24 febrero 2006

Mt 22: 1-14

Kandinski
Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: ‘Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas.’ Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren.’ Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. ‘Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’ El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: ‘Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.’ Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.”

EL REINO DE LOS CIELOS: No es un reino de este mundo (Jn 18: 36), lo que significa que para entrar en él, en cierto modo, hay que pasar a otro mundo. Si entendemos el ‘pasar a otro mundo’ como morir, es fácil separar el Reino de los Cielos de la vida en este mundo en términos de señalar que es el Reino de la Vida Eterna. Pero el problema es que, según Juan Bautista (Mt 3: 2) y el propio Jesús (Mt 4: 17), también es verdad que el Reino de los Cielos ha llegado ya, y que ha llegado sin dejarse sentir (Lc 17: 20).


No es de este mundo, pero está de algún modo en este mundo. Esta aparente contradicción se resuelve sin gran dificultad si partimos de concebir la vida en este mundo como un progresivo morir. Constatar que estamos vivos implica constatar que estamos muriendo (el famoso ‘Sein-zum-Tode’ de los filósofos). Así, el Reino de los Cielos sigue siendo por antonomasia aquello que está más allá de la muerte, pero se halla, al mismo tiempo, en medio del mundo, porque ‘ser-en-el-mundo’ es ‘ser-para-la-muerte’.

EL REY: Un rey en la antigüedad es un verdadero soberano. Esto significa que, en su reino no hay otra voluntad que se halle al mismo nivel ni sobre la suya. En la aplicación de la parábola, el rey es Dios, y el reino es el Reino de los Cielos, donde Él es soberano absoluto.

LA CELEBRACIÓN DE LAS BODAS DEL HIJO DEL REY. EL BANQUETE: Ocurre algo muy importante en el Reino de los Cielos, y Dios quiere celebrarlo. Para ello invita a algunos a tomar parte en aquella reunión en la que se demuestra la amistad mutua: Comer y beber juntos (que es lo mismo que celebra Qohélet). En cierta forma, es una invitación a ‘morir-de-algún-modo’, es decir, a entrar ya a ese Reino que no es de este mundo.

LOS SERVIDORES DEL REY: Servidores son los que sirven, y en esto sirven a Dios todos aquellos indicios que nos recuerdan que vivimos para morir. En el lenguaje de los filósofos esos indicios son la vulnerabilidad, la temporalidad, la finitud, etc., atributos de la condición humana a los que generalmente nadie quiere prestar demasiada atención. En el lenguaje de las personas normales, esos atributos están crudamente presentes en este mundo como envejecimiento, dolor, enfermedad, fatalidad, etc., es decir, como todas esas cosas que tarde o temprano se presentan en nuestras vidas para alcanzarnos, como buenos servidores de Dios, la misma invitación de siempre.

LA INVITACIÓN ESPECIAL:
Memo
A: los Amigos de Dios
De: los Servidores de Dios
Como ya se habrán dado cuenta, ustedes de todas maneras van a morir, de modo que Dios los invita a morir bien: Nada menos que en un banquete divino. ¿Qué dicen?
Interesados llamar hoy mismo antes del cierre de oficina.

NEGARSE A IR AL BANQUETE: Como ocurre con todos los demás seres humanos, tampoco a los Amigos de Dios les suele causar gran entusiasmo la idea de morir. Se comprende entonces que se hagan los sordos ante una invitación tan directa.

APODERARSE Y MALTRATAR A LOS SERVIDORES: Ahora bien, si los servidores insisten, es posible que su insistencia incomode tanto al ser humano que se desate en él una extraña vocación: Ansia de seguridad sin límites, de salud plena e inquebrantable, de eterna juventud. Esta vocación no tardará en traducirse en una lucha febril contra todos aquellos indicios que le recuerden su finitud y su vulnerabilidad. Será una lucha tan desesperada, que recurrirá a todas las herramientas que tenga a mano, desde los sacrificios rituales propiciatorios, pasando por la metafísica, hasta llegar a la ingeniería genética.

LAS TROPAS DEL REY Y EL INCENDIO DE LA CIUDAD: Desde esta óptica, las tropas de Dios que incendian la ciudad son la multiplicidad de eventos en los que se concreta la finitud y la vulnerabilidad humana: Accidentes imponderables, enfermedades incurables, crueldad de los otros seres humanos, etc. Si se juntan todas esas tropas para atacar en un solo lugar, simplemente arden en llamas las defensas psicológicas, culturales y materiales que se supone cobijan a las personas en este mundo.

LA INVITACIÓN GENERAL A BUENOS Y MALOS:
Comunicado
Ante esta condición dramática de la existencia humana, que el propio Dios, en su soberanía real, ha dispuesto para todos nosotros, y vista la negativa del grupo de invitados precedente, los Servidores de Dios hacemos extensiva la invitación a morir bien a todos, sin importar que se llamen a sí mismos Amigos de Dios o que realmente sean buenas personas.

EL TRAJE DE FIESTA: El traje con el que nos revestimos indica cómo nos hemos preparado para el encuentro y la importancia que le atribuimos. Pues bien, una cosa es aceptar la invitación y tomársela en serio, y otra cosa muy distinta es decir, ‘Sí, acepto morir bien’, pero, sin embargo, llegar maltrajeado a la hora de la muerte.

EL AMIGO SIN TRAJE DE FIESTA. SU SILENCIO: A mí lo que me conmueve de la parábola es que el amigo (nótese que el rey se dirige a él y lo llama ‘amigo’) no se da cuenta de que viene maltrajeado. Su silencio es patético, porque es como si estuviera pensando para sí: ‘Pero ¿cómo? ¿No es que yo soy su amigo? ¿Cómo me hace esto a mí? Se supone que les tiene que pedir traje de fiesta a los otros, no a mí.’

LA EXPULSIÓN DEL AMIGO: La expulsión, entonces, se la ha ganado el amigo del rey por defecto de una mejor preparación para morir. Al rey no le queda más remedio que decirle: Mira, así como vienes, tan maltrajeado, de ninguna manera te podrás librar de los terrores que te causa la muerte.’

MUCHOS SON LLAMADOS, PERO POCOS SON ELEGIDOS: Saco de esto tres consecuencias: (1) El llamado de los Servidores es múltiple y permanente. (2) La elección de los elegidos no la hace propiamente Dios, sino uno mismo. (3) Probablemente no haya nada más personal en esta vida que ese acto libre de elegir cómo queremos morir.

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