Dos minutos
Mis ojos se abren de poquitos, temiendo un mal giro de la suerte mientras sigues sonriéndole al devenir. Y yo te miro con ganas de besarte y no besarte, te miro encantado sin admitirlo, te escucho pequeñita y sensible entre mis brazos. Te escucho y quizás tú también me escuches. El camino se acorta y el viento dejó de atropellar tu cabello que se enreda con el mío. Enhebramos el tiempo, la sonrisa desinteresada que nos hace tanta falta como la travesura que hicimos... al tentar al camino largo para mí, mi memoria y tú.
El viaje culmina mientras otro empieza: el regreso a la realidad para tratarnos como dos extraños. Te oí, dirá la conciencia, mientras tu silencio ahora prima en nuestras tertulias, cuando recuerde los cuchicheos que tu risa provocaban en mí. La brisa, el viento, tú a la proa de mi barquito que aún habita en mi memoria, mientras que tú... tú eres aún víctima de la imaginación de este loco que inventa historias de la nada. Como esta, por ejemplo, que duró solo dos minutos en la vida real, aunque la memoria sea exacta en valorar tu recuerdo.
Dos minutos parecen resumir la eternidad cuando se trata de recordarte.









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