En los años 50 se hicieron evidentes las contradicciones del Perú.

Sector urbano versus sector rural. Capitales nacionales versus capitales foráneos. Oligarquía versus pueblo.

Manuel A. Odría y Manuel I. Prado, un dictador y un demócrata. Ambos fueron presidentes del Perú, pero también las dos caras que tuvo el país en la década del cincuenta. Odría depuso a Luis Bustamante y Rivero y gobernó durante dos años con una junta militar, hasta que en 1950 fue elegido presidente de la República en comicios donde no hubo otro candidato, pues su contrincante, el general Ernesto Montagne, había sido encarcelado.

Por su parte, Manuel I. Prado gobernó dos veces. Entre 1956 y 1962 –su segundo mandato- dio muestras de ser gran demócrata y mejor negociador político, así logró erigirse en el candidato de la oposición a Odría, algo que le brindó apoyo popular al momento de la elección de 1956, pero que perdió paulatinamente cuando debió enfrentar la crisis económica de 1957-1958.



Para aquellos que pasan la sexta década de vida, el recuerdo de Odría es el de una época de bonanza. Para el historiador Pablo Macera también; él dice que fueron los años dorados de la clase media, hoy casi inexistente. Bien, ¿por qué se piensa así?

El auge. La clase media se expandió, los profesores y empleados del Estado podían comprarse un auto y una casa después de algunos años de trabajo y ahorro. Las ciudades crecieron –especialmente la capital- y fueron adornadas con monumentales edificios.

Los empresarios nacionales que habían crecido en la década de los treinta, adquirieron maquinarias para mecanizar sus empresas, especialmente las mineras, en 1948 cuando se relajaron los controles sobre las divisas y las importaciones. Como la clase media se desarrollaba, hubo un mercado para la manufactura local y se inició un proceso de industrialización. El Estado tenía ingresos importantes y estuvo en condiciones de encargar grandes obras públicas.

Símbolos. Pero los signos emitidos por esos años maravillosos no sólo eran materiales, también fueron simbólicos. Una chica de clase media, Mary Ann Sarmiento, lograba ser Miss Perú y realizaba su sueño de casarse con su príncipe azul, en este caso, Rafael Graña. Otro ejemplo de esto fue César Odría, hijo del dictador, quien se casó con Charito Arméstar en los salones de Palacio de Gobierno, algo tal vez que ni él ni sus padres hubieran imaginado alguna vez.

La “chola” María Delgado de Odría, una pésima imitación de la legendaria Evita Perón, presidía una junta de asistencia social para aliviar las necesidades cada vez más apremiantes de un pueblo que, a pesar de las contrariedades de la realidad, todavía tenía tiempo y ganas para salir a la Pampa de Amancaes a festejar sus fiestas. No sólo eso. El peruano promedio respiraba además un aparente ambiente de “orden”, aunque asumía los costos de una represión presta a liquidar cualquier manifestación crítica contra el gobierno.

Asimismo, el ochenio odriísta también es el momento de las expectativas y de pensar en un futuro que siempre sería mejor que el presente. Es el período donde se inicia el “desborde popular” y comienzan a formarse las primeras barriadas en las principales ciudades del país, en donde pululan provincianos sin nada entre las manos, pero con muchos planes para ellos y sus hijos. La tasa de migración campo/ciudad hacia Lima se incrementó en un 183% entre 1940 y 1960.

Es la época del siniestro Alejandro Esparza Zañartu, un tipo de personaje recurrente en la historia de nuestro país. Anastasio Somoza y el general Marcos Pérez Jiménez, dictadores de Nicaragua y Venezuela, llegan en visita oficial. Es la época de la persecución al APRA y del cierre de La Prensa y prisión de Pedro Beltrán y Pedro Rosselló en El Frontón, y de la marcha de Fernando Belaunde por las calles de Lima para exigir que se cumpla la ley electoral.

América Latina. Pero, ¿toda América Latina crecía al influjo del libre mercado? La respuesta es no. Los países de la región habían comenzado a nuclearse en torno a las ideas de la CEPAL, creada en 1949 con una propuesta de desarrollo industrial nacional a través de la sustitución de importaciones.

