Luis Banchero Rossi desarrolló la producción de harina de pescado.

Continuando con la serie de reseñas sobre los personajes más representativos de este siglo en el Perú, Business se ocupa del más hábil empresario nacido en nuestras tierras.

En mayo de 1929 Tacna era una fiesta. El cautiverio había quedado atrás y toda la ciudad celebraba su reincorporación al seno de la patria. Aunque el acuerdo no fue bueno –perdimos Arica, la otra provincia que estuvo en manos del invasor-, en esos momentos nada podía opacar el jolgorio de los tacneños al saber que su resistencia, a lo largo de 50 años, había rendido fruto.

Que Tacna no se «chilenizara» se debió, paradójicamente, al hecho de ser una ciudad que estuvo al margen del desarrollo industrial y de las grandes propiedades rurales. Era un lugar en donde residía primordialmente una clase media dedicada a la pequeña y mediana empresa, con raíces muy tradicionales.

Esta característica hizo de Tacna un rincón sin grandes diferencias económicas entre sus habitantes y proclive a desarrollar un fuerte sentimiento de comunidad. Allí residió la clave de su éxito ante las ofensivas impulsadas por el Estado chileno.



El comienzo. En esa zona, dominada por un pujante sector medio, fue donde nació Luis Banchero Rossi, el 11 de octubre de 1929. Es decir, sólo meses después de la reincorporación.

Sus padres –Luis y Florentina- eran italianos, una colonia no muy numerosa por esos lares, pero con aptitudes sociales y económicas muy parecidas a las de los tacneños. Fue así como don Luis instaló una pequeña bodega de vinos en el conocido barrio de El Carrión. Allí transcurrió la niñez y la adolescencia del pequeño Lucho.

El tiempo pasó y Luis Banchero ya era un mozalbete de 17 años cuando su padre decidió enseñarle los secretos del negocio, con la íntima esperanza de verlo convertido en su heredero. Sin embargo, doña Florentina tenía otros planes para su hijo: debía estudiar.

Sí, la señora ejerció pacientemente sus dotes persuasivas, hasta que su esposo aceptó finalmente sus requerimientos. Lucho debía viajar a Trujillo, en donde residía su tío materno Benito, para estudiar Química Industrial. Por lo visto, el viejo Luis no había renunciado totalmente a sus pretensiones: un hijo químico bien podía ser el enólogo que necesitaba para que su pequeña bodega pasara a ser una floreciente empresa vitivinícola.

Instinto empresarial. Instalado en Trujillo, Luis Banchero inició sus estudios universitarios, pero pronto dio rienda suelta a su instinto por los negocios. No era un improvisado en estos menesteres, pues su padre ya le había transmitido el know how básico. Poco a poco los libros fueron puestos de lado para dedicarle mayor tiempo a las actividades comerciales.

Empezó vendiéndole un automóvil a uno de sus profesores, para convertirse luego en el representante de ventas del alcohol y la melaza que producía la hacienda Laredo. De allí pasó a cosas mayores: se hizo vendedor de la casa comercial de don Carlos A. Manucci, quien al ver cómo crecían sus utilidades gracias a la energía y dinamismo de su joven empleado, no tuvo mejor decisión que convertirlo en su socio en el ramo de lubricantes.

A Banchero no le iba mal distribuyendo los aceites Kendall pero, más pronto que tarde, pudo darse cuenta de las posibilidades ofrecidas por un rubro que le cambiaría totalmente su vida: gracias a sus continuos viajes por el norte tomó nota del gran potencial pesquero del país. La pesca industrial en el Perú se había iniciado allá por 1940, pero sus rumbos no estaban definidos, oscilando entre el consumo interno y la exportación en pequeñas cantidades, que la hacían un sector de poco impacto en la economía nacional.

Así, al morir Manucci, Banchero le propone a su viuda el cambio de las acciones que tenía en los lubricantes Kendall por una fábrica de envasado de pescado que el empresario norteño había construido en Chimbote. Era 1956.

