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Fuente: EFE

Después de una borrachera de promesas renuentes, declaraciones deslenguadas y actuaciones circenses en la campaña electoral; la resaca de la primera vuelta nos muestra una sociedad desconcertada y dividida, sin un horizonte común.

Los resultados oficiales de la ONPE colocan como indiscutible ganador de la primera vuelta al candidato Ollanta Humala de Gana Perú, seguido de Keiko Fujimori de Fuerza 2011 y pisándole los talones Pedro Pablo Kuczynski de Alianza por el Gran Cambio; el ex presidente Alejandro Toledo y todos los demás candidatos han quedado fuera de juego.


Este escenario es uno que se fue pintando en las últimas semanas de la campaña electoral, donde Humala subía como la espuma, Kuczynski ascendía sostenida pero lentamente y Fujimori se mantenía con un voto durísimo como una piedra. Mucha pintura corrió para dibujar este paisaje, empezando por los enfrentamientos sin sentido de Toledo con un aún liliputiense Kuczynski (provocados por el mal de altura que enfermó al ex presidente cuando nada estaba dicho), hasta los efectos nocivos del voto perdido que dejaron a Castañeda más rezagado de lo que cualquiera hubiese pensado días antes de la elección.

Este fresco surrealista nos deja apreciar un país de lenguas diferentes gracias a la galopante desigualdad social y cultural de nuestras regiones y a las heridas de un pueblo que continua en una batalla contra sí mismo. No se necesita ser muy astuto para comprender que en este fresco, el sur del Perú (gran decisor en esta elección) tiene un punto de fuga opuesto al de la capital y por lo menos discordante con el del norte.

Para el elector de Humala y Fujimori, el argumento de la defensa de las instituciones que rigen nuestra sociedad le suena hueco, poco digno de loa, insuficiente para merecer siquiera una pizca de reflexión; es que el hambre apremia, y si la democracia y todos sus amigos no sirven para comer, de más está tomarlos en cuenta. Resulta cierto pues aquello de que la democracia es comer tres veces al día.

Ciertamente estas elecciones son síntomas de la salud de nuestra democracia, pero son síntomas tenues de una democracia a medias, pues la historia nos demuestra que en estas tierras las instituciones muerden el polvo cada temporada que no llega ni a quince años. La democracia no es únicamente elecciones periódicas sin fraude, tal vez este aspecto pueda estar garantizado, pero las tentaciones autoritarias ante las dificultades de gobierno por parte de los dos candidatos en carrera son más que presumibles.

El panorama es triste, porque en números fríos, la mitad del Perú no ha votado por ninguno de los dos candidatos que pasarían a la segunda vuelta. La mitad del Perú no confía en ellos, no hace suyas sus propuestas y aún así se verá obligado a legitimar su gobierno, por lo menos en apariencia, pues el ballotage aquí no suele cumplir sus objetivos.

Con estos resultados y a pesar de los de la segunda vuelta, las antípodas seguirán habitando la opinión política de nuestra gente y los buses del progreso tendrán destinos diferentes, salvo que la palabra concertación se incorpore sinceramente al vocabulario de nuestros líderes políticos. ¿Quién tiene la culpa? Difícil responder sin dejar de incluirnos a todos.

Veremos cómo se recompone el esquema de fuerzas dependiendo de los resultados finales. Eso sí, una nueva borrachera nos espera. De mi parte, puedo decirles que en esta primera ronda, la resaca de las elecciones ha sido más jodida que la borrachera misma.