(Los Andes 20/09/07)
Hace poco más de 10 días las congresistas María Sumire e Hilaria Supa, se enfrascaron en una discusión con la fujimorista Martha Hildebrandt por la propuesta del proyecto de Ley sobre la Preservación, Uso y Difusión de las Lenguas aborígenes del Perú. Todo se inició cuando la lingüista dijo que la propuesta “no va a servir para nada”. Las congresistas se indignaron, y se sumó al pleito el upepista José Saldaña; quienes interpretaron que las palabras de Martha Hildebrandt iban en desmedro de los idiomas nativos. Luego de una discusión la propuesta fue enviada a la comisión de Educación para que ahí sea debatida.

Está por demás discutir la importancia de todos los idiomas. Promoverlos tampoco está en cuestión, puesto que es obvio que con la pérdida de uno de ellos perdemos muchísimo más de lo que imaginamos.

Esto hubiera sido un incidente más en los siempre conflictivos -y poco productivos- debates del congreso, de no ser por tratarse de un tema que tiene que ver con la médula de la riqueza cultural de nuestro país: la diversidad idiomática, y por haberse dado en un contexto donde la revaloración de las lenguas aborígenes está en boga.

Los que tenemos la oportunidad de trabajar en zonas rurales en diversas regiones donde el quechua es hablado mayoritariamente, sabemos de las dificultades que se tiene para leerlo. Inclusive el material de diversas instituciones elaborado en quechua o aymara no tiene el efecto deseado y muchas veces quedan en la lista de las buenas intenciones como promover o revalorar el idioma nativo, pero con desconocimiento de la realidad en que se dan esos trabajos.

Incluso resulta muchas veces cruel dar material en castellano y quechua o aymara a personas que pisaron la escuela hasta segundo o tercero de primaria. Esto se agrava aún más en el caso de las mujeres, puesto que la idea que las mujeres deben quedarse en la casa para aprender a cocinar, a cuidar a los hermanos menores y a la diversidad de tareas del hogar, mientras los varones van a la escuela, es una realidad tan actual que uno cree estar viendo una película de hace 50 años.

Lo peor de todo es que ante ello las autoridades educativas se quedan en el silencio y no dicen esta boca es mía cuando deben hacerlo. Como ejemplo hace unos meses fuimos testigos como un ex director regional de Educación, se enfrascó en un lío de nunca acabar con el presidente regional, mientras los y las que necesitan propuestas concretas siguen esperando. Sobre el Proyecto Educativo Regional, poco es lo que se sabe, sobre la política educativa desde el gobierno central y regional, es igual de lamentable la situación.

Hay muchas cosas por hacer. Trabajemos para que algún día en las instituciones públicas de nuestra región, y en todas las regiones donde se hable además del castellano algún otro idioma, se atienda al público en ambos, trabajemos para que algún día hablar quechua o aymara deje de dar vergüenza y no se diga nunca más “disculpe, voy a hablar en aymara”, como dijo un joven en Chuchito durante una reunión hace poco menos de un año. Trabajemos para que se deje de ver al quechua y a las demás lenguas como el idioma de los vencidos, y que se deje de pensar que para ser mejor hay que hablar inglés.

Asimismo debemos trabajar para que toda la riqueza y sabiduría de los lingüistas de todas las lenguas que se hablen en el Perú, no sea un asunto sólo de intelectuales que tienen tanto que decir, pero que por estar acartonados en algún claustro universitario o lamentándose por lo que no se hizo, se quedan con los brazos cruzados.

Y todo esto pasará necesariamente por una vocación por la diversidad, que no es hacer un favor a nadie, sino esperar de los que toman las decisiones, tomen las correctas y que no estemos lamentándonos por perder alguna lengua nativa de nuestro país y preguntándonos por qué los peruanos estamos tan lejos unos de otros y por lo poco que con eso se puede construir.