11 febrero 2006

Mt 8: 1-4

Kandinski
Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: “Señor, si quieres, puedes purificarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. Y al instante quedó purificado de su lepra. Jesús le dijo: “No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

En este breve relato hay algo que no parece cuadrar del todo. ¿Qué hace un leproso en medio de la multitud? Hasta donde tengo entendido, los leprosos en la Antigüedad (como ocurría también en la Edad Media) vivían estrictamente segregados del resto. Si alguno osaba abandonar su confinamiento y acercarse a un grupo de personas sanas, simplemente era apedreado.

Si eso es así, entonces, las posibilidades de interpretar el encuentro que se narra en este pasaje son las siguientes:

Posibilidad 1. El individuo enfermo venía recubierto por una túnica y nadie se dio cuenta de que era un leproso hasta que se descubrió ante Jesús.

Posibilidad 2. En tiempos de Jesús se llamaba ‘lepra’ (en hebreo ‘tzaraat’) a muchas cosas, todas ellas referidas a alguna afección cutánea más o menos grave (desde el acné, pasando por la soriasis, hasta la lepra propiamente tal). Lo importante es que cualquier afección visible siempre sugería algún grado de impureza moral. Pudo tratarse, entonces, de un individuo impuro en lo moral, pero aparentemente no contagioso, que se le acercó a Jesús a vista y preocupación de todos los demás.

Si elegimos la primera opción, difícilmente podremos evitar ver el milagro como lo ponen algunas películas de Hollywood (que ahora, con las técnicas nuevas, pueden mostrar sin corte de escena a un individuo monstruoso que se transforma y queda limpio con sólo ser tocado por Jesús). Pero si elegimos la segunda posibilidad, convendremos en que no había allí propiamente lepra, en el sentido clínico, sino lepra en el sentido moral. La lepra moral era el rechazo y la discriminación social basados en la ignorancia de la gente y en el hecho de que el hombre cargaba con algún estigma en la piel. Y este tipo de males morales es lo que el amor de Jesús definitivamente cura.

De esta segunda posibilidad de interpretación surge otro tema en este pasaje, que suele pasar desapercibido. Si se leen las prescripciones de Moisés a las que hace referencia aquí Jesús, se verá que quienes tenían autoridad para curar a los leprosos eran los sacerdotes. Pero, ¿qué significaba en ese tiempo curar a un leproso, si la lepra propiamente tal recién se ha podido curar en el siglo XX? Obviamente, en ese contexto no puede tomarse la expresión en un sentido clínico, sino religioso. Curar a un leproso era algo que un sacerdote en la Antigüedad hacía al examinar la llaga y detectar si era contagiosa o no. Después de ese examen, muchas personas eran confinadas a las cuevas, ya porque de hecho contagiaban, ya por simple voluntad del sacerdote. Otras, en cambio, eran purificadas (es decir, declaradas no contagiosas) y por ende, si cumplían con el ritual exigido, podían deambular libremente. Esto les permitía recibir una mayor aceptación social, aunque siempre restringida por el temor que causaban las marcas visibles en la piel.

Si se mira bien, se verá, pues, que en este pasaje, al darle Jesús la razón al estigmatizado que le dice ‘tú me puedes curar’ y tomar en sus manos la purificación, está, como de costumbre, desafiando a los sacerdotes. Para comprender la magnitud del desafío, hay que comparar este acto tan simple de Jesús, de solo tocar a la persona, con el complejísimo y, sobre todo, carísimo rito de purificación descrito en el capítulo 14 del Levítico. Eso nos permite suponer que quizás ese hombre no tenía los recursos económicos suficientes para costearse una purificación y por eso busca a Jesús.

¿Cuál es entonces el milagro? Para mi fe escéptica es nuevamente una liberación del pueblo hecha mediante la autoridad del amor. ¿De qué se le libera? Del yugo del ritual y de los crueles prejuicios sociales que ese yugo genera.



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Comentarios

Gilberto Martinez escribió:

¿Qué hace un leproso en medio de la multitud? es tu interrogante para desviar la atencion del contenido del texto. No es el leproso que va a la multitud, sino la multitud que va al leproso. No hay que ser minucioso para darse cuenta que Jesus estaba en la montaña apartado y cuando bajaba, entonces, le abordo el leproso. Es decir, que el leproso al igual que Jesus estaba aislado de la gente, pero por razones distinta,claro. La gente al igual que el leproso buscaba a Jesus unos para escuchar sus enseñanzas, otros para acusarle y otros para ser sanados. Una vez mas, la gente invadio el territorio del lepro. Por esta razon ves al leproso en medio de la multitud. Y ahora, ¿¿te cuadra??

01 agosto 2008 a la(s) 01:31

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