
Hacía mucho sol ese día y mi hermano y yo habíamos ido a la piscina como todos los veranos. Éramos pequeños aún, menos de quince años, por lo menos. Eran esos días en los cuales podrías echarte a flotar sin que nada te importase, teniendo la piscina solo para nosotros y alguna gente más. Pensaba que el cielo estaba muy azul y que nada podría salir mal. Mi hermano se encontró con un primo nuestro y se fueron más allá a hacer escándalo. Siempre me ha encantado disfrutar esos momentos llenos de paz de manera solitaria. Nadie molesta, nadie te perturba. Fue cuando me cayó una pelota inflable, sacándome de mi paz. Me incorporé, tomé la pelota y empecé a flotar sobre ella, pataleando hasta llegar a la orilla. “¡Go… gomen!” me dijo (¡Disculpa!) una voz dulce. El sol no me dejaba ver bien. Le alcancé la pelota a una chica, sus mejillas estaban rojas. “No te preocupes”. Era callada, pero su mirada me decía muchas cosas: “¡Qué vergüenza!”, “espero que no piense que soy una molestia”, “Lo siento, lo siento, lo siento”. Le sonreí y seguí flotando. Su hermana pequeña intentó lanzar otra vez la pelota al agua, pero ella la detuvo. Se quedó sentada ahí, con los pies dentro del agua.

Realmente, no me importaba, pero era la primera vez que sentía que alguien me observaba. No había, literalmente, nadie más dentro de la piscina. Solo yo y mi soledad, disfrutando de una perfecta tranquilidad. La pelota volvió a caer cerca de mí, me incorporé otra vez, tomé la pelota y empecé a flotar sobre ella otra vez. Me acerqué a ella, que seguía sentada ahí, riéndose tan dulcemente, que creo que me iba a enamorar. Su risa era muy pura. Tapaba su hermosa sonrisa con su mano. No nos dijimos nada, solo reíamos y sonreíamos. Yo flotaba y daba vueltas y ella acomodaba su cabello. No nos dijimos nada, pero su mirada me decía muchas cosas: “¿está muy fría el agua?”, “¿puedo nadar contigo?”, “¿cuál es tu nombre?”. Cosas así. Me sentía algo extraño en esa… “interacción”. No nos dijimos una sola palabra pero pude sentirme tan cómodo a su lado que no quería irme ni que ella se vaya. Era… perfecto. Era algo muy puro. Era como el amor en estado puro. Ese tipo de amor que no se define en ninguna acción específica por parte de ella o por parte mía. No dijimos palabra, pero nos encantábamos en cada mirada, en cada risa, en cada gota que salpicaba. Simplemente, está ahí, es amor en estado puro.
Así pasó un poco más de tiempo y su mamá le dijo algo, al principio no la escuché porque tenía agua en los oídos. Pero ella se incorporó y me hizo una seña como para que le alcance la pelota de su pequeña hermana. Se la di y fue donde su mamá. Hablaban en japonés. Comprendí por qué no me dijo nada todo ese tiempo. Me pareció algo sorprendente. “¡Ja na!” me dijo (¡hasta luego!) y le hice adiós con la mano. Volví a la piscina casi a diario con mi hermano, como estábamos acostumbrados, pero nunca más vi a esa chica. Pensaba por las noches si podríamos estar otra vez como ese día, sin decirnos una palabra, pero sonriéndonos y tener eso tan puro que solo sucede en circunstancias parecidas. Pero no volví a verla más.

Pasó el tiempo y con el tiempo he aprendido algo de japonés. Muy básico en realidad. Pero me pregunto ahora qué habría sucedido si yo hubiera podido comunicarme con ella en esa vez. ¿Habría sido tan puro como eso que vivimos? No lo creo. Porque es algo difícil de explicar, pero el amor en estado puro es eso, pureza. No es necesaria una sola palabra para hacer sonreír a la otra persona. Simplemente, sonríes y te sientes tibio por dentro y sólo deseas que dure una hora más, un día más, etcétera. Me alegra no haber sabido japonés en esa época. Tal vez, nunca habría experimentado amor en estado puro.










me gusto
jajaja