Condenado Cornejo

Si mi banco de información no me falla, Arequipa tiene un nuevo record: ser la única región que tiene a un rector, Rolando Cornejo Cuervo, condenado a prisión. ¿El motivo? Peculado por casi setecientos mil soles. Ese triste honor es compartido con la Universidad Nacional de San Agustín, otrora gestora de grandes prohombres y hoy sumida en un descredito que tiene su expresión más alta en esta sentencia que pinta de cuerpo entero la situación actual de nuestra principal universidad pública.
Yo era autoridad de la universidad agustina cuando Rolando Cornejo Cuervo ejercía su rectorado, luego de varios vicerrectorados de la mano con Juan Manuel Guillén, cuando éste nos vendía la fantasía de haber “refundado” la UNSA para hacerla “la mejor del país”. Producto de ese compadrazgo, Guillén le cedió en bandeja de plata la dirección de la universidad a un Cornejo Cuervo del cual ya se sabía de sus malas artes, que empezaron a destellar ni bien asumió el cargo.
Así, recuerdo, empezaron los escándalos en la UNSA que eran denunciados en el semanario “El Búho” que hacíamos con Mabel Cáceres y un pequeño equipo de románticos como Alejandro Lira, Jorge Álvarez y Paola Donaire. Pero a Cornejo Cuervo, tales denuncias no le causaban ni siquiera escozor. Grande fue nuestra sorpresa cuando descubrimos que la que sí lo irritó fue la del Atlético Universidad, un proyectucho que consistía en colocar un equipo de fútbol en la primera división, financiado, lógicamente, con dineros de la universidad.
La desmesura de la reacción rectoral ante esa denuncia, nos indicó que estábamos en la dirección correcta; sin embargo, nunca imaginé que tal desbocamiento lindaría con conductas propias de pandillas criminales, pues no sólo empezaron a llover los juicios por “difamación”, sino las persecuciones y amenazas de muerte, principalmente a Mabel. En lo personal, me costó la liquidación total en mi carrera docente dentro de San Agustín. Recuerdo vívidamente a muchos de mis colegas sumándose a las filas rectorales, haciéndole cola para su demostración de “lealtad”, y proponiendo, vía sindicato, mi despido de la universidad por “traición a la autoridad”. Otros, pretendiendo ganarse más simpatías rectorales, volanteando y conminado a los alumnos a que no ingresen a mis clases por “sidoso”.
Es decir, allí descubrí que la mafia rectoral era una maquinaria monárquica (la presencia del hijito al lado del papi y mami, era sintomática) perfectamente organizada que iba a impedir por cualquier medio su desarticulación. Y así fue, pasaron años y no pasó nada. Las autoridades judiciales comprometidas con el tema, miraban al techo, luego de haber recibido condecoraciones u horas lectivas, y la miasma cornejiana continuó inundado la universidad, incluso consagrándose con una reelección y luego con el continuismo que representa la actual autoridad agustina.
Allí es donde consideré que el proceso de mierdización de la UNSA era irreversible; sin embargo, en los últimos años, otros medios se sumaron a las investigaciones que El Búho hizo sobre la monarquía cornejiana (por la cual mereció un premio internacional), y la sentencia realizada hace un par de días por una jueza valiente, condenando a Cornejo a prisión efectiva, reafirma que aunque tarde, la justicia llega.
Obviamente, el condenado apelará, y es posible que dado los poderosos tentáculos que tejió todos estos años con el Poder Judicial, le reduzca la pena, y así se libre de las rejas. Sin embargo, ya pesa sobre él una condena, de muchas que todavía tiene pendiente. Pero hay que advertir que, a las finales, sólo se le vienen condenando por malversación, que es un delito menor a uno más gigantesco que sembró en la UNSA: el haberla condenado a un desprestigio y mediocridad casi insalvable.
Así, recuerdo, empezaron los escándalos en la UNSA que eran denunciados en el semanario “El Búho” que hacíamos con Mabel Cáceres y un pequeño equipo de románticos como Alejandro Lira, Jorge Álvarez y Paola Donaire. Pero a Cornejo Cuervo, tales denuncias no le causaban ni siquiera escozor. Grande fue nuestra sorpresa cuando descubrimos que la que sí lo irritó fue la del Atlético Universidad, un proyectucho que consistía en colocar un equipo de fútbol en la primera división, financiado, lógicamente, con dineros de la universidad.
La desmesura de la reacción rectoral ante esa denuncia, nos indicó que estábamos en la dirección correcta; sin embargo, nunca imaginé que tal desbocamiento lindaría con conductas propias de pandillas criminales, pues no sólo empezaron a llover los juicios por “difamación”, sino las persecuciones y amenazas de muerte, principalmente a Mabel. En lo personal, me costó la liquidación total en mi carrera docente dentro de San Agustín. Recuerdo vívidamente a muchos de mis colegas sumándose a las filas rectorales, haciéndole cola para su demostración de “lealtad”, y proponiendo, vía sindicato, mi despido de la universidad por “traición a la autoridad”. Otros, pretendiendo ganarse más simpatías rectorales, volanteando y conminado a los alumnos a que no ingresen a mis clases por “sidoso”.
Es decir, allí descubrí que la mafia rectoral era una maquinaria monárquica (la presencia del hijito al lado del papi y mami, era sintomática) perfectamente organizada que iba a impedir por cualquier medio su desarticulación. Y así fue, pasaron años y no pasó nada. Las autoridades judiciales comprometidas con el tema, miraban al techo, luego de haber recibido condecoraciones u horas lectivas, y la miasma cornejiana continuó inundado la universidad, incluso consagrándose con una reelección y luego con el continuismo que representa la actual autoridad agustina.
Allí es donde consideré que el proceso de mierdización de la UNSA era irreversible; sin embargo, en los últimos años, otros medios se sumaron a las investigaciones que El Búho hizo sobre la monarquía cornejiana (por la cual mereció un premio internacional), y la sentencia realizada hace un par de días por una jueza valiente, condenando a Cornejo a prisión efectiva, reafirma que aunque tarde, la justicia llega.
Obviamente, el condenado apelará, y es posible que dado los poderosos tentáculos que tejió todos estos años con el Poder Judicial, le reduzca la pena, y así se libre de las rejas. Sin embargo, ya pesa sobre él una condena, de muchas que todavía tiene pendiente. Pero hay que advertir que, a las finales, sólo se le vienen condenando por malversación, que es un delito menor a uno más gigantesco que sembró en la UNSA: el haberla condenado a un desprestigio y mediocridad casi insalvable.

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