22 octubre 2007

Qué es la creencia religiosa (1/3)

En comparación con otras creencias

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Como hemos advertido desde el inicio, nuestro curso aborda la creencia religiosa desde la perspectiva de la cultura occidental, y eso significa que se privilegia la comprensión de la misma en el marco tradicional del judaísmo y del cristianismo. Estas son tradiciones religiosas que por más de dos mil años se han desplegado en lo que llamamos el Occidente, marcando nuestra concepción de la creencia religiosa de muy diversas formas y siempre bajo la influencia, más o menos fuerte, del legado grecorromano.

Mi objetivo en esta clase no es analizar la complejidad de esta evolución de las ideas religiosas occidentales, sino buscar más bien un denominador común a todas las variaciones y transformaciones que ha sufrido la noción de creencia religiosa a lo largo del tiempo.

Como punto de partida, quisiera concentrar la atención en la noción de lo divino, que es aquello en lo que en primera y última instancia se cree en la creencia religiosa. Este punto de partida tiene la ventaja de hacer ver por qué razón debe decirse que la influencia de la cultura filosófica es más o menos fuerte, ya que ella ha trasmitido su propia noción de lo divino de manera diversa según los distintos contextos culturales e históricos.


En efecto, la primera colisión entre la creencia religiosa judeocristiana y la noción grecorromana de Dios se produce respecto del ‘pathos’ divino. Mientras que la metafísica platónica, la neoplatónica y la aristotélica procuraron concebir a Dios como una realidad perfecta, libre de toda pasión o sufrimiento, las creencias religiosas judías y las cristianas del primer período comprendían a Dios a partir de las innumerables referencias bíblicas a las emociones divinas. En su afán por salvar la coherencia de un discurso unitario acerca de Dios, el cristianismo paulatinamente optó por relativizar las referencias bíblicas y mantenerse firme detrás de las asunciones metafísicas. El judaísmo, en cambio, se mostró menos permeable a la influencia filosófica y mantuvo las tensiones originales que hacían imposible un discurso unitario.

Creer en Dios resultó ser así un fenómeno multifacético. Por el lado del cristianismo, tendió a plantearse como el esfuerzo de reinterpretar los pasajes bíblicos en los que se hacía referencia al ‘pathos’ divino, asumiéndolos como lenguaje metafórico. Los cristianos griegos llevaron esta tendencia a su extremo al proponer una teología para el vulgo, basada en la lectura literal de los atributos bíblicos de Dios, y una teología para iniciados, que podía prescindir de todos los atributos y nombres divinos en la convicción de que ninguno de ellos podía referir a lo inefable. Los cristianos latinos fueron menos drásticos en esta separación, y optaron claramente por un discurso unitario acerca de lo divino que trabajara sobre los sentidos alegóricos de los nombres y las referencias bíblicas de Dios.

En sus dos versiones, el cristianismo buscó relativizar la comprensión de un Dios que se arrepiente o que se enfurece. Estas pasiones había que entenderlas de algún otro modo, porque no eran propias de un ser perfecto. El judaísmo y ciertas tendencias cristianas parecen haber comprendido, en cambio, que si se hacía esa traducción del arrepentimiento o de la ira divina a otra cosa, para que dejaran de ser propiamente arrepentimiento e ira, ¿por qué no habría de hacerse lo mismo con todas las demás pasiones, incluida la pasión del amor?

En todas las tradiciones cristianas sin excepción, creer en Dios equivale a aceptar que Dios es amor. Hay que entender esto en toda su magnitud: El amor es el Dios. Si alguien quiere saber qué es Dios, lo que tiene que hacer es comprender qué es el amor, porque el amor es la divinidad en la que se cree. Esto, como puede verse, pone el tema del ‘pathos’ divino en el centro de la creencia religiosa, y genera inmediatamente un conflicto sordo al interior de la teología cristiana, pues tiene que conciliar, en un discurso único, la tradición bíblica con la tradición metafísica.

Es probable que la teología mística haya sido la única teología cristiana capaz de salvar las dificultades epistemológicas aquí implicadas.

El prestigio de Aristóteles

Las cosas no eran del todo inmanejables en el largo período en el que la teología cristiana latina tuvo que manejarse con las propuestas metafísicas más exigentes previas a la recuperación de Aristóteles. Estas exigencias provenían del neoplatonismo, en particular de la forma en que la filosofía de Plotino había sido acoplada al cristianismo por el pseudo Dionisio Areopagita. Si finalmente ningún concepto conviene a lo Uno, excluido incluso el mismo concepto de lo Uno que, como tal, ya lo determina, entonces todo lo que con verdad se diga de Dios debe interpretarse como parte de una pedagogía divina y no como el producto cierto de una teología humana.

Pero en la Baja Edad Media, la filosofía de Aristóteles generó una cierta pérdida de balance en lo que toca a las pretensiones de la razón humana. A través de su recepción en las escuelas europeas, el aristotelismo introdujo un concepto de conocimiento científico que deslumbró a todos, empezando por los teólogos. Con ello se consolidó la tendencia platónica que desde siglos pretendía despojar al Dios cristiano de la imperfección del ‘pathos’. La sentencia de Aristóteles no podía ser menos contundente: “Es característico de la materia el sufrir, es decir, el ser movida: pero el mover, es decir, actuar, pertenece a un poder diferente.” Con esto, la dogmática filosófica hizo incuestionable que lo divino, porque no es material, no podía de ningún modo padecer. Para todo aquel que hipotecara su creencia religiosa a este dogma filosófico, si la Biblia muestra ‘pathos’ divino en numerosos pasajes, obviamente lo hace en algún sentido figurado.

El peligro de este dogmatismo metafísico ha sido siempre el de asumir que en la proposición ‘Dios es amor’, el término ‘amor’ también tiene un sentido figurado. La creencia religiosa cristiana y judía, más allá de las distintas veleidades teológicas con la que ha querido ser interpretada, asume en la vida de los creyentes arquetípicos que ‘amor’, en la expresión ‘Dios es amor’, es realmente amor. Esto significa que lo que se cree no es solamente que hay un ‘pathos’ divino, sino que propiamente hablando Dios es ese ‘pathos’. Esto incluso puede tener una lectura trinitaria: Así como es ‘logos’ en la persona del Hijo y es ‘ethos’ en la persona del Espíritu, siempre ha sido ‘pathos’ en la persona del Padre.

En las siguientes entregas veremos qué implica esto como doctrina acerca de la realidad y como forma de vida.

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Comentarios

cesar escribió:

hola queria saber que es la creencia

05 junio 2008 a la(s) 12:53

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