24/08/07: La prensa, ¿pariente pobre de la historia? (por Rosalba Cruz Soto)
(La Mg. Cruz Soto es profesora y miembro del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México y ha publicado importantes ensayos sobre historia e historiografía de los medios).
Hacia la década de los setenta del siglo pasado, la periodista Oriana Fallaci escribía que la entrevista es un documento a caballo entre el periodismo y la historia. En un periódico, el cronista deja de ser el narrador imperturbable que debe ser el historiador porque a aquél sí se le permite sentir, digamos, rabia ante los acontecimientos. Quienes cotidianamente se dedican a escribir textos para la prensa pueden elaborar reportajes prácticamente sobre cualquier tema y denunciar lo que a su parecer constituyen, por ejemplo, injusticias. Sólo que en ciertas épocas hay temas vedados para el periodista, no así para el historiador. No obstante, gracias a los periodistas del siglo XX los historiadores del XXI tendrán materiales desde los cuales podrán arrancar sus trabajos históricos, lo que no significa que todos los temas podrá encontrarlos en los periódicos. Aspectos como éste constituyen puntos de contacto entre la historia y el periodismo.
Al historiador y al periodista se les exige permanecer imperturbables frente a los hechos. No obstante, hay historiadores que ante su descontento por lo que sucede optan por escribir su propia versión de los acontecimientos. Tal es el caso, por ejemplo, de Lucas Alamán, quien experimentó un gran enojo ante el espectáculo de ver destruido el orden de la época colonial después de 1821. Por eso narró su interpretación de la independencia de México en la década de los cuarenta del siglo XIX.
Muchos historiadores han sido periodistas involuntarios de su momento y de los sucesos que les tocó presenciar. Sólo que ni el historiador ni el periodista tienen “bastantes ojos, bastantes oídos y bastante cerebro para ver y oír y comprender todo”. A lo más que pueden aspirar es a dejar una versión personal de los acontecimientos. Para alcanzar una versión “objetiva” el profesional debería reproducir momento a momento, instante por instante, lo que sucedió en el pasado y no hay ni tiempo ni espacio para hacerlo, y ni caso tendría.
La entrevista con el pasado
¿Acaso el historiador no es un excelente periodista que entrevista a los documentos que consulta y que fueron escritos en el pasado? Este académico se acomoda ante un documento para preguntarle qué quiso decir su autor; le plantea al texto una misma pregunta de distintas maneras para intentar encontrar lo que esconde. Sí. Casi de la misma manera que lo hacía Oriana Fallaci en sus entrevista a Henry Kissinger para confrontarla con la de Nguyen Van Thieu y también con la de Nguyen Van Giap. Ella deseaba encontrar la verdad acerca de la paz en Vietnam, pero pronto se percató de que sólo podía asentar la versión de las personas.
En la actualidad ¿cuántos historiadores colaboran en los periódicos nacionales?, lo que no es exclusivo ni de nuestro tiempo, ni de quienes se dedican a la historia. Tampoco es una situación propia de los historiadores; también otros especialistas como los economistas, sociólogos, etcétera, acostumbran colaborar en diferentes diarios para tratar de explicarnos la realidad, ya sea nacional o internacional, y entonces se dicen periodistas. Incluso durante el nacimiento del periodismo nacional a partir de 1821 se puede recordar a un Alamán, a un Mora y a un Zavala –sólo por mencionar a unos cuantos–, promoviendo la fundación de periódicos, o como redactores o editores de periódicos, antes de escribir las obras históricas que los hicieron conocidos.
Lo anterior hace evidente que no se requiere estudiar ni periodismo ni comunicación para estar en la nómina de un periódico, a excepción de los reporteros que escriben la noticia, la crónica y el reportaje cotidiano. En realidad son ellos quienes llevan el registro del acontecer diario. Los reporteros de los periódicos son quienes salen a la calle para dar su versión de cualquier suceso o entrevista a personajes –importantes o no–, es decir son los ojos de la sociedad. Elaboran el material que dentro de varias décadas será consultado para construir la historia de los años que hoy vivimos.
Hago énfasis en el reportero de la prensa porque el periódico es el único medio que deja un registro abierto a los historiadores del futuro. No es que los reporteros de la radio o la televisión no contribuyan al registro del acontecer cotidiano, sino que los materiales que producen en forma de crónicas, reportajes y entrevistas no están abiertos a la consulta de los estudiosos. Porque nuestras leyes se olvidaron de hacer obligatorio para los dueños de la radio o la televisión el envío a alguna videoteca o audioteca nacional de todo lo que circula mediante las ondas radiofónicas y televisivas. En cambio para la prensa en general sí es un deber mandar a la Hemeroteca Nacional un ejemplar de cada una de los números que imprimen.
La objetividad
El periodista es responsable ante un gran público y hasta hace algunas décadas su prioridad era el bien común, se le exigía “objetividad”, se le pedía redactar la noticia diciendo quién hizo qué, cuando, cómo y por qué. ¿Acaso al historiador no se le solicitaba también acercarse –bien o mal– a la “verdad” cuando en sus textos nos decía quién hizo qué, cuándo, cómo y por qué? Sin embargo, hoy en día ya casi nadie demanda objetividad ni al reportero ni al historiador porque es bien conocido que todo texto es producto de la interpretación de su autor y que el contenido de los periódicos son versiones personales de un acontecimiento que pasan muchas veces por el tamiz de los intereses personales. Y esta situación es algo que todos los que se acercan a la historia deben tener presente.
El periodista narra los acontecimientos del ayer inmediato, en tanto que la narración del otro se aleja más en el tiempo. No obstante, cuando alguien trata de afirmar que un reportaje o una crónica es la escritura de la historia actual, ¿acaso no se ve a la prensa como aquél pariente pobre siempre dispuesto a cuidar al pariente rico cuando está enfermo, pero que no se le invita a los grandes festines porque no tiene la suficiente elegancia para presentarse?
Huellas que mienten
Los periódicos constituyen una de las fuentes preferidas de quienes estudian el siglo XIX y el XX. Hay un grupo nutrido de historiadores que se acerca e investiga en ellos y los ve como medios con vocación informativa que registran datos fidedignos. Difícilmente se percatan de que el reportero que está detrás de la noticia, la crónica o el reportaje sólo hace una representación personal del acontecimiento. Como fuente para la historia, el periódico carga consigo una doble subjetividad: la intencionalidad del autor y la selección del historiador. Sin embargo, desafortunadamente es bastante común la imagen que se tiene de la prensa como medio fidedigno que informa acerca del pasado.
A pesar de que los diarios nos aportan sólo una versión parcial de lo que sucedió en otras épocas, sí lo son para encontrar huellas del pasado. Por ejemplo, las críticas teatrales periodísticas del siglo XIX permiten examinar las diversiones y las pasiones que la sociedad consideraba aceptables en los distintos tipos de entretenimiento; después el estudioso habrá de hurgar en otros documentos que le permitan completar su investigación. En la prensa que publica las críticas teatrales el historiador encuentra pistas, pero siempre tendrá que recurrir a otras fuentes para llegar a su objetivo y comparar distintas versiones de un mismo hecho.
Hay en especial un tipo de obras históricas cuyas fuentes documentales preferidas son los periódicos; se trata de aquellas que abordan la historia política del país. Para evitarme problemas con los historiadores mexicanos –o tal vez resulte lo contrario–, ejemplificaré con el caso de un historiador extranjero: Michael P. Costeloe y su texto La primera república federal de México (1824-1835). Un estudio de los partidos políticos en el México independiente.
En su lectura llama la atención la gran cantidad de periódicos que el autor utilizó como fuentes documentales. Con una simple operación aritmética es posible comprobar que casi la mitad de sus citas las obtuvo de periódicos porque los utilizó en un 47% de sus referencias.
¿Qué leyó Michael P. Costeloe en periódicos que se publicaron durante el periodo que estudió para escribir La primera república federal de México? ¿Qué tanto puedo confiar en su texto?
1. Lo primero que puedo decir es que Costeloe sólo consultó 26 periódicos publicados en la ciudad de México de un total de 94 publicados entre 1821 y 1835 en dicha ciudad y que se encuentran en las hemerotecas de la Ciudad de México. Es decir, la mitad de sus fuentes documentales de la obra provienen de la prensa, pero leyó menos de la tercera parte (28%) de la prensa editada en la ciudad de México durante el periodo que estudia. Con esa lectura nos habla de las ideas y luchas de escoceses y yorkinos, de las luchas y rivalidades de lo que llama “partidos”, de quiénes eran los “hombres de progreso”, de los personajes considerados “liberales”, etcétera.
