Soy una convencida de que la ciudadanía y la ética se educan en el día a día. Educan tanto las “cosas grandes” que se hacen en su nombre (una propuesta curricular especialmente diseñada, por ejemplo, o las declaraciones públicas de principios) como los pequeños detalles de la convivencia diaria, aquellos que pasan desapercibidos pero cuya presencia (y/o ausencia) no son inocuas.

Como ejemplo cuento lo siguiente, que si bien sucede de casualidad en una cafetería de la PUCP puede pasar (y de hecho pasa), en cualquier institución educativa. Desde hace mucho tiempo tengo un malestar por la presencia de este aviso en la caja de la cafetería de Arte:

Cartel PUCP


No es el cartelito en sí mismo el que me molesta, aunque claro, creo que habría que reflexionar sobre si los docentes o administrativos son por alguna razón personas especiales y merecen tener el privilegio de usar una determinada cola, y no otra, para hacer sus compras. Me inclino a pensar que no lo son y que una sola cola (o mejor dos o tres, para descongestionar) bastaría para todos. Creo que los docentes y administrativos son miembros de la comunidad universitaria tanto como cualquier otra persona, y personalmente no me siento más importante para el buen funcionamiento de la Universidad, ni con más derecho a tener una cola exclusiva que, digamos, un estudiante o un trabajador. Pero en fin, eso es debatible y pueden existir argumentos que defiendan lo contrario (como que docentes y administrativos tienen menos tiempo para almorzar que los estudiantes, que son mayores y merecen una deferencia, que hay muchos más estudiantes que docentes y administrativos y por eso hay que darles a estos últimos una cola especial, que así se hace en todas partes, o cualquier otra razón imaginable).

Lo que me preocupa en realidad es que ese cartel es letra muerta y está colgado allí de adorno: nadie le hace caso y el sistema parece haberlo asimilado así, pues nadie se inmuta cuando, por ejemplo, una fila larguísima de estudiantes invade la cola que se supone no está destinada para ellos y ni los docentes o administrativos que están en esa cola, y mucho menos los empleados de la cafetería les señalan el cartel ni les recuerdan la regulación existente. Es aun peor cuando el que está allí es un adulto "de la calle", es decir, una persona que no es ni docente ni administrativo PUCP. Allí sí que nadie dice absolutamente nada.


Personalmente he preguntado a los empleados que atienden la caja por qué no hacen respetar el cartel, y para algunos ha sido sorpresiva mi pregunta, como si el cartel fuera invisible para ellos o como si mi pregunta viniera de Marte. Otros han respondido, algo avergonzados, que los estudiantes se molestan cuando les señalan el cartel, y que por eso han dejado de hacerlo.

Creo que se podría hacer todo un debate sociológico sobre el tema, que seguramente sería muy interesante. Pero aquí, más modestamente, solo me anima el señalar algo puntual desde una perspectiva psicopedagógica: no es en absoluto educativo que una institución infrinja de esa manera las normas (arbitrarias o no, pueden debatirse como dije más arriba) que ella misma se impone. Lo que ocurre para mí frente a ese cartelito aparentemente inofensivo es lo que ocurre en la sociedad en su conjunto: ponemos normas que nos dan la sensación de que nos estamos regulando, cuando en la vida cotidiana solo están allí para darnos la oportunidad de pasarlas por alto. Los estudiantes, que deberían aprender que las regulaciones sociales tienen un sentido y deben respetarse, aprenden en esta cola todo lo contrario: que no pasa nada si uno no coopera con las reglas de convivencia, que estas están allí realmente por gusto...

Sería una buena idea que todas las instituciones educativas (especialmente los colegios, tan llenos de reglamentos obsoletos y reglas muchas veces sin sentido) revisaran sus normas, a ver si hay "cartelitos" como este (o sus equivalentes) que están allí sin razón alguna y que en lugar de ser formativos, contribuyen a des-educar a los niños y jóvenes. Si las prácticas de convivencia reales y diarias nos indican que una norma ya no tiene sentido, o si esta (por más bien intencionado que haya sido su origen) ya no resulta práctica pues es muy difícil vigilar su cumplimiento (como parece ser el caso en el ejemplo que cuento), pues lo indicado sería revisarla. Las normas imposibles de cumplir no sirven de mucho.