Melodía

Ella despertó algo emocionada. Al fin llegó mañana. Estaba segura que hoy sería el día. Porque siempre que había imaginado este día, y había sentido todo eso que sentía apenas despertó. "Hoy es el día" se decía a sí misma. Él le había dicho: "tengo algo muy importante que decirte mañana... ¿me esperas en el lugar de siempre?". "Claro!" había respondido tan sonriente. Había esperado cerca de cuatro años para que él le dijera esas palabras que, siempre, son el preámbulo, el prólogo, para una hermosa historia de amor...

Tengo algo muy importante que decirte mañana...

Al fin llegó mañana. Al fin llegó el día de hoy. Todo empezó hace cuatro años cuando ella se tropezó con él. Sus libros cayeron al piso. Ella no. Él la sostuvo tiernamente del brazo, mientras los ojos de ella poco a poco pasaban del piso hacia sus ojos. “Lo siento, estaba distraído” le dijo y ella no dijo nada. Los dos libros estaban ahí como diciendo “lo logramos!”. Él los tomó y los colocó sobre sus manos. Ella se limitó a mirarlo en silencio. El día era brillante, así como cuando es soleado y hay algo de neblina en el aire. No, tal vez eran los anteojos que estaban en el suelo también. Él los tomó y le dijo: “¿Sabes? Siempre me gustaron tus anteojos…”. Se los dio y disculpándose una vez más, volvió a colocarse las manos en el bolsillo y se fue despidiéndose con la mano. Para ella, esa despedida fue el primer “hola”.

Cuando caminaba por ese lugar, siempre se detenía bajo aquél árbol. La vista era hermosa pues se veía casi toda la ciudad. No hacía mucho viento, por lo que era cómodo. Era su refugio, su santuario. Jamás había ido con nadie y no pensaba en esas cosas aún. Disfrutar ese lugar ella sola era más que genial. Pero un día, ella, acomodándose el cabello, vio que él estaba más allá, apoyado sobre aquella valla de madera verde, mirando el ocaso. No supo que hacer. ¿Acercarse? ¿Hablarle? ¿Hacer como si no lo hubiese visto? Mientras pensaba, él la vio y le hizo “hola” con la mano. “Ahí viene ¿qué le digo?” pensaba desesperadamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas y un nudo en la garganta no podía dejarla hablar. El chico que le encantaba desde que era una niña estaba viniendo a su lado, en el lugar preferido de ella. ¿Acaso era un sueño?

- “¿Por qué no usas tus anteojos? Te estás perdiendo el ocaso” le dijo.
- ¿Qué pasa?
- Nada.
- ¿Segura?
- Sí… eh… ¿por qué?
- Estás algo callada. En el instituto pareces más habladora.
- No se qué decirte.

Eso no quería decirlo, pues, para ella, sonó feo. No lo miró a los ojos, pero podía sentir su mirada y su sonrisa. ¿Por qué tenía que estar ahí? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por…

- A mi también me encanta este lugar, ¿sabes? Encuentro mucha paz y la vista es genial. No sabía que a alguien más le agradara este tipo de lugares. Las personas andan más ocupadas de lo que tienen que hacer que en encontrar un momento para uno mismo. Creo que es genial que a ti también te agrade este lugar porque así no tendría que venir solo. Detesto venir solo. Es un tipo de lugar que se tiene que compartir, ¿no crees?

Ella asintió con la cabeza mirándolo. El sol incomodaba la vista pero pudo ver que él le sonreía. Le encantaba su sonrisa. Le encantaba su mirada. Le encantaba tanto que él pensara así, como ella. Es genial que existan personas como él aún. Se siente tibio el corazón cuando sabes que puedes existir personas como él. Ella no dejaba de pensar en cosas que le hubiera encantado decirlas. Pero así estaba bien. No había que decir nada. El mp3 de ella siempre tenía la misma melodía cuando iba a ese lugar. Ella le hizo escuchar un poco y él sonrió. Qué hermoso es compartir cosas importantes con la persona que te encanta.

esa melodía...