2. Costeloe debió acotar la segunda parte del título del libro que textualmente dice “Un estudio de los partidos políticos en el México independiente” ya que todos los periódicos que consultó corresponden a la ciudad de México y dejó de lado a los 131 periódicos que se publicaron en los estados de la república. Con la lectura de sólo el 12% de los periódicos editados en el país, nos habla de los partidos políticos en todo el México independiente. En algún momento debió dejar de lado la generalización. Incluso sería provechoso que los historiadores abandonaran el centralismo imperante en los estudios históricos y se ocuparse de lo que sucedió en otras ciudades del país, aunque también sería muy bueno que quienes con pasión desarrollan la historia regional de la prensa reconozcan que en ciertos momentos de la historia de México es imposible dejar de referirse a la prensa de la capital porque debemos reconocer que hemos vivido de facto en un país centralista.
3. Para tratar de conocer qué leyó Costeloe en la prensa, en el cuadro 1 se sombrearon con gris aquellas filas del cuadro que tienen más del 50% de citas obtenidas de la prensa. Entonces, se observa que utilizó con más frecuencia a los periódicos para documentar poco más de la mitad de los capítulos de su libro (8 de 15 capítulos) y que corresponden a los capítulos que se encuentran del lado izquierdo.
Al revisar las 481 notas al pie que tienen como fuente documental a la prensa, se observa que Costeloe recurrió a ésta para:
a) Enterarse de lo que se discutía en las sesiones de la Cámara de Diputados y del Senado. Mal hecho, porque –como los mismos diarios lo aclaraban– mucha de la información venía compendiada por falta de espacio. Así lo aclara, por ejemplo, el editor del Águila Mexicana el 19 de enero de 1824 que a la letra dice: “No es nuestra culpa que tengamos que extractar las sesiones del Soberano Congreso [...] y nos falte espacio…”.
Es decir, la prensa no era fidedigna, ni siquiera en la información relacionada con los debates en el Congreso. Es más, la información acerca de los debates en el Congreso variaba de un diario a otro.
b) Nuestro historiador también leyó en distintos periódicos los discursos, las alocuciones, las circulares del Ministerio de Relaciones a los estados, los decretos, informes, textos de leyes, dictámenes de comisiones especiales de las legislaturas estatales que, por supuesto, también se publicaban resumidos en los periódicos. Sin embargo, no tuvo en cuenta que en aquella época el editor de un periódico ya se enfrentaba a la necesidad de seleccionar la información y además publicaba las partes de los discursos, de las circulares y de los dictámenes que más le interesaban.
Es incomprensible que el autor no haya recurrido a los documentos donde se encuentran los textos completos de dichas leyes, dictámenes, etcétera.
c) Michael Costeloe leyó la prensa de 1821 con ojos de lector moderno, como si tuviera en las manos un ejemplar del Excélsior o La Jornada. Con frecuencia se refiere a los editoriales y artículos de fondo de los periódicos. Pero por más que se hojeen diversos diarios de la primera década de vida independiente, jamás se podrán localizar textos escritos a la manera de un editorial o artículo de fondo. Aunque en la prensa extranjera de aquellos años se empezaban a conformar algunos de los géneros periodísticos hoy en día comunes, en la nacional esto sucedería hasta finales del siglo XIX.
d) Por último, el autor consultó sucesos relacionados con las detenciones y los festejos que se organizaron a causa de acontecimientos como la derrota definitiva de los españoles, en 1825, así como las crónicas de eventos sociales tales como las cenas que ofrecían los extranjeros Ward y Poinsett, dimisiones, destituciones o nombramientos de ministros, críticas y acusaciones a éstos por pertenecer a los yorkinos y a los escoceses, listas de electores y resultados de votaciones, cambios en los gabinetes, detenidos en relación con varias conspiraciones, etcétera. Y así concluye que tal o cual periódico apoyaba a tal o cual partido o los encasilla en el cajón de los liberales o en el de los conservadores. Pero cuando se lee con cuidado uno solo de estos periódicos, salta a la vista que es prácticamente imposible encontrar una idea que en esta época permita etiquetarlos de conservadores o liberales, términos inclusive incorrectos para las primeras décadas de la vida independiente de México.
