
Me considero… siempre me he considerado un chico con una buena estrella. A lo largo de la vida, he tenido realmente muy buena suerte. He podido enamorar a la chica que quería y que me diga con nudos en la garganta: “te quiero”. He podido tener las cosas que siempre he soñado: “Mi guitarra nueva se llamará ‘Yoru’, que significa ‘noche’…”. He podido obtener cosas que realmente no merecía: “¿te agrada el trabajo? Es tuyo”… Pero, cuando pienso en la Persona para mí, mi suerte se vuelve muy oscura y difusa y se me es arrebatado cada sueño, cada ilusión. Buscar y creer encontrar. Eso no es mala suerte… es una Maldición.
Nosotros los humanos buscamos a la persona que nos complete. Si bien tenemos todos planes individuales, sueños de realización, etc. Siempre necesitamos de alguien que nos acompañe en nuestra travesía. Alguien con quien reír, con quien llorar, ya saben, de esa persona que te reconozca así no te diga una sola palabra. Sabes que ella o él te ama y lo único que desea es definirse en ti.

No puedo ser feliz aún porque no encuentro a la persona para mí. Y mi suerte es cada vez más débil, más tenebrosa. Un día caminé con una persona que de la noche a la mañana se convirtió en un gran sueño. Una gran ilusión. Pude rozar su mano izquierda con mi mano derecha y la cogí del brazo en algún momento. Pero no la miré a los ojos porque sabía que me enamoraría de ella si lo hacía. Miré a la nada y pensé tristemente: “Qué suerte tendrá la persona que pueda tener la mano de esta chica siempre entrelazada con la suya… cuando camine con ella, se aferrará a su perfume con muchas ansias y suspirará y pensará que es tan feliz por estar con ella. Cuando compren algo de tomar, jugará con su índice y su pulgar. Cuando llegue a casa de sus padres, no dejará de tomar su mano a pesar que su hermanita los mire con celos. Se sentarán en el sofá y pensarán que harán mañana cuando terminen su examen y seguramente irán a caminar cerca del mar, el lugar favorito de ella”…

En un capítulo de Honey and Clover, Yamada llora por el hombre que nunca conseguirá y Morita, un amigo, le coge la mano y la acompaña a su casa. En el camino, ella piensa algo que completa mucho lo que yo quise pensar esa vez: “Por favor, dios, si no puedo pedir por mi propia felicidad, pido por la persona que pueda tener esta mano tibia siempre con ella. Pido por la felicidad de esa chica, si no puedo pedir por la mía”.
El chico más suertudo del mundo no soy yo, después de todo. Es aquél chico que pueda tener para siempre la mano de la persona para él. Esa mano que yo rocé ese día que la conocí. Esa mano que yo moría por tomar discretamente mientras caminábamos para ver el mar.
Por favor, dios, si no se me permite pedir por mi propia felicidad, pido por la de aquél chico que sea o será dueño, para siempre, de la mano de la chica que yo me enamoré en solo un día, y que al día siguiente comprendí que jamás sería para mi.







