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A partir de la antítesis de Sueños bárbaros, Rodrigo Núñez Carvallo (Lima, 1953), nos ofrece una novela donde la realidad vaga sin esperanza y sobre sueños. No obstante lo bárbaro, es decir lo excesivo, lo temerario, lo magnífico, es una cualidad generativa que permite a sus personajes habitar en el cielo de los seres escritos y escapar así del anonimato confuso de la vida misma. Quizá esto último sea la mejor virtud de sus personajes, ya que “reales” o no (la historia irá apagando esas voces documentalistas) mantienen la voluntad quijotesca y el espíritu crístico contra una realidad desatada de violencia y miedo que fue el Perú de las décadas de 1980 y 1990, donde subversivos, oficiales y políticos dirigían su empeño hacia la pobreza y el aniquilamiento. Qué heroico resulta pues que, ante escenarios tan apocalípticos, un grupo de jóvenes, cual cofradía, busquen apagar sus propios miedos, y de los demás utilizando el arte y la amistad como únicas huellas auspiciosas para la evasión y para su propio autoconocimiento. Más aun cuando el objeto de sus obsesiones es el cine, pero no únicamente como dedicados e ilustrados espectadores, sino que escogen como molino de viento la elaboración de una propia metapelícula que responda y juegue con sus antecedentes (La noche americana, Fedora, Sunset boulevard, El cameraman, Cinema paradiso, etcétera). De ahí que, y respondiendo al anatema de Macedonio Fernández que enuncia que el lector nunca deja de ser un personaje y que está allí no leyendo, sino siendo leído, asistimos a un juego de ficciones donde tramoyas y escenarios transitan a pura fe sobre la idea de que las mejores ficciones no solo son aquellas que parten de la realidad, sino que más bien son aquellas capaces de reconvertir la misma y bajarle al mínimo la tonalidad de la vida despierta; y darle mayor crédito a la vida soñada. Así la noción de la vida se amplifica y nosotros mismos, en ese juego totalizante, nos mimetizamos en nuestra propia ficción y en la de los demás. Pero no como mérito, más bien como condición finita de nuestra levedad y absurdo. Metanovela o película-literaria, Sueños bárbaros, inscribe los postulados de su condición en sus propias páginas: “Todo es creíble, todo es verosímil, todo puede suