Qué es la creencia religiosa (2/3)
Como doctrina acerca de la realidad

Para dar inicio a esta clase, propongo mirar a la religión en un marco inusualmente amplio —digamos, de tres millones de años. Hace tres millones de años, el ser humano (si cabe llamar ser humano a eso que deambulaba por África) no tenía un lenguaje desarrollado ni mucho menos una religión; pero sí había adquirido un enorme caudal de habilidades y competencias que le permitieron superar todos los obstáculos frente a los que sucumbieron los demás homínidos de aquellos tiempos.
Si estamos de acuerdo en llamar ‘conocimiento’ al conjunto de habilidades y competencias para la supervivencia que el ser humano ya tenía acumulados hace tres millones de años, y que marcaron, por decirlo así, el inicio de su asombroso éxito como especie, tendremos que aceptar que se trata, en todo caso, de un conocimiento natural sostenido en información genética, aquella que se acumula con el paso de las generaciones y que llega hasta nosotros hoy. Esa forma de conocimiento adaptativo, que el ser humano comparte con todos los demás seres vivos, es esencialmente violenta y no desaparece con el paso del tiempo.
Sobre esta base genética se desplegó el desarrollo de la cultura en términos de lenguaje y autoconciencia. Ninguna otra especie logró dar este salto, etc., etc.
Pues bien, si se acepta esta entrada, se convendrá también en que el Adán de esta cadena evolutiva fue el primer homínido que desarrolló lenguaje y autoconciencia, sin perder absolutamente nada del caudal de información genética que lo había llevado hasta ese punto de desarrollo. Literalmente, ese Adán es una bestia que habla y que se percibe a sí misma permanentemente amenazada por el hambre, por los depredadores naturales y por los demás homínidos. Consecuentemente, su primera producción cultural serán armas y herramientas rudimentarias, que generalmente coinciden en un mismo objeto. La piedra afilada de las flechas es el ejemplo clásico.
Algún tiempo después —digamos, dos millones doscientos mil años más tarde—, las cosas habían alcanzado una cierta mejoría. La bestia humana evolucionó y prosperó como especie, se dispersó por grandes espacios geográficos y se diversificó racial y culturalmente. Retuvo, eso sí, las habilidades y capacidades de su experiencia natural primitiva, que debido a su prolongada vigencia en el tiempo, eran las que obviamente tenían la mayor influencia en la determinación de sus acciones cotidianas. Pero ahora, esa violencia natural propia de la vida salvaje se hallaba copiosamente revestida por lenguajes de todo tipo, infinitamente más elaborados que los gruñidos ancestrales, y esa misma cultura produjo una tecnología mucho más sofisticada. En ese momento, ciertos seres humanos empezaron a pensar en sus orígenes.
La historia bíblica de Adán puede verse como el producto literario tardío de unas tempranas reflexiones acerca del origen del hombre que bien podríamos remontar a la frontera de la prehistoria. Alguien, en alguna remota aldea —y me lo imagino anciano, sentado frente al fuego, acompañado por varios de sus allegados—, imaginó y contó la historia del primer hombre, que es todos los hombres. Pero lo curioso de ese relato primigenio es que en él se introdujo un personaje del que nunca nadie tuvo ni ha tenido ni tendrá jamás conocimiento natural. Dios es el personaje invisible y, dicho sea de paso, el personaje literario principal de la Biblia, a quien el relato primigenio le asignó el papel de creador del mundo y creador de Adán.
Uno diría que en la información natural acumulada a lo largo de los milenios no había nada que hiciera presagiar este salto espectacular que fue la aparición de la religión en la vida del ser humano. Pero si la religión es un producto cultural, también podríamos suponer que, en última instancia, surge de la misma dinámica vital que permitió la aparición de la primera flecha.
¿Qué pasaría con nuestra comprensión de las creencias religiosas si asumiéramos la hipótesis de que la religión es también, en cierto sentido, un arma y una herramienta para la conservación de la vida de la especie? Más sofisticada, desde luego, que los arcos y las flechas; pero, no obstante, cumpliendo la misma función que ellos: proteger la vida de aquello que la amenaza.
Lo primero que pasaría es que las amenazas tendrían que concebirse de otra manera. Un arma mucho más sofisticada que una espada o una catapulta ha sido inventada para contrarrestar una amenaza sustantivamente distinta. ¿Qué amenaza estaría tratando de despejar la religión, ya que no serían las del hambre, las inclemencias naturales o los ataques físicos de los otros seres humanos?
Me parece que con la religión, la especie humana estaba reaccionando frente a la percepción de una amenaza muy antigua, pero hasta entonces insuficientemente atendida, que es la capacidad de autodestrucción de la especie humana. En una lectura naturalista, incluso podría decirse que, con vista a perseverar en el ser, la propia evolución genética produce la brecha entre realidad y posibilidad. En un determinado momento de su evolución, los seres humanos son capaces de imaginar un escenario posible, en el que reine la paz entre los seres humanos. A partir de ese momento, se ven en la necesidad de desarrollar las estrategias que conduzcan a ello.
