30/12/10: Experiencia de Campo I en AA.HH. Santa Rosa -Catacaos (Piura)
8:20am. Terrapuerto de Piura.
Bajo buscando los baños, con hambre y una profesora que volvía a la tierra añorada luego de meses. La comida del bus no había sido suficiente y necesitábamos ‘tragar’ algo antes de comenzar cualquier labor. Mary Burneo escuchó nuestras plegarias y nos llevó a La Chayo, en el que los platos del Bajo Piura están a la orden del día. Desfilaron el Ceviche con Zarandaja, la Carne Aliñada –no confundir con la carne seca - y finalmente el popular Seco de Chabelo; acotación: el chabelo no es la carne de algún animal sino plátano machacado. Solo tras este piqueo, la profesora preguntó: ¿ahora sí, listos para comenzar el trabajo?
Mi primera experiencia de campo comenzaba con una consigna: estar atento a asimilar cuanto dato nuevo escuchase u observase. Esto me llevó a aguzar el oído y a flexibilizar la muñeca para apuntar toda información propia del lugar, aunque no sea relevante para el marco teórico organizado desde Lima. Esta dinámica de apropiarme de cuanto aspecto supiera del lugar me llevó a pensarme como el autor de una etnografía del AA.HH. Santa Rosa al estilo de un Boas o Malinowski que, con cuaderno de campo y/o diario personal bajo el brazo, se lanzaban a dejarse cautivar por aquel otro lejano y exótico.
Los dos primeros días: mapeo social conociendo actores, identificando rutas, ritmos, modos y dejándome llevar por el trato con mis huéspedes. En este punto recordé un texto sobre la ética en el trabajo de campo y me pregunté por el tipo de relación que estaba estableciendo con mis sujetos-objetos de estudio.
Al tercer día vieron la luz mis primeras entrevistas pactadas y su aplicación fue el comienzo de mi mayor aprendizaje del lugar pero también de mi auto-aprendizaje como investigador. Para este fin, la estadía de una semana validó su duración puesto que me tocaba adaptarme a los ritmos de los comuneros. Así, un “no está señor/joven/hijito, vuelva/e en la tarde/como a las 3 lo encuentra” se convirtió en frase común; claro, esto a menos que fueses/quedases a/en buscarle en su chacra en la mañana. Ahora, si volvías a su casa en la tarde el informante podía responderte con un “ahora ya estoy descansando, búsqueme/búscame mañana en la mañana”. Con esto, nada que hacer y vuelta sobre tus pasos a dormir temprano a las 10pm que el campo te esperaba desde las 6am.
Así, por seguirle los pasos a “Blanquita”, ex dirigente de los comuneros y gran conocedor de la historia del AA.HH Santa Rosa, caminé media hora preguntando a campesinos por su chacra prácticamente sintiéndome Marco en medio de las pampas argentinas buscando a una madre inalcanzable. Y me sorprendía que, estando lejos de “la casa” –como llegué a llamar al hospedaje de Don Faustino Paz en estos cortos días –podía encontrar a campesinos que sabían de él y que continuaban complementando mi mapeo físico y mental del territorio con sus referencias de dónde ubicar su parcela. Y es que en el campo y en el pueblo, te conocen y se conoce lo que haces; como cuando Mary nos dijo que hasta el señor que megafoneaba cada mañana dando asuntos varios al pueblo a las 5am ya sabía lo que Fabian Tejeda, Francis Bravo y yo veníamos a hacer, hasta cuándo nos quedaríamos, con quiénes nos relacionábamos en el pueblo, etc.
La apertura de la gente fue buena: les gusta contar lo que saben y que los citadinos se enteren de su modo de vida. Justamente, de estas interacciones aprendí a hacer más entendibles o simples, directas y concisas mis preguntas de investigación. Es decir, a orientar en lo justo el sentido de mis preguntas para que todo un rollo no despiste el hilo conductor de la misma, a saber que no siempre andaré en grupo para hacer las intervenciones y que cada quien obedece a sus propios ritmos e iniciativas para realizar su trabajo, a no confiarme en que todo está en la grabación sino que apenas terminada la entrevista es mejor completar el sentido de los apuntes dejados a medias o incluso apuntar en frases cortas la respuestas comentadas para así no tener que hacerlo recién días después de la grabación -cuando la memoria, ya no tan fresca, va traicionando al memorioso o distorsionando los recuerdos- y finalmente, a no plantear como posibles respuestas a la pregunta hecha a un entrevistado lo contestado por otros con el deseo de encontrar semejanzas en los puntos de vista de ambos y no dejar escueta su respuesta.
Las entrevistas, las idas y venidas a la chacra o a otros asentamientos –donde podría encontrar a los hijos de algunos comuneros entrevistados–continuaron marcando la dinámica de los días de campo. El momento de volver a Lima ese domingo 17 se aproximaba y la idea de nuestra vuelta a casa comenzaba a retumbar en las mentes de nuestros anfitriones. Es el punto en el que el/la informante es mucho más que un(a) colaborador(a), es un amigo que te pide no te olvides de su localidad y que te recuerda que serás recibido con los brazos abiertos si algún día decides volver. Es ese(a) amigo(a) a quien un número de celular o un correo apuntado cierra una etapa y, a la vez, abre una posibilidad de reencuentro en el futuro. Como me dijo Néstor, el hijo de Don Faustino: “ya nos volveremos a ver en Lima para tomarnos una chelitas…”
Alonso Galván Ferril
Bajo buscando los baños, con hambre y una profesora que volvía a la tierra añorada luego de meses. La comida del bus no había sido suficiente y necesitábamos ‘tragar’ algo antes de comenzar cualquier labor. Mary Burneo escuchó nuestras plegarias y nos llevó a La Chayo, en el que los platos del Bajo Piura están a la orden del día. Desfilaron el Ceviche con Zarandaja, la Carne Aliñada –no confundir con la carne seca - y finalmente el popular Seco de Chabelo; acotación: el chabelo no es la carne de algún animal sino plátano machacado. Solo tras este piqueo, la profesora preguntó: ¿ahora sí, listos para comenzar el trabajo?
