Explicar por qué un país debe dedicar parte importante de sus recursos para el fomento de las actividades artísticas e intelectuales, resulta redundante y hasta banal. Todos sabemos, o al menos intuimos, el valor humano que esta dimensión conlleva. El sentido vital de una sociedad pasa por allí, comunicando vivencias que incluyen críticas, proyectos y deseos.

Algo que debe resultar tan evidente no lo es, por supuesto, para nuestros dirigentes. Por alguna razón que no alcanzamos a entender, estamos acostumbrados a ver entre ellos una actitud displicente, en donde debiera discurrir una política activa. En los últimos tiempos, esta tendencia ha llegado a sus niveles máximos, asumiendo tal vez que un libro, una danza, una película o una pieza teatral no tiene ninguna potencialidad para el desarrollo de la sociedad, puesto que la tasa de retorno, en dinero contante y sonante, no justifica la inversión realizada.

Los momentos de crisis necesitan de la acción creativa para poder superarla y así lo entendemos en PERUPAZ. Por esa razón, inauguramos desde este número una sección dedicada a los aspectos culturales, con el convencimiento absoluto de que ellas forman una parte esencial en la construcción de un mundo mejor.

Sin embargo, es preciso acotar que no nos proponemos la presentación de una estafeta, ni mucho menos un análisis exhaustivo de todos los eventos significativos. No somos especialistas en la materia, ni poseemos los recursos suficientes para hacerlo. Nuestra intención es sumamente modesta y sólo radica en la presentación de algunos acontecimientos que nuestra subjetividad puede estar entendiendo como relevante para los fines que buscamos, es decir, una sociedad superior basada en un mayor entendimiento entre todos.



Pataclaun en…rollado

El Teatro peruano contemporáneo es seguramente uno de los rubros que ha mostrado mayor vitalidad en el espectro artístico. Un movimiento original y de gran capacidad técnica fue desarrollándose desde los inicios de los años setenta, preocupándose en sintonizar adecuadamente las voces provenientes de aquel amplio espacio que denominamos «lo popular». El contexto determinó que esta articulación pasara por un claro cerniz ideológico y, por lo mismo, se insertara de manera clara en los proyectos políticos de izquierda.

El ejemplo obvio de esta operación es, claro está, Yuyachkani. Representando lo mejor de esta tendencia, el límite de su propuesta fue trazado por los alcances que podía tener el esquema total en donde se inscribía, siendo obvio por tanto que la crisis de la izquierda dañara en forma ostensible esta experiencia, concebida en largos y azarosos años de trabajo.
Pero, el agotamiento de la propuesta no podía dejar sin continuidad el valioso aprendizaje realizado por los «Yuyas», y Pataclaun resulta ser a la vista de todos un remozado ejemplo de lo que significa construir originalmente sobre lo levantado por sus antecesores. Hay que rendir tributo a la capacidad de unos para asumir que lo perdurable sólo es factible enseñando lo aprendido, un mínimo sentido de solidaridad tan caro en un país en donde la premisa parece ser «luego de mí, el diluvio»; y de los otros, que reconociendo sus fuentes son capaces de mostrar una personalidad propia y de gran calidad.

Pataclaun ofrece un teatro desideologizado, pero hay que tener cuidado con esta afirmación, sobre todo cuando vivimos en un contexto en donde la palabreja de marras cubre siempre tonterías, sino calculados acomodos al poder. La operación de Pataclaun descubre más bien aquello que la ideología terminaba por velar: la condición humana de un sector de la sociedad peruana, que en un arranque sociologista podemos tipificar como la clase media urbana.

La intencionalidad crítica discurre naturalmente, no por la imposición de un mensaje sino por el autodescubrimiento que experimentan los espectadores ante el espejo ofrecido. Es, dicho de algún modo, una invitación a viajar hacia nosotros mismos mediante recursos propios: la risa. Bachelard fue quien dijo alguna vez que para observar bien el mundo hacía falta soñar viéndolo.

Belaunde, el Perú y los peruanos

Hubo alguna vez una sana costumbre entre los presidente peruanos: redactaban sus memorias. Claro, era una obligación presentarlas ante el Congreso, cuando éste funcionaba, pero más allá de esta regla, muchos de ellos, ya lejos del poder, estando en sus cuarteles de invierno, se dedicaban a perennizar sus experiencias como hombres públicos, con la libertad que le permitía el testimonio de parte.