Me he atrevido a hacer este ejercicio para demostrar dos verdades que me parecían muy obvias hace más de diez años: la prensa debe ser estudiada cuidadosamente y las investigaciones que utilizan a la prensa como fuente documental no son estudios sobre la prensa. Lo anterior significa que aún faltan trabajos que se acerquen a la prensa como objeto de estudio. La prensa constituye un objeto cultural con su propia historia y, por tanto, es necesario estudiar e interpretar este objeto. Ese conocimiento de nuestros periódicos sería de gran ayuda para todos los científicos sociales. Si tuviéramos mínimamente el estudio de por lo menos aquellos más importantes de cada periodo, el trabajo del historiador se facilitaría, creo yo, enormemente. Hay un caso que siempre menciono cuando hablo de este tema. Hace 39 años que Charles Hale señalaba en El liberalismo mexicano en la época de Mora, que la utilización, el uso y la interpretación de los periódicos en su investigación le fue muy problemática. Se lamentaba de que nadie había hecho un estudio detallado y atento de ellos, por lo que el investigador debía presuponer mucha información relacionada con la prensa de cada periodo. A cuarenta años de distancia, la situación –en este sentido– muy poco ha variado.
Creo que los historiadores de la prensa no hemos hecho nuestra tarea porque no hemos estudiado la prensa como debe ser. En primer lugar, porque todavía andamos a la caza de una metodología propia para acercarnos a ella como objeto de estudio. A mi parecer, esto se debe a que en el campo de la historia de la prensa unos somos periodistas y otros historiadores a quienes nos ha faltado, más que el tiempo, el interés para sentarnos juntos a elaborarla, pero sin ese prejuicio de los parientes ricos que sólo en ciertas ocasiones conviven con los parientes pobres. (También en otro texto he escrito una autocrítica a la manera como los que estudiamos periodismo hemos escrito la historia de la prensa.) ) No podemos negar que existe una gran lucha por definir quién puede elaborar una historia mejor, sin percatarnos de que en realidad los historiadores tienen cualidades que no tenemos los periodistas y en cambio los periodistas tenemos otras que no tienen los historiadores.
En la prensa de nuestro siglo, cada vez más el historiador mexicano ha buscado hacerse presente en la prensa aunque, dicho sea de paso, esto ha sucedido desde el siglo XIX. Sin embargo, el historiador ve con recelo a los periodistas que se acercan a estudiar su objeto de trabajo. Los periodistas no son los parientes pobres del historiador, sino aquél pariente al que debemos recurrir siempre que queremos saber qué sucede en la familia, pero lo negamos cuando quiere convertirse en el protagonista de nuestras fiestas.
Una propuesta
Puesto que creo en la inutilidad de hacer críticas sin elaborar propuestas, rápidamente apunto aquellas que propongo para el estudio de la prensa. He tratado de fundamentarlas con datos para evitar caer en las generalizaciones que tanto daño han hecho en nuestro campo de estudio:
1. Para que un historiador pueda utilizar la prensa como fuente de información documental de donde pueda extraer hechos y datos se requiere de estudios detallados y atentos de los periódicos, no tanto para caracterizar sus rasgos específicos como para comprender la manera en que eran utilizados, quiénes tenían la posibilidad de redactarlos, cómo eran internalizados sus contenidos en los distintos grupos de la sociedad, cómo, dónde y entre quiénes circulaba el periódico, etcétera. Es decir, para cada publicación periódica es necesario, por ejemplo, llevar a cabo el estudio de su circulación y de la geografía social de sus lectores con el fin de establecer la representatividad que el historiador le dará a un periódico determinado. La primera representatividad que hay que darle al periódico es la de sus editores. Después, la de los lectores que tenga en distintos lugares geográficos.
Con esta información, el historiador que abreve de la prensa datos y hechos no sólo se evitará la tarea de adivinar quiénes estaban detrás de los diarios, cómo laboraban o quienes eran sus lectores, sino podrá ubicar a la prensa de cada época en el sistema de comunicación, primero, y en el sistema de impresos, después, para determinar cómo se enteraba el común de la gente de lo que estaba aconteciendo.
2. Puesto que la prensa tiene su propia evolución, su historia y su periodización, es importante valorar las condiciones generales en las cuales nace y se desarrolla cada publicación periódica para proponer sus propios periodos de desarrollo, porque en los estudios con los que contamos se ha elaborado una periodización general que coincide con los la vida política del país.
Yo me atrevería a proponer una periodización de la historia de las publicaciones periódicas impresas, basada en sus formatos, sus técnicas de impresión, en los años en que se editaron, en el origen y la evolución del trabajo periodístico, así como en la difusión:
Tengo la justificación para esta cada uno de estos periodos que propongo. Para demostrar un caso, es decir por qué al primero se le ha denominado periodo de la protoprensa, les muestro este otro par de cuadros donde vemos qué se publicó, a manera de periódico, durante todo el siglo XVIII.