La razón de esto fue que durante la Gran Depresión, y a lo largo de todo el período entreguerras, los gobernantes latinoamericanos se dieron cuenta que después de tantos años de ser exportadores de materias primas y compradores de los productos manufacturados europeos y norteamericanos, sus países no habían logrado desarrollarse como aquellos con los que tenían este tipo de relaciones comerciales.

Algunas naciones latinoamericanas, como Chile y Argentina, padecieron esta crisis porque habían estado mucho más involucradas que otras -como el Perú, que para entonces ya procesaba una depresión interna- en esta política económica dominada por el laissez faire.

Con la gran depresión, Europa y Estados Unidos no tuvieron capital necesario para invertir en la región y sus productos manufacturados fueron comprados en sus propios mercados. De esa manera, América Latina se vio de cara con una deuda externa impagable y obligada a salir de la crisis por sus propios medios. Para ello necesitaban que el Estado sea el agente dinamizador y redistribuidor de sus economías.

Nuestra posición. Sin embargo, el Perú tendrá un comportamiento económico divergente a esta tendencia latinoamericana y aplicará estas políticas de industrialización sólo en las posteriores décadas. En los cincuenta su interés era captar las inversiones del capital extranjero, especialmente estadounidense, y lograr la menor participación del Estado en la economía del país. Es decir, tenía una orientación liberal. Luego de las décadas anteriores de intentos de desarrollos nacionales, en la década del cincuenta no existían las condiciones para un progreso autónomo.

En los años cincuenta la inversión estadounidense en el país estuvo por encima del promedio latinoamericano. El volumen de las exportaciones creció de manera constante, desde un 6% en 1948 hasta un 21% anual entre 1959 y 1962. Los precios de los productos de exportación se mantuvieron estables en esta década. Los productos de exportación más importantes fueron el cobre, plomo, zinc, hierro y la pesca. De estos productos, la pesca fue el sector que tuvo el desarrollo más espectacular.

Pero, como dijimos líneas arriba, es el período en el cual se producen grandes inversiones de capital extranjero, que comenzaron a desplazar la participación nacional, especialmente en el sector minero. Los empresarios nacionales, para poder consolidarse, requerían ampliar sus negocios y participar en gran escala en la producción. No estuvieron en la capacidad de hacerlo por su extrema debilidad, falta de capital y no contar con el apoyo del Estado, que en esos momentos estaba lejos de tener una política nacionalista.

Productos clave. El azúcar y el algodón se expandieron en esta década porque se amplió la frontera agrícola con nuevas tierras irrigadas en la costa, mayor abastecimiento de fertilizantes, introducción de nuevas variedades de caña, etcétera. Odría retomó el gigantesco proyecto Olmos, iniciado por Leguía, e impulsó el Banco Agrícola. Olmos y otros proyectos de irrigación en la costa, por iniciativa privada y del Estado, incrementaron en un 19% el área total irrigada.

El alza internacional del precio del azúcar se debió a la Segunda Guerra Mundial y a la guerra de Corea; esta coyuntura estimuló la inversión en dicho sector. Hacia el final de los años cincuenta el precio internacional del azúcar bajó, pero fue compensado con el incremento de la demanda interna. Los peruanos cada vez usaban más azúcar y menos chancaca para endulzar sus alimentos.

Con la revolución cubana de 1959 el Perú incrementó su cuota internacional de azúcar, pero no pudo cubrirla por la baja producción, límites tecnológicos, sequías y aumento del consumo en el país. En este período se comenzó con la pionera elaboración de papel a partir del residuo de caña y Luis Banchero Rossi inició la experimentación de la melaza en la alimentación del ganado.

Con el caso del algodón ocurrió el mismo proceso. Aumentó la producción y se convirtió en el primer producto de exportación peruano, especialmente incentivado por el incremento de la demanda a propósito de la guerra de Corea. Sin embargo, a los pocos años el precio bajó porque había demasiada oferta de este producto en el mundo, y había incursionado el tejido sintético.

