El fanatismo religioso y su antídoto (3/4)

Me interesa el fanatismo religioso desde una óptica filosófica, lo que significa que dejo de lado cualquier consideración psicológica del mismo como patología del carácter. Si hablo de la inseguridad que impide que las personas se abran a ideas y costumbres distintas de las propias; si toco el tema de la pérdida de autoconfianza básica que impide arriesgar cambios, explorar lo nuevo, no lo hago para trazar perfiles psicológicos, sino para caracterizar más bien una crisis de la cultura. Nuestras seguridades e inseguridades psíquicas y espirituales provienen, en efecto, del ambiente socio-cultural en el que vivimos, y en este ambiente, como en el del caballo, hay siempre la posibilidad de una mordedura que produzca una crisis más o menos severa.
Debo añadir aquí, casi como entre paréntesis, que ‘entrar en crisis’ no es para una cultura algo equivalente a ‘estar desahuciada’. Las crisis son inherentes a la temporalidad de las culturas, y por ello se repiten y suceden una y otra vez, al punto que no hay en la historia de los pueblos periodos extensos en los que no sea posible detectarlas.
Pues bien, volviendo a mi metáfora, hay en ella una cierta intención de traslado del sentido ecológico, que nos hace aceptar sin ningún tipo de dramatismo moral la existencia de animales venenosos en la naturaleza salvaje, al sentido filosófico-sociológico que nos hace rechazar los venenos culturales. Hace falta que la mente o el espíritu humano sea capaz de encarar con serenidad y con éxito las crisis culturales a las que inevitablemente está expuesto. Creo que las llamadas ‘grandes culturas’ se han hecho merecedoras de ese galardón porque han brindado a los individuos la posibilidad de una permanente adaptación de sus valores y sus normas a las permanentes intoxicaciones producidas en su seno.
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No sé que tan logrado está el uso de esta metáfora. En todo caso, mi enfoque en esta charla no apunta a comparar culturas, sino a destacar cierto tipo de reacciones culturales.
¿Cuál es el antídoto contra el fanatismo religioso? La metáfora sugiere, en primer lugar, que es preciso hablar el mismo lenguaje del fanático. Esto quiere decir que es absolutamente imprescindible que nos hallemos, de algún modo, dentro de o en relación con el fanum, es decir, en los predios del discurso sagrado.
En segundo lugar, la metáfora de la inoculación sugiere que debemos poder aceptar una cierta dosis, cuidadosamente controlada, de furor fanático, porque de otro modo no se podría establecer el contacto capaz de neutralizarlo.
Mi hipótesis es que en nuestras propias tradiciones religiosas ha habido una inoculación moderada de furor fanático, y que se trata de observar cómo ha reaccionado cada organismo cultural para protegerse de los excesos tóxicos que la amenazan.
Por ejemplo, el Islam desarrolló entre los siglos X y XII una institución apropiada para producir su propio antídoto contra el fanatismo, que fue la Ijtihad, el arte de la interpretación del sometimiento. Desdichadamente, con el paso del tiempo la Puerta de la Ijtihad se cerró y se impuso la tendencia a aceptar sólo una manera única de entender el Islam.
Desde luego, el cristianismo y el judaísmo desarrollaron sus propios recursos contra el fanatismo, y personalmente considero a Agustín de Hipona y a Moses Maimónides como los grandes maestros del equilibrio espiritual en nuestras tradiciones. Pero no es mi deseo entrar a detallar un asunto que, por lo demás, sólo conozco bien en relación con la tradición cristiana. Simplemente deseo terminar de plantear mi hipótesis acerca de la naturaleza de la antitoxina que estas grandes tradiciones religiosas han producido.
Empecé anticipándoles que la antitoxina es el escepticismo, y ahora debo explicar por qué.








Comentarios
es algo muy interesante
supongo que algunas personas buscamos una religion como el refugio o con el fin de ser asceptado por determinado grupo
nonoo culquiera !
aguantee el anarquismo !
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