Independientemente de cómo votemos cada uno de nosotros y de las motivaciones que nos lleven a ello (anti Fujimori, anti Humala, pro Fujimori, pro Humala, anti los dos), el 28 de julio alguno de los dos candidatos que pasaron a 2da vuelta será el presidente o la presidenta del Perú. Ambas opciones tienen sus riesgos. Me gustaría comentar aquí cuáles pueden ser algunas de las razones por las cuales se podría votar a favor o en contra de Fujimori o Humala.

Mi impresión personal es que si hay gente que está contenta o por lo menos medianamente satisfecha (o por último no tan descontenta) con el actual estado de la economía y quiere o está dispuesta a aceptar que las cosas sigan más o menos igual que como ha sido con el gobierno aprista, la opción por Fujimori podría ser lo más conveniente para ellos. Es una opción que puede garantizar una continuidad del statu quo actual y que para muchos puede darles cierta estabilidad, es decir “business as usual”. Difícilmente un nuevo gobierno fujimorista recurrirá a medidas como las del 5 de abril, pero puede seguir con la habitual costumbre suya (y del gobierno aprista) de tratar de controlar ciertos espacios de decisión en el poder judicial que permitan algunas cosas... como por ejemplo la libertad de Alberto Fujimori, uno de los principales objetivos declarados de su hija cuando deslizó la posibilidad de lanzarse a la presidencia apenas se conoció el fallo de condenó a Fujimori a 25 años de prisión.

El riesgo de un gobierno de Fujimori es aceptar la alta probabilidad de que el manejo del Estado se haga más corrupto que lo que es ahora. Muchos de los operadores políticos del Fujimorismo en su etapa final son los que acompañan a la actual candidata Fujimori. Es cierto que Fujimori dice que “no cometerán los mismos errores” y que ella no es su padre, aunque más allá de ser una hija que lo defiende como puede y una muy buena candidata, no se conocen mayores méritos en la trayectoria política de la Sra. Fujimori. Hay varios implicados en casos de corrupción en el gobierno fujimorista que han purgado o están purgando condenas de prisión, pero sería iluso pensar que los intereses mafiosos o empresariales que incentivaron esa corrupción (tráfico de armas, narcotráfico, empresas que negocian ventajas con el Estado) han dejado de existir o cortaron completamente los vínculos con los operadores más mafiosos o más políticos del fujimontesinismo.

La opción por Humala ofrece para algunos la posibilidad de un cambio de rumbo en el manejo de la economía, en principio dirigido hacia quienes no suelen beneficiarse tanto de la misma en la actualidad. No creo que ese cambio llegue a ser tan radical, pero en este país hablar de una mayor regulación estatal, mayores derechos sociales, o incluso de la posibilidad de reforzar la actividad empresarial del Estado, es casi una herejía que conlleva todos los anatemas posibles de los defensores de la sacrosanta libertad de los empresarios (que no es la misma que la libertad del mercado). Lo del chavismo parece más un espantapájaros (que ya tiene 5 años) repetido por algunos medios y políticos que un peligro real en la actualidad. Por lo que se ha visto en los últimos días, las (auto)restricciones a la libertad y neutralidad de la prensa y de información vienen más de quienes simpatizarían con un gobierno fujimorista que con uno humalista.

Uno de los riesgos con la opción por Humala es que haya una fuerte resistencia de diversos grupos de poder económico (incluidos medios de comunicación afines) y de la oposición política en el Congreso que fuercen un conflicto institucional y entremos en un periodo de inestabilidad política e incluso económica. Una confrontación política que lleve a una crisis institucional, puede terminar en escenarios similares a los experimentados por Ecuador, como en el caso de Lucio Gutiérrez (si se impone la oposición) o de Rafael Correa (si se impone el gobierno). La diferencia con Ecuador es que Humala no está llegando al poder con un amplio respaldo en primera vuelta, no tiene un mandato popular inconfundible para imponer su agenda de reformas económicas y políticas sin necesidad de negociar con otros actores políticos. Su “movida hacia el centro”, independientemente que sea o no del gusto del humalismo, es un gesto de que es conciente de ello.

Muchos temen que se caiga en manejos irresponsables o populistas de la economía para financiar los programas sociales del Estado, pero el Perú no es Venezuela (no tenemos petróleo) y, por lo que puede verse, en el entorno del Humalismo hay economistas (incluyendo los que se han sumado recientemente) que saben que la estabilidad macroeconómica es un tema central de la política económica del Estado. Más bien de lo que se ha hablado es de elevar la presión tributaria para que por lo menos se sitúe en el promedio regional (4 puntos por encima de nuestra presión actual), objetivo medianamente realista que podría permitir que se financien algunas (no todas) promesas sociales del humalismo. Sin embargo el riesgo es que el cambio en la política fiscal enfrente al gobierno con poderosos intereses económicos, conflicto que puede promover la inestabilidad política y económica. Además en ese escenario de conflicto, la impaciencia puede ganarle al gradualismo y llevar al gobierno a tomar medidas poco prudentes en el campo económico.

Ojo que no se descarta que un eventual gobierno humalista tenga problemas de corrupción (por ejemplo, ¿cómo se negociaría con empresas brasileñas que tienen intereses en el Perú?), aunque por este lado, parafraseando a Levitski, puede haber dudas, pero las pruebas de una trayectoria en esa dirección son abrumadoras en el otro lado.

Evitar los riesgos de una u otra opción no está sólo en manos de los candidatos y sus partidos (de su sinceridad o de si les creamos o no). Si las garantías democráticas o de manejos responsables del Estado dependen únicamente de la honestidad o buena voluntad de los políticos (quienes quiera sean éstos) estamos fritos. La democracia no funciona sobre la base de la buena voluntad de los políticos sino a partir de la existencia de instituciones tanto del sistema de político (los partidos, el congreso, el poder judicial, los órganos de control) como de la sociedad civil (medios, opinión pública, organizaciones sociales, ciudadanos interesados) que generen los contrapesos necesarios para contrarrestar la tendencias hacia una concentración del poder en manos del ejecutivo o el ejercicio del mismo sin controles ni transparencia. Sabemos que estas instituciones no son muy fuertes que digamos, pero ¿son más débiles que hace 11 años?.

Creo que una posible interpretación de la actual disyuntiva electoral es entre elegir “casi” más de lo mismo (con crecimiento económico pero sin mayor redistribución más su corrupción extra) y la posibilidad de un cambio hacia un modelo algo más redistributivo, pero que puede ser algo (o bastante) “movido” e incluso terminar mal. ¿Cuáles son las implicancias de esas opciones para el sistema democrático?, complicado de juzgar. Por lo que se ha visto en los últimas semanas el tema de la democracia y los “principios” democráticos ha pasado a un segundo plano y los electores, tanto los de arriba como los de abajo, están ponderando más su decisión en función sus bolsillos y billeteras (llenas o vacías), lo que es bastante normal en todas partes del mundo. Ojalá que algún día tengamos una elección donde ese siga siendo el tema central sin que haya preocupaciones acerca de la posible desaparición de las instituciones de un régimen democrático.