Qué es la creencia religiosa (3/3)
Como forma de vida
Según lo que venimos planteando en clase, en la tradición judeocristiana, creer en Dios no parece satisfacerse con la postulación metafísica de una determinada idea de lo divino ni mucho menos con la aceptación complaciente de alguna definición doctrinal de Dios. Hoy vamos a explorar una nueva aproximación al tema de la creencia religiosa, y para ello preguntaremos a dónde nos conduce la hipótesis de que creer en Dios sea, más bien, la búsqueda constante de su comprensión.
Lo primero que llama la atención en este nuevo enfoque es que presupone y no cuestiona la existencia de Dios, es decir, se trata de una aproximación filosófica que interroga por la creencia desde la creencia misma y no desde una supuesta anterioridad metodológica capaz de auscultar sus contenidos sin comprometerse con ellos. Tal vez la forma de preguntar ha sido la incorrecta y no nos hemos percatado de una trampa en la que los filósofos caemos con demasiada facilidad.
En efecto, en nuestro afán por separar la fides quae de la fides qua, hemos descuidado la manera de preguntar por la creencia desde la filosofía. Si preguntamos qué es lo que es una creencia religiosa desde una aproximación quae, el resultado tendrá que ser una doctrina acerca de la creencia religiosa. Si, en cambio, preguntamos eso mismo desde una aproximación qua, ya no se trataría de averiguar qué cosa es una creencia religiosa, sino más bien qué hace una creencia religiosa en la vida de las personas que creen.
En la medida en que los seres humanos no tenemos conocimiento de Dios, cabe afirmar con toda razón que es posible que Dios no exista. Esta verdad epistemológica sólo puede ser incómoda para quien se pregunta por la fe en Dios desde un enfoque quae, porque lo que erróneamente trata de hacer es averiguar cognitivamente en qué cree quien cree. Eso no se puede hacer sin traicionar el carácter doxástico de la fe. Sólo cuando un creyente puede decir ‘Es posible que Dios no exista, pero esa posibilidad no importa’, ha logrado liberarse del enfoque quae y ha comprendido finalmente que la creencia religiosa es una forma de vida.
En nuestras primeras clases vimos que la Biblia podía ser leída de varias maneras, una de las cuales era la llamada lectura tropológica, según la cual el lector extrae del texto indicaciones prácticas que norman sus decisiones cotidianas. En las clases inmediatas anteriores hemos hablado de Dios como el personaje central del relato bíblico, a partir de cuya ‘performance’ se genera un vínculo con el creyente. Lo que en esta clase hemos llamado ‘el enfoque qua’ de la creencia religiosa se nos está mostrando como nada menos que la comprensión de ese personaje.
Superada la brecha epistémica (quae), según la cual debemos siempre preguntar por el qué de nuestras asunciones doxásticas, la razón puede intentar aproximaciones qua, es decir, aproximaciones no-cientificistas, no-epistémicas, no-especulativas al papel de las creencias en el mundo de la vida, que echen una nueva luz respecto del asunto primordial de la sabiduría religiosa, que no es otro que saber cómo vivir la única y efímera vida que le ha sido concedida al hombre por la divinidad.
Así, pues, comprender a Dios no significa tener una intelección de los atributos eternos de un supuesto ser supremo en el que se cree. De lo que se trata en la comprensión de Dios es de conocer al personaje bíblico que aparece como señor de la vida y la muerte, y hacerlo a través de la asunción de los retos, sumamente exigentes, que el señor de la vida y la muerte le plantea al creyente. El dueño de la vida reta al hombre, que la posee tan sólo en préstamo, a que la viva sabiamente. En ese sentido, los mandamientos bíblicos no son otra cosa que los desafíos de Dios. Los profetas lo tenían claro. Ellos, “no ofrecieron una exposición de la naturaleza de Dios, sino más bien una exposición de la visión que Dios tiene del hombre, y de su preocupación por él. Más que ideas acerca de Dios, ellos desplegaron las actitudes de Dios” (Heschel).
Como se recordará, el contraste que estamos estableciendo cuando separamos fides quae de fides qua es, desde un punto de vista filosófico, la diferencia que existe entre el conocimiento especulativo de los contenidos de una creencia (quae) y la actitud intuitivo-racional de respuesta frente a las manifestaciones del amor divino (qua). Esta segunda manera de confrontarse el creyente con sus creencias bien puede ser calificada de comprensión. No hay conocimiento en materia de creencia religiosa que no tenga este carácter intuitivo-racional, es decir, que no sea fundamentalmente una comprensión. Otorgarle sobre ello el carácter especulativo de un conocimiento metafísico, pseudo-científico, es pretender hacer de la creencia religiosa un saber acerca de la realidad que no es ni puede ser.