En la moderación de la conducta humana hacia el ideal de la paz, ninguna estrategia cultural podría tener éxito si no se la asumiera como creencia incuestionable. Por ello, toda la especie humana, en un determinado momento de su evolución, produjo religiones. Gobernadas por la evolución genética, es decir, sin ser conscientes de lo que hacían, las diversas culturas ensayaron, casi simultáneamente, muy diversas formas de garantizar la supervivencia de la especie frente a la amenaza de la autodestrucción.
En medio de esa ignorancia respecto de la evolución de la especie, algunas culturas percibieron, sin embargo, que la creencia religiosa consistía básicamente en postular la existencia de un punto de vista arbitral, que trascendiese absolutamente los intereses partidarios en los litigios humanos. En esa religión se trataba de creer en Dios como único juez absoluto e infalible.
¿Por qué nos hemos dado el trabajo de presentar las cosas de esta manera? Primero porque es tarea del filósofo explorar hipótesis, y segundo porque me interesa destacar nuevamente la diferencia que hay entre la fides quae creditur y la fides qua creditur que hemos detectado operando en la tradición occidental.
Si siguiendo la hipótesis de esta clase, la religión no tuviera otro objetivo en la evolución de la especie humana que configurarse como una herramienta para la paz, lo que debemos reconocer es que, en todo caso, ha sido y es una herramienta de doble filo que la humanidad todavía no ha aprendido a manejar bien. El filo ‘quae’ está representado por la pretensión de la religión de ser una doctrina sobre la realidad en general, y bien sabemos que, en tanto tal, la religión es profundamente contraria a la paz. Con ese filo se la viene utilizando como un arma ofensiva desde los albores de la historia. En cambio, en el filo ‘qua’, la religión se nos muestra como un mecanismo de autorregulación de la conducta a favor la de vida humana —mecanismo que tiene que seguir evolucionando, porque hasta ahora es muy poco lo que ha logrado.
Claro que si volvemos a mirar las cosas en el espectro temporal amplio con el que iniciamos la clase, ¿qué son cinco mil años de religión comparados con los tres millones de años (y más) de violencia genéticamente heredada?
[Imagen: http://www.dearqueologia.com/articulos_arqueologia/origen_hombre]

Para dar inicio a esta clase, propongo mirar a la religión en un marco inusualmente amplio —digamos, de tres millones de años. Hace tres millones de años, el ser humano (si cabe llamar ser humano a eso que deambulaba por África) no tenía un lenguaje desarrollado ni mucho menos una religión; pero sí había adquirido un enorme caudal de habilidades y competencias que le permitieron superar todos los obstáculos frente a los que sucumbieron los demás homínidos de aquellos tiempos.
Si estamos de acuerdo en llamar ‘conocimiento’ al conjunto de habilidades y competencias para la supervivencia que el ser humano ya tenía acumulados hace tres millones de años, y que marcaron, por decirlo así, el inicio de su asombroso éxito como especie, tendremos que aceptar que se trata, en todo caso, de un conocimiento natural sostenido en información genética, aquella que se acumula con el paso de las generaciones y que llega hasta nosotros hoy. Esa forma de conocimiento adaptativo, que el ser humano comparte con todos los demás seres vivos, es esencialmente violenta y no desaparece con el paso del tiempo.
Sobre esta base genética se desplegó el desarrollo de la cultura en términos de lenguaje y autoconciencia. Ninguna otra especie logró dar este salto, etc., etc.
Pues bien, si se acepta esta entrada, se convendrá también en que el Adán de esta cadena evolutiva fue el primer homínido que desarrolló lenguaje y autoconciencia, sin perder absolutamente nada del caudal de información genética que lo había llevado hasta ese punto de desarrollo. Literalmente, ese Adán es una bestia que habla y que se percibe a sí misma permanentemente amenazada por el hambre, por los depredadores naturales y por los demás homínidos. Consecuentemente, su primera producción cultural serán armas y herramientas rudimentarias, que generalmente coinciden en un mismo objeto. La piedra afilada de las flechas es el ejemplo clásico.
Algún tiempo después —digamos, dos millones doscientos mil años más tarde—, las cosas habían alcanzado una cierta mejoría. La bestia humana evolucionó y prosperó como especie, se dispersó por grandes espacios geográficos y se diversificó racial y culturalmente. Retuvo, eso sí, las habilidades y capacidades de su experiencia natural primitiva, que debido a su prolongada vigencia en el tiempo, eran las que obviamente tenían la mayor influencia en la determinación de sus acciones cotidianas. Pero ahora, esa violencia natural propia de la vida salvaje se hallaba copiosamente revestida por lenguajes de todo tipo, infinitamente más elaborados que los gruñidos ancestrales, y esa misma cultura produjo una tecnología mucho más sofisticada. En ese momento, ciertos seres humanos empezaron a pensar en sus orígenes.