En los últimos años parece que los presidentes-escritores se han perdido. Es una pena, aunque mirando bien la cuestión podemos dar tal vez algunos suspiros de alivio. Quizás sea mejor no tener entre manos algunas piezas antológicas que con toda seguridad pudieron haber perpetrado nuestros últimos gobernantes.

Belaunde no es uno de ellos. Ha reeditado el libro que, hace treinta y cinco años, sirvió para exponer al país sus puntos de vista y los fundamentos de su proyecto político. En esos momentos, AP ya se había convertido en una vigorosa fuerza de dimensión nacional, aunque faltaba todavía algunos años para que su líder llegara a Palacio de Gobierno por primera vez.

¿Por qué «La Conquista del Perú por los Peruanos» es un texto de lectura obligatoria? Belaunde es uno de los líderes que marcan los rumbos políticos del siglo XX peruano. Pero a diferencia de los otros, por ejemplo Haya de la Torre o Mariátegui, él tiene la legítima satisfacción de haber llegado dos veces al primer cargo de la República. Entonces, no es algo común, digamos, encontrar la reedición de un texto cuyo autor compara lo que fue su ofrecimiento al país con su acción como gobernante, más aún en un momento en donde es preciso redefinir los lineamientos políticos de los partidos. Es claro entonces que la necesidad de un balance y, a lo mejor, la liquidación de lo accesorio más la incorporación de aspectos novedosos, es una tarea imprescindible para aquellos que ven la acción política como una tarea siempre inconclusa.

De Belaunde se puede discrepar en muchas cosas, menos en su calidad de estadista. La reedición de su libro es una prueba más de esta condición y habría que esperar solamente el necesario debate y discusión del mismo, dentro y fuera de AP.

El FCE cumple sesenta años

Fundado en 1934 , el Fondo de Cultura Económica es una historia compleja. No sólo por haber sido el centro de las actividades de un brillante grupo de desterrados republicanos españoles, quienes se dedicaron a traducir los clásicos de la Economía, en un primer momento, para luego diversificarse hacia otros rubros. Tampoco resulta suficiente decir la importancia que tuvo y tiene en la evolución contemporánea de México. No es mucho, asimismo, hablar del papel que le toca como medio difusor del pensamiento latinoamericano.

Basta auscultar nuestras colecciones de libros o dedicar sólo un par de minutos para recordar nuestros años universitarios. En mi caso, volteo y miro ahora ese pequeño libro de Gordon Childe que definió mi vocación por la Historia, y, un poco más allá, en el mismo estante, los dos inmensos tomos en donde resalta el nombre de Fernand Braudel, acompañado de otros en donde diviso los de Leopold Von Ranke, Jacob Burkhardt, Henri Pirenne, Marcel Bataillon, Isaiah Berlin y Lawrence Stone; todos resaltando sobre sus forros negros y testigos de apasionantes insomnios. Al costado, solito, un monumento: Werner Jaeger y su Paidea. Arriba, los lomos naranjas señalan mis marchas a pie forzado dentro de la Economía: Keynes, Ricardo, Malthus, Smith (plateado él), junto al Viejo Topo y sus tres tomos capitales; un poco más allá puedo todavía divisar el nombre de Rostow. Dirijo la mirada hacia la izquierda y me encuentro con «El Laberinto de la Soledad», mi inolvidable ingreso a Octavio Paz; por allí anda también Carlos Fuentes y la gran biografía de Dostoievski que escribiera Joseph Frank. Ahora enfoco hacia abajo, casi al ras del piso y dos tomitos verdes me señalan uno de mis lugares predilectos: el templo a Michel Foucault.

Sólo quería decir que la historia del FCE es parte importante de mi propia historia. Estoy segura que lo mismo acontece con sus millones de lectores. Por todo esto, que no es poco, gracias, saludos y preparémonos para los siguiente sesenta años.

Casalino Sen, Carlota. Voces y Figuras del Perú. PERUPAZ – Volumen 3 – Nº 21 -Abril 1994, pp. 23 y 26.