Así pasó el tiempo y los mejores amigos conversaban, intercambiaban cosas que escribían, contaban cosas que les pasaba en sus casa. Así pasaba el tiempo y siempre, todos los días, luego del instituto, iban a ese lugar, ese santuario que siempre se convertía en un lugar donde las palabras no alcanzaban, así que no se decían mucho. Solo estaban juntos mirando el ocaso y la ciudad gris. Siempre escuchando la misma melodía que, ahora, compartían como tono de celular. A veces, cuando él la llamaba, dejaba sonar la melodía un poco y cerraba sus ojos, disfrutando. En invierno, caminaban un poco más juntos o tomaban café en una de esas máquinas que a veces no te devuelven las monedas. Se reían mucho cuando eso pasaba. En verano, comían helado y en primavera buscaban dos flores iguales. Jamás encontraron esas dos flores ese día, pero él pareció triste.

Así pasaron algunos años más hasta que, un día, él le dijo: "tengo algo muy importante que decirte mañana... ¿me esperas en el lugar de siempre?". “Claro!” le respondió ella. Emocionada, porque había estado enamorada de él todo ese tiempo y él siempre había estado a su lado. En esos momentos tristes y en los alegres también. Riéndose y a veces llorando por cosas que la ponían así. Él siempre estuvo ahí, pero lo amó en silencio porque todo era tan hermoso que no necesitaba más. Sin embargo, siempre quiso besarlo y abrazarlo fuertemente, así como no se besan y se abrazan los amigos, sino, los enamorados.

Al fin llegó mañana. Al fin llegó el día de hoy. Todo empezó hace cuatro años cuando ella se tropezó con él. Ella llegó diez minutos antes de la hora en que habían quedado. Practicó el beso que le daría besando al viento y abrazando los rayos luminosos de la tarde y del ocaso. Luego, esperó en la banca de siempre. Esperó mirando al piso, luego de media hora. Esperó mirando el ocaso por una hora más. Ella era paciente y nunca miró hacia atrás. Esperó mientras sus ojos se llenaban de lágrimas durante media hora más. Finalmente, no pudo evitarlo. Después de tres horas, volteó y él estaba ahí con dos flores, sus manos estaban llenas de tierra.

Eres un estúpido...


- Eres un… eres un… ¡estúpido! ¡Te odio!
- Lo siento, pero, pensé que… Bueno… yo… pues… ¿recuerdas que desde hace cuatro años que buscamos dos flores exactamente iguales? Pues, si bien fue algo así como un juego, yo lo tomé en serio y durante estos cuatro años he buscado y buscado esas dos flores exactamente iguales. He buscado en este lugar, bajo el árbol, y por todos los lugares donde hemos ido y en otros también. Muy lejos. Y jamás las encontré. Yo quería encontrarlas para ti hoy. He estado en casa hasta ahora llorando porque me dije a mi mismo que si no encontraba esas dos flores iguales, no te merecería. No las había encontrado hasta ayer, por eso no iba a venir. Pero me dije a mi mismo: “No importa, porque se que ella me perdonará y aún cuando le haya fallado, me amará”. Así que vine, sin alistarme ni lavar mis manos. Y al llegar, tres horas tarde, te vi sentada y debajo de ti encontré estas dos flores que son exactamente iguales. Ahora puedo estar tranquilo. Te amo y deseo estar contigo para siempre…”



Ella tomó las dos flores que él buscó durante cuatro años para ella. Lo besó tiernamente por primera vez, mejor de lo que había practicado y tomó su rostro sucio con sus manos tibias. Aceptó y tomó la mano de él, llena de tierra y fueron hasta la sombra de aquél árbol. Él la abrazó así como se abrazan las personas que se aman y ella, con una eterna sonrisa dibujada en su pequeño rostro, deshojaba los pétalos de las dos flores que eran exactamente iguales… Y se mezcló todo: los pensamientos, los sueños, las ilusiones, los pétalos y todos se los llevaba el viento, junto con la melodía que ambos compartían, ahora eternamente.

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Comentarios

Lila escribió:

Muy tierna la his!
Para nada cursi eh! n_n
Bien Taka =)
martes 16 octubre 23:49

dtakaezu escribió:

Vaya! Gracias Lila. A veces se me ocurren este tipo de historias., ¿Debería crear una categoría específicamente para estas historias?
miércoles 17 octubre 10:24

beluu escribió:

hermosa!
expreso un monton de sentimientos!
viernes 07 marzo 11:46

yume escribió:

PUES ME ENCANTO LA HISTORIA POR ERROR ENTRE AQUEI PERO ESTUVO

GENIADL

PUES ESPERO QUE SIGAS ESCRIBIENDO
ME ENCANTO REPITO ESTUVO DI-VI-NA.
JAJAJAJA VALE

CHAO
martes 03 marzo 22:47

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