27 agosto 2007

Filosofía y Religión

Nuestro punto de partida ha sido subrayar que el discurso religioso, respecto de sus principales objetos de referencia, está conformado por creencias y no por conocimientos. No se conoce a Dios o el Reino de los Cielos, sólo se cree en ello. Esta diferencia epistemológica es sumamente importante, porque una cosa es preguntar por la verdad de los conocimientos y otra muy distinta es preguntar por la verdad de las creencias.

Cuando preguntamos por la verdad de los conocimientos, lo que hacemos es reclamar una prueba suficiente de la adecuación entre las proposiciones en las que se expresa el conocimiento y el estado de cosas al que supuestamente refieren dichas proposiciones. Si se obtiene esta adecuación, entonces el conocimiento es verdadero. Si no se obtiene, es falso. En cambio, cuando preguntamos por la verdad de las creencias, lo que hacemos es algo muy distinto. Pero, desafortunadamente, con demasiada frecuencia no advertimos que se trata de regímenes racionales completamente distintos, y de hecho solicitamos de las creencias que se comporten como si fueran conocimientos, al punto de que, incluso, llegamos al absurdo de solicitar pruebas concluyentes acerca de la verdad de las creencias.

¿En qué consiste este error de juicio? Olvidamos que toda creencia es, en realidad, una opinión. De modo que nuestra pregunta, correctamente planteada, debería ser qué significa preguntar por la verdad de una opinión.

Es aquí que se suele cometer el segundo y quizás más grave error epistemológico en esta materia. Bajo la influencia ancestral del platonismo, se piensa que no tiene sentido hablar de la verdad de una opinión o, dicho de otro modo, que sólo hay verdad en el ámbito del conocimiento. Este prejuicio platónico ha causado enormes estragos en la religión, de los que haremos mención más adelante en el curso.

Ahora conviene concentrarnos en la pregunta filosófica central: ¿cómo debemos concebir la verdad de una opinión religiosa? La filosofía de la religión se ocupa de explorar las posibles respuestas a esta pregunta. Desde luego, la tradición cristiana pone ciertas condiciones a esas respuestas, la primera y más importante de las cuales es que no se asuma que la opinión religiosa es una opinión cualquiera sino una creencia verdadera. A esta creencia verdadera se la llama precisamente ‘fe’ para enfatizar su carácter distintivo.

Un historiador de las religiones o un sociólogo que investiga ciertas manifestaciones religiosas no se plantean la pregunta acerca de la verdad o el carácter razonable de las creencias que estudian. Ellos incluso podrían declarar que sus estudios incluyen también las falsas creencias, y no se molestarían en explicar qué se quiere decir cuando se afirma que una creencia es falsa. Esta es la tarea de los filósofos. ¿Qué hace que una creencia sea verdadera o falsa, toda vez que se ha acordado no aplicar a las creencias el concepto de verdad como adecuación?

Ahora voy a poner aquí un ejemplo de la vida cotidiana que puede ayudar a indicar el rumbo de nuestras reflexiones. En una sobremesa familiar se empieza a discutir sobre algún tema de religión y dos miembros de la familia se traban en una disputa acalorada acerca de sus opiniones divergentes. Por último, uno de ellos exclama: ‘¡No es verdad lo que dices!’ Lo que claramente está implicado en esa exclamación es que es posible que alguien se halle en la verdad respecto de esa cuestión religiosa, y que además exprese esa verdad, más o menos adecuadamente, a través de una opinión. A la Filosofía de la Religión le conviene dudar de eso, y la sugerencia más sabia, como lo saben algunas personas, sería no discutir las opiniones contrarias a las propias, a no ser que impliquen acciones que conlleven un grave daño inmediato, perfectamente previsible, a la integridad física y moral de las personas. Si no es así (y en la mayoría de los casos no es así), lo mejor es guardar silencio.

Ya hemos hecho el contraste con el historiador, con el científico social y hasta con el hombre corriente que habla de religión en su casa. Un teólogo, por su parte, reflexiona acerca de su propia creencia, buscando sostener de manera consistente y por todos los medios posibles que la suya es una creencia verdadera. Él es una persona que se adhiere de antemano a la verdad de la creencia que profesa, y puesto que milita en esa causa, su actividad no se compara con la del filósofo de la religión. Como toda filosofía, la Filosofía de la Religión es una reflexión crítica acerca de esas creencias que se asumen como verdaderas.

¿Qué hace que una creencia religiosa sea verdadera y otra falsa? ¿Qué significan en este contexto ‘verdad’ y ‘falsedad’? No haré por ahora más que adelantar lo siguiente: atrapados por el paradigma platónico (y a fortiori moderno) del conocimiento, muchos intentaron distinguir una creencia religiosa verdadera de una falsa asumiendo que la primera se correspondía con la realidad que enunciaba y la segunda no. Esta propuesta no sólo fracasó rotundamente sino que fue además causa directa de enormes sufrimientos que, desafortunadamente, aún no ha desparecido como amenaza hoy.

La propuesta alternativa pasa por trabajar el parentesco que existe entre la pregunta de la Filosofía de la Religión y la pregunta por la obra de arte. ¿Qué hace que una pieza sea considerada, de manera intersubjetiva, como arte, mientras que otra obviamente no lo es? Seguir por esta ruta implica estar dispuesto a sacrificar la universalidad de la verdad, que se hallaba haciendo de zanahoria del asno en el paradigma anterior.



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Comentarios

fernanda y silvana escribió:

hola tu articulo me parecio interesante, por tanto
lo incluiremos en nuestro ensayo de filosofia y religion gracias!!!

01 mayo 2008 a la(s) 03:52

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