La historia bíblica de Adán puede verse como el producto literario tardío de unas tempranas reflexiones acerca del origen del hombre que bien podríamos remontar a la frontera de la prehistoria. Alguien, en alguna remota aldea —y me lo imagino anciano, sentado frente al fuego, acompañado por varios de sus allegados—, imaginó y contó la historia del primer hombre, que es todos los hombres. Pero lo curioso de ese relato primigenio es que en él se introdujo un personaje del que nunca nadie tuvo ni ha tenido ni tendrá jamás conocimiento natural. Dios es el personaje invisible y, dicho sea de paso, el personaje literario principal de la Biblia, a quien el relato primigenio le asignó el papel de creador del mundo y creador de Adán.
Uno diría que en la información natural acumulada a lo largo de los milenios no había nada que hiciera presagiar este salto espectacular que fue la aparición de la religión en la vida del ser humano. Pero si la religión es un producto cultural, también podríamos suponer que, en última instancia, surge de la misma dinámica vital que permitió la aparición de la primera flecha.
¿Qué pasaría con nuestra comprensión de las creencias religiosas si asumiéramos la hipótesis de que la religión es también, en cierto sentido, un arma y una herramienta para la conservación de la vida de la especie? Más sofisticada, desde luego, que los arcos y las flechas; pero, no obstante, cumpliendo la misma función que ellos: proteger la vida de aquello que la amenaza.
Lo primero que pasaría es que las amenazas tendrían que concebirse de otra manera. Un arma mucho más sofisticada que una espada o una catapulta ha sido inventada para contrarrestar una amenaza sustantivamente distinta. ¿Qué amenaza estaría tratando de despejar la religión, ya que no serían las del hambre, las inclemencias naturales o los ataques físicos de los otros seres humanos?
Me parece que con la religión, la especie humana estaba reaccionando frente a la percepción de una amenaza muy antigua, pero hasta entonces insuficientemente atendida, que es la capacidad de autodestrucción de la especie humana. En una lectura naturalista, incluso podría decirse que, con vista a perseverar en el ser, la propia evolución genética produce la brecha entre realidad y posibilidad. En un determinado momento de su evolución, los seres humanos son capaces de imaginar un escenario posible, en el que reine la paz entre los seres humanos. A partir de ese momento, se ven en la necesidad de desarrollar las estrategias que conduzcan a ello.
En la moderación de la conducta humana hacia el ideal de la paz, ninguna estrategia cultural podría tener éxito si no se la asumiera como creencia incuestionable. Por ello, toda la especie humana, en un determinado momento de su evolución, produjo religiones. Gobernadas por la evolución genética, es decir, sin ser conscientes de lo que hacían, las diversas culturas ensayaron, casi simultáneamente, muy diversas formas de garantizar la supervivencia de la especie frente a la amenaza de la autodestrucción.
En medio de esa ignorancia respecto de la evolución de la especie, algunas culturas percibieron, sin embargo, que la creencia religiosa consistía básicamente en postular la existencia de un punto de vista arbitral, que trascendiese absolutamente los intereses partidarios en los litigios humanos. En esa religión se trataba de creer en Dios como único juez absoluto e infalible.
¿Por qué nos hemos dado el trabajo de presentar las cosas de esta manera? Primero porque es tarea del filósofo explorar hipótesis, y segundo porque me interesa destacar nuevamente la diferencia que hay entre la fides quae creditur y la fides qua creditur que hemos detectado operando en la tradición occidental.
Si siguiendo la hipótesis de esta clase, la religión no tuviera otro objetivo en la evolución de la especie humana que configurarse como una herramienta para la paz, lo que debemos reconocer es que, en todo caso, ha sido y es una herramienta de doble filo que la humanidad todavía no ha aprendido a manejar bien. El filo ‘quae’ está representado por la pretensión de la religión de ser una doctrina sobre la realidad en general, y bien sabemos que, en tanto tal, la religión es profundamente contraria a la paz. Con ese filo se la viene utilizando como un arma ofensiva desde los albores de la historia. En cambio, en el filo ‘qua’, la religión se nos muestra como un mecanismo de autorregulación de la conducta a favor la de vida humana —mecanismo que tiene que seguir evolucionando, porque hasta ahora es muy poco lo que ha logrado.
Claro que si volvemos a mirar las cosas en el espectro temporal amplio con el que iniciamos la clase, ¿qué son cinco mil años de religión comparados con los tres millones de años (y más) de violencia genéticamente heredada?
[Imagen: http://www.dearqueologia.com/articulos_arqueologia/origen_hombre]








Comentarios
excelente tema. tego una pregunta ¿como se puede explicar la existencia de la religion con el tiempo y su diversificacion en la actualidad?
Por que los evangelicos cobran el 10% del sueldo para el diezmo?????
Gracias
Por que los evangelicos nos tildan de adorar estatuas de yeso como La Virgen de Coromoto???????????????
es el pago a su trabajo.
no los tildamos de adorar estatuas, es la verdad,lea el salmo 115
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