Hacia el final de la década surgen problemas laborales entre los sólidos gremios (organizados por el APRA) y los hacendados (que comienzan a despedir mano de obra por la baja de los precios en el mercado mundial).

El sector líder. La pesca fue, sin duda, la actividad de desarrollo más espectacular de la década. En los primeros cinco años se continuó con la producción de pescado enlatado que se vendía en los mercados norteamericanos y británicos, pero luego se dio el salto a la producción de harina de pescado.

La gran oportunidad se presentó cuando la harina de pescado, que hasta ese momento sólo era utilizada como fertilizante, pasó a ser uno de los insumos fundamentales para la elaboración de alimentos balanceados para los cerdos y aves de corral. El alza repentina del precio permitió que se invierta en tecnología, cambio de redes –de algodón a nylon- y construcción de bolicheras. De 17 fábricas en 1954 se pasó a 69 en 1959. Se aprovechó la infraestructura descartada en California para trasplantarla en las costas peruanas.

La banca financió proyectos en este sector a corto plazo y con renovación anual. Casi todos los empresarios de este sector fueron de clase media: Banchero, Elguera, Madueño y Del Río, entre otros. En la década de los sesenta los nacionales comienzan a ser desplazados por las inversiones extranjeras y surgen síntomas de la crisis que sobrevenía a este sector, pero eso es otra historia. Lo que queda en el recuerdo es que en la década del cincuenta se dio el despegue de este sector, y, sobre todo, se recuerda un nombre: Luis Banchero Rossi.

Las causas. Como hemos visto, durante la década del cincuenta el país tuvo un momento de reactivación económica en todos los sectores productivos (se duplicó el volumen de exportación), pero este empuje inicial no fue sólido ni duradero. A fines de la década el impulso inicial empezó a declinar paulatinamente en todos los sectores económicos del país; y en el decenio siguiente la tasa anual de crecimiento bajó de 18 a 3%.

¿Por qué está década no pudo convertirse en el punto a partir del cual la economía peruana creciera y se desarrollara establemente?

En primer lugar, porque una economía orientada a la exportación de productos primarios depende de los precios internacionales. En 1957 concluyó el período de los buenos precios para casi todos los productos que exportábamos.

Por otro lado, los gobiernos de este período no pudieron erradicar la tendencia al déficit presupuesto ni modificar la composición del comercio exterior.,

Al término de esta década se evidenciaron problemas que el Perú había acumulado a lo largo de todo el siglo. Como vimos en el caso del azúcar, no pudimos cumplir con las cuotas mundiales de producción porque teníamos límites estructurales: no había suficientes tierras de cultivo para ello. En el caso del petróleo, no se consiguieron yacimientos de importancia, y la pesca alcanzó sus límites ecológicos. A fines de esta recordada época sólo nos quedaba el cobre.

Contraste. El grado de desarrollo urbano contrastaba fuertemente con el del sector rural. Los capitales locales habían sido desplazados de los sectores de exportación por los extranjeros y sólo les quedó concentrarse en la inversión urbana; además, recién comenzaban a intentar experimentar en la industria. La Ley de Promoción Industrial será una muestra de ello.

Esta diferencia cada vez más fuerte entre los sectores urbano y rural, así como la consolidación de los nuevos sectores sociales, comenzó a presionar en este período de manera más fuerte con la demanda de una mejor redistribución de los ingresos, mejores servicios y mayor presencia política. Hacia el final de los cincuenta pierde vigencia la tendencia liberal y nuevamente el Perú se orienta hacia políticas nacionalistas. A estas alturas, se dice que el Estado debía tener mayor protagonismo en la economía, especialmente en la inversión de grandes proyectos. Empezamos a andar, una década después, por el camino que América Latina ya había iniciado.

Lo cierto es que en la década del cincuenta hubo cambios importantes en la sociedad y economía peruanas. Con Prado se cerró toda una época ahora lejana en la historia del Perú.


CASALINO SEN, Carlota. “Una década clave”. Business. Año VI Nº 61, Octubre de 1999, pp. 126-128.