Hasta aquí llegamos en la clase de hoy. Nos queda por explorar qué son aquellos eventos que el creyente reconoce como las manifestaciones del amor divino en el mundo de la vida. Para ello, en la próxima clase, nos valdremos de ciertas objeciones interpuestas por la filosofía analítica.
Lo primero que llama la atención en este nuevo enfoque es que presupone y no cuestiona la existencia de Dios, es decir, se trata de una aproximación filosófica que interroga por la creencia desde la creencia misma y no desde una supuesta anterioridad metodológica capaz de auscultar sus contenidos sin comprometerse con ellos. Tal vez la forma de preguntar ha sido la incorrecta y no nos hemos percatado de una trampa en la que los filósofos caemos con demasiada facilidad.
En efecto, en nuestro afán por separar la fides quae de la fides qua, hemos descuidado la manera de preguntar por la creencia desde la filosofía. Si preguntamos qué es lo que es una creencia religiosa desde una aproximación quae, el resultado tendrá que ser una doctrina acerca de la creencia religiosa. Si, en cambio, preguntamos eso mismo desde una aproximación qua, ya no se trataría de averiguar qué cosa es una creencia religiosa, sino más bien qué hace una creencia religiosa en la vida de las personas que creen.
En la medida en que los seres humanos no tenemos conocimiento de Dios, cabe afirmar con toda razón que es posible que Dios no exista. Esta verdad epistemológica sólo puede ser incómoda para quien se pregunta por la fe en Dios desde un enfoque quae, porque lo que erróneamente trata de hacer es averiguar cognitivamente en qué cree quien cree. Eso no se puede hacer sin traicionar el carácter doxástico de la fe. Sólo cuando un creyente puede decir ‘Es posible que Dios no exista, pero esa posibilidad no importa’, ha logrado liberarse del enfoque quae y ha comprendido finalmente que la creencia religiosa es una forma de vida.
En nuestras primeras clases vimos que la Biblia podía ser leída de varias maneras, una de las cuales era la llamada lectura tropológica, según la cual el lector extrae del texto indicaciones prácticas que norman sus decisiones cotidianas. En las clases inmediatas anteriores hemos hablado de Dios como el personaje central del relato bíblico, a partir de cuya ‘performance’ se genera un vínculo con el creyente. Lo que en esta clase hemos llamado ‘el enfoque qua’ de la creencia religiosa se nos está mostrando como nada menos que la comprensión de ese personaje.
Superada la brecha epistémica (quae), según la cual debemos siempre preguntar por el qué de nuestras asunciones doxásticas, la razón puede intentar aproximaciones qua, es decir, aproximaciones no-cientificistas, no-epistémicas, no-especulativas al papel de las creencias en el mundo de la vida, que echen una nueva luz respecto del asunto primordial de la sabiduría religiosa, que no es otro que saber cómo vivir la única y efímera vida que le ha sido concedida al hombre por la divinidad.
Así, pues, comprender a Dios no significa tener una intelección de los atributos eternos de un supuesto ser supremo en el que se cree. De lo que se trata en la comprensión de Dios es de conocer al personaje bíblico que aparece como señor de la vida y la muerte, y hacerlo a través de la asunción de los retos, sumamente exigentes, que el señor de la vida y la muerte le plantea al creyente. El dueño de la vida reta al hombre, que la posee tan sólo en préstamo, a que la viva sabiamente. En ese sentido, los mandamientos bíblicos no son otra cosa que los desafíos de Dios. Los profetas lo tenían claro. Ellos, “no ofrecieron una exposición de la naturaleza de Dios, sino más bien una exposición de la visión que Dios tiene del hombre, y de su preocupación por él. Más que ideas acerca de Dios, ellos desplegaron las actitudes de Dios” (Heschel).
Como se recordará, el contraste que estamos estableciendo cuando separamos fides quae de fides qua es, desde un punto de vista filosófico, la diferencia que existe entre el conocimiento especulativo de los contenidos de una creencia (quae) y la actitud intuitivo-racional de respuesta frente a las manifestaciones del amor divino (qua). Esta segunda manera de confrontarse el creyente con sus creencias bien puede ser calificada de comprensión. No hay conocimiento en materia de creencia religiosa que no tenga este carácter intuitivo-racional, es decir, que no sea fundamentalmente una comprensión. Otorgarle sobre ello el carácter especulativo de un conocimiento metafísico, pseudo-científico, es pretender hacer de la creencia religiosa un saber acerca de la realidad que no es ni puede ser.
Hasta aquí llegamos en la clase de hoy. Nos queda por explorar qué son aquellos eventos que el creyente reconoce como las manifestaciones del amor divino en el mundo de la vida. Para ello, en la próxima clase, nos valdremos de ciertas objeciones interpuestas por la filosofía analítica.





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