Acertada decisión. Conseguido su propósito, Banchero supo que debía tomar una decisión audaz. El envasado de pescado era un buen negocio, pero tenía sus límites. Había que pensar en otra escala, mucho mayor, y el secreto para Lucho residía en la harina de pescado.

Decide entonces transformar la fábrica de envasados Florida en una de harina de pescado, para fundar luego otra fábrica, la Humboldt. «Con esto o me voy arriba o me tendrán que guardar», comentó en dicha ocasión.

Vaya si se fue arriba. En 1958 la pesca no representaba más del 10% de las divisas que entraban al país. Cuatro años después, en 1962, ya llegaba al 20%, para pasar a mediados de los sesenta al 25% y hasta el 30%.

El Perú se convirtió, gracias a Banchero y un puñado de empresarios tan emprendedores como él, en el primer país pesquero del planeta. Allí donde sólo languidecían pequeñas caletas de pescadores artesanales empezaron a rugir poderosos hornos quemadores y se multiplicó el comercio, la banca y las industrias conexas. A los 31 años de edad, Lucho se había convertido en la persona más rica del Perú.

La lucha mundial. El precio de la harina de pescado no parecía importar mucho a los empresarios pesqueros peruanos. Por último, los costos eran tan ínfimos que por muy barato que vendieran siempre ganaban. Pero las empresas transnacionales y los grandes especuladores no pensaban lo mismo: la «irresponsabilidad» de los peruanos los había paralizado y sus buques, anclados en los puertos europeos, no podían descargar ante la inundación de la harina barata procedente del Perú.

Fue así como Joaquín Peña, el astuto timonel de Comergeral –una de las más grandes empresas comercializadoras de harina-, llegó al Perú para ofrecerse como intermediario. Quería el monopolio y ofrecía un precio algo por encima del internacional.

Al parecer Peña estuvo convencido de que su propuesta no podía ser despreciada. Los peruanos estaban desorganizados justo en el momento en que la oferta había igualado a la demanda. Como el Perú duplicaba su producción cada año, argumentaba, debía bajar el precio o, en su defecto, buscar nuevos mercados, por ejemplo, los países socialistas que hasta ese momento no consumían harina. Para eso, concluía Peña, venía Comergeral.

Banchero lo escuchó y le indicó, lacónicamente, que los peruanos podían organizarse solos.

Poco tiempo después los precios se derrumbaron debido a la guerra entre Peña y los peruanos. Los productores sudafricanos, desesperados, enviaron al Perú un emisario: Jacques Schwarz, un personaje que las malas lenguas aseguraban que era 50% francés, 45% judío y 5% de comisión.

Schwarz buscó a Banchero y, luego de conversar, nuestro personaje supo que estaba ante el aliado que necesitaba para sacar a Peña del escenario. Así, en octubre de 1960, se creó la FEO (Fishmeal Exporters Organization), entidad que debía regular el mercado, siendo Schwarz su secretario general.

Los peruanos aceptaron la cuota de exportación impuesta por este organismo, pero faltaba un segundo elemento clave: la organización de los productores peruanos. Luis Banchero lo logró a través del Consorcio Pesquero del Perú, que permitió una actuación coordinada de los peruanos frente al mercado internacional.

Al final, el zorro Joaquín Peña se quedó sin harina y sin mercados. Banchero llegó a controlar la mitad de la producción mundial de harina de pescado. Ya en la cumbre, ¿había logrado, entonces, todo lo que se propuso? No.

Deuda saldada. En 1971, la misma persona que había regalado una gallina de macizos huevos de oro al magnate Aristóteles Onassis, con ocasión de su boda con la no menos célebre Jackie, viuda del presidente Kennedy, se presentó humildemente ante un jurado de profesores de la Universidad Nacional de Trujillo para sustentar su tesis: «Proyecto de una planta de congelación y conservación de túnidos».

Casi al final de su corta e intensa vida, Luis Banchero Rossi se sacó de encima la principal deuda que tenía con el pasado, convirtiéndose en el químico industrial que alguna vez habían soñado sus padres.

CASALINO SEN, Carlota. “El señor de la pesca”. Business. Año VI Nº 60, Setiembre de 1999, pp. 24-25.