Apuntes iniciales sobre ética
Como hemos estado explorando en estas primeras conversaciones, el término ética evoca significados nada sencillos. Nada sencillos en tanto la ética tiene que ver expresamente con la acción humana y los criterios que guían, de cierta forma, aquellas acciones cotidianas de nuestra vida. En ese sentido, y dado que el mundo de la cotidianeidad está rebasado de situaciones, desde aquellas que consideramos a primera vista muy simples, hasta aquellas que tenemos por complejas o muy complejas, decíamos que la ética es la el criterio, el buen juicio en términos de Aristóteles, que nos impulsa a dar la mejor respuesta posible a cada una de esas situaciones de nuestra vida. Es decir, cada circunstancia, situación, relación, decisión, etc etc, demanda de nosotros un tipo de respuesta que sea la mejor, entre múltiples posibilidades.
Como pronto notarán, este proceso, si podemos llamarlo de alguna manera, representa por sí mismo algo sumamente complejo. Así es la vida. Esto es la vida. Vivir, existir en su sentido más amplio y fundamental, es situarse como protagonista de una historia que tiene múltiples retos y nos demanda de muchas maneras respuestas que si o si debemos dar. Estas respuestas, entendidas como decisiones, son las que de alguna manera marcarán el derrotero en aquel camino que nos hemos trazado hacia nuestra realización plena. Realizarnos plenamente como personas, entonces, exige de nosotros que decidamos, en la medida de lo posible, utilizando criterios éticos, entre los cuales, el principal, es el sentido de los límites y el no daño a otras personas.
Los límites se establecen colectivamente, son aquellas concepciones valorativas de la vida, tal como diría Miguel Giusti en su texto “El Sentido de la Ética”, pero entendidas fundamentalmente en su aspecto colectivo. Es decir, aquellas formas valorativas de la vida son los valores que cada sociedad se forja en su hacerse comunitario y que terminan por constituirse en el ethos en el que estamos insertos y que actualizamos con nuestras propias acciones en el espacio público.
En ese sentido, los límites representan las exigencias mínimas que acordamos para una vida en sociedad, para el trato con las demás personas y que nos lleva siempre a pensar que, cada decisión, cada acción o proyecto que yo desee emprender en la búsqueda de mi realización, siempre tendrá algún tipo de consecuencia en los demás. Por ello la responsabilidad siempre ha sido considerada una virtud ética porque demanda de nosotros evaluar hasta qué punto nuestras decisiones u acciones podrían dañar a otras personas.
Como vemos, la reflexión ética no es algo que se pueda formalizar en un decálogo de buenas acciones, o en un código de deberes y prohibiciones, aunque estos sean pertinentes en espacios formalizados como el trabajo o los sistemas de administración de justicia. La reflexión ética exige de nosotros mucho más de lo que conscientemente podríamos aceptar, y en lo que siempre, lo queramos o no, estamos comprometidos.
Publicado el 06/07/11 por cmvelarde | Categoría: Ética y Política | Visto 99 veces |
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