Se trata de tan sólo ocho publicaciones que generalmente circularon durante escasos meses, con pocas entregas, con una periodicidad bastante irregular y en las que más del 80% del material que contienen era redactado por el propio editor, a excepción de la Gazeta de México de Manuel Valdés. De aquí que en materia de periódicos podamos establecer que el siglo XVIII pertenece al periodo de la proto-prensa o de aprendizaje tanto en materia de edición como de la lectura de las nuevas publicaciones periódicas.
Me gusta el concepto de aprendizaje porque si ubicamos a estos impresos periódicos como un medio de comunicación, encontramos que esta prensa es un elemento más de todo el sistema de información novohispano donde también hay que considerar a los papeles, o mal llamados folletos, que se editaban como hojas sueltas. La prensa estaba aprendiendo a caminar sola, buscando formas distintas para hacerse presente en la sociedad virreinal.
Para mostrarles porqué hay que considerar también –y yo diría, en primera instancia– los folletos, cada vez que recurramos a los impresos periódicos del siglo XVIII y de las dos primeras décadas del XIX, les muestro estas gráficas 1 y 2 donde se observa cómo a partir de 1821 decayó constantemente la impresión de folletos y, en cambio, aumentó la de los impresos periódicos.
Por lo tanto, es indispensable considerar a estos impresos –es decir, los folletos– como un medio que interviene en la transmisión de mensajes, situación cuya importancia va disminuyendo en el periodo posterior a la independencia, pues como se observa decayó el número de papeles y mientras aumentaba rápidamente el de los periódicos. Yo me atrevería a decir que es en los papeles o folletos donde se encuentra el verdadero debate durante las últimas décadas de vida colonial.
3. Existe una premisa que debemos considerar siempre: el desarrollo de la prensa depende del desarrollo económico y tecnológico de un lugar. Los factores que influyen de manera principal en la aparición de un periódico es el económico y en segundo término el político, o el político y el económico según la época que se estudie. Aunque el factor político influye en la evolución de un periódico o en sus rupturas, todos pretenden constituirse en una empresa redituable –muy insegura, por cierto, durante los siglos XVIII y XIX–, donde se invierte dinero y hay que recuperarlo. Luego entonces, hay que cuestionarse ¿quiénes están detrás de determinada empresa periodística? O ¿a quién representa un periódico que es poco leído?
4. Si el periódico es un medio de expresión, entonces interviene en la transmisión de mensajes y se constituye en un objeto de consumo colectivo. ¿Pero qué tan colectivo o qué grupos lo consumen? Una vez más me refiero al periodo de la proto-prensa: por más colectivo que hubiera sido, por ejemplo, el Diario de México solamente tiraba 600 u 800 ejemplares para la capital de la Nueva España donde vivían 160,000 almas. Y por más que la lectura fuera un asunto público, donde un promedio de 10 personas pudieran enterarse de los contenidos de cada ejemplar, únicamente 6,000 u 8,000 personas de la capital del virreinato no hacen un verano como para considerar que el Diario era todo un actor en la conformación de un espacio público de comunicación o de formación de opinión pública.
5. El periódico constituye una tribuna donde convergen diferentes tipos de discursos sociales. Los periódicos de cada época son un campo plural y complejo donde converge no uno sino múltiples contenidos como el literario, el político, el oficial, el científico e incluso el histórico. De ahí que el estudioso de un periódico deba comenzar por establecer qué discursos están presentes, pero también cuáles están ausentes, así como qué relación tiene ese discurso con la sociedad de la época. En este sentido, la proto-prensa del XVIII constituye mucho menos complejo que la prensa actual– ya que tan sólo encontramos el científico, el literario. Durante este periodo, las publicaciones periódicas se hallaban ligadas al poder y no creían que fuera necesario informar de los sucesos de los que ellos se enteran mediante sus actividades cotidianas. Los editores pensaban que no era imprescindible incluirlos en la prensa; al fin y al cabo su interés no era informar, sino contar con publicaciones a la altura de las cortes europeas.
Ojalá los investigadores de la prensa nos acerquemos a los periódicos para estudiarlos con una nueva visión. Yo sólo intento coadyuvar a hacer la historia de la prensa de otra manera para que cuando los historiadores recurran a los periódicos como fuentes documentales lo hagan conociendo su representatividad, su influencia, sus editores, sus intereses, etcétera.
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