es una forma de huir de una realidad que es hostil.

Todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas. Lc23:49
Todos los discípulos, a excepción de Juan, estaban lejos mirando de a Jesús en el camino hacia su crucifixión. Lejos para no implicarse, pero observando, pues no podían eludir lo que estaba sucediendo. Atrás quedaba todo el valor e ímpetu que demostraron en sus discusiones anteriores.

Y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás… Más a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían. (Lc. 24:9 /11).
Jesús ya había muerto y los once discípulos, junto con los demás seguidores de Jesús, estaban lamentándo lo ocurrido. Habían olvidado las palabras de Jesús, y en solo tres días todo había acabado para ellos. Luego, tres mujeres que volvian del sepulcro, llegaron para darles un gran mensaje: ¡Jesús había resucitado! Pero los discípulos pensaron que las mujeres estaban locas. Tres años acompañando a Jesús, viendo sus milagros y escuchando sus enseñanzas; y aùn no podian creer, para ellos Jesús estaba muerto.

Y ahora estamos nosotros, los discípulos de Cristo; muchas veces repitiendo la historia. Lejos del Señor crucificado, mirándolo desde lejos, intentando no involucrarnos demasiado en el ministerio. Manteniendo aguerridas discusiones internas de iglesia, en torno a una mesa de cafetería o en nuestras células; pero cobardes cuando hay que dar la cara al mundo. Nos encontramos tan lejos, que no llegamos a entender que ante la cruz no importan las discusiones acerca de quiénes son los traidores o infieles.Entendamos que, al igual que en la última cena, lo que tocaba hacer a los discípulos era acompañar a Jesús en su camino a la Cruz y meditar en la enseñanza que Cristo les había impartido. Jesús no está interesado en que acusemos a nadie, sino que cada uno de nosotros le seamos fieles y podamos servirle, por amor a él y a nuestros hermanos. Como respondió Jesús, el mayor es que el que sirve, el que demuestra un compromiso con el evangelio; el que carga su cruz, por más pesada que pueda resultar, y no cede ante los poderes de este mundo.

Asimismo, recordemos que las preocupaciones y la tristeza pueden llegar a invadir nuestro corazón, pero no debemos quedarnos inmóviles, dormidos para no enfrentarlos. Ese es el momento en que a pesar de la tristeza y el miedo podemos permanecer de pie junto a Jesús, acompañándolo en el camino hacia la cruz. No podemos permitirnos huir de la realidad, es tiempo valioso el que perdemos.No olvidemos que a pesar de todo Jesús ha resucitado; creamos plenamente en esta declaración que nos insta a mirar más allá de la muerte y el sufrimiento, y encontrarnos con la esperanza de que Jesús lo ha vencido todo, nos ha otorgado una nueva vida… y esa vida le pertenece plenamente a Él.

Leslie Meza

No dejemos que las distracciones, discusiones, vergüenza, tristeza o miedo nos invadan. Caminemos al lado de Jesús, "puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de El soportó la cruz, menospreciando la verguenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Considerad, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón. Porque todavía, en vuestra lucha contra el pecado, no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre... " (Heb 12:4-3)

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