Mi primera experiencia de campo comenzaba con una consigna: estar atento a asimilar cuanto dato nuevo escuchase u observase. Esto me llevó a aguzar el oído y a flexibilizar la muñeca para apuntar toda información propia del lugar, aunque no sea relevante para el marco teórico organizado desde Lima. Esta dinámica de apropiarme de cuanto aspecto supiera del lugar me llevó a pensarme como el autor de una etnografía del AA.HH. Santa Rosa al estilo de un Boas o Malinowski que, con cuaderno de campo y/o diario personal bajo el brazo, se lanzaban a dejarse cautivar por aquel otro lejano y exótico.
Los dos primeros días: mapeo social conociendo actores, identificando rutas, ritmos, modos y dejándome llevar por el trato con mis huéspedes. En este punto recordé un texto sobre la ética en el trabajo de campo y me pregunté por el tipo de relación que estaba estableciendo con mis sujetos-objetos de estudio.
Al tercer día vieron la luz mis primeras entrevistas pactadas y su aplicación fue el comienzo de mi mayor aprendizaje del lugar pero también de mi auto-aprendizaje como investigador. Para este fin, la estadía de una semana validó su duración puesto que me tocaba adaptarme a los ritmos de los comuneros. Así, un “no está señor/joven/hijito, vuelva/e en la tarde/como a las 3 lo encuentra” se convirtió en frase común; claro, esto a menos que fueses/quedases a/en buscarle en su chacra en la mañana. Ahora, si volvías a su casa en la tarde el informante podía responderte con un “ahora ya estoy descansando, búsqueme/búscame mañana en la mañana”. Con esto, nada que hacer y vuelta sobre tus pasos a dormir temprano a las 10pm que el campo te esperaba desde las 6am.
Así, por seguirle los pasos a “Blanquita”, ex dirigente de los comuneros y gran conocedor de la historia del AA.HH Santa Rosa, caminé media hora preguntando a campesinos por su chacra prácticamente sintiéndome Marco en medio de las pampas argentinas buscando a una madre inalcanzable. Y me sorprendía que, estando lejos de “la casa” –como llegué a llamar al hospedaje de Don Faustino Paz en estos cortos días –podía encontrar a campesinos que sabían de él y que continuaban complementando mi mapeo físico y mental del territorio con sus referencias de dónde ubicar su parcela. Y es que en el campo y en el pueblo, te conocen y se conoce lo que haces; como cuando Mary nos dijo que hasta el señor que megafoneaba cada mañana dando asuntos varios al pueblo a las 5am ya sabía lo que Fabian Tejeda, Francis Bravo y yo veníamos a hacer, hasta cuándo nos quedaríamos, con quiénes nos relacionábamos en el pueblo, etc.
La apertura de la gente fue buena: les gusta contar lo que saben y que los citadinos se enteren de su modo de vida. Justamente, de estas interacciones aprendí a hacer más entendibles o simples, directas y concisas mis preguntas de investigación. Es decir, a orientar en lo justo el sentido de mis preguntas para que todo un rollo no despiste el hilo conductor de la misma, a saber que no siempre andaré en grupo para hacer las intervenciones y que cada quien obedece a sus propios ritmos e iniciativas para realizar su trabajo, a no confiarme en que todo está en la grabación sino que apenas terminada la entrevista es mejor completar el sentido de los apuntes dejados a medias o incluso apuntar en frases cortas la respuestas comentadas para así no tener que hacerlo recién días después de la grabación -cuando la memoria, ya no tan fresca, va traicionando al memorioso o distorsionando los recuerdos- y finalmente, a no plantear como posibles respuestas a la pregunta hecha a un entrevistado lo contestado por otros con el deseo de encontrar semejanzas en los puntos de vista de ambos y no dejar escueta su respuesta.
Las entrevistas, las idas y venidas a la chacra o a otros asentamientos –donde podría encontrar a los hijos de algunos comuneros entrevistados–continuaron marcando la dinámica de los días de campo. El momento de volver a Lima ese domingo 17 se aproximaba y la idea de nuestra vuelta a casa comenzaba a retumbar en las mentes de nuestros anfitriones. Es el punto en el que el/la informante es mucho más que un(a) colaborador(a), es un amigo que te pide no te olvides de su localidad y que te recuerda que serás recibido con los brazos abiertos si algún día decides volver. Es ese(a) amigo(a) a quien un número de celular o un correo apuntado cierra una etapa y, a la vez, abre una posibilidad de reencuentro en el futuro. Como me dijo Néstor, el hijo de Don Faustino: “ya nos volveremos a ver en Lima para tomarnos una chelitas…”
Alonso Galván Ferril
Etiquetas :

Total de Votos: 2 - Rating: 5.00
Ingrese su correo electrónico para suscribirse a los comentarios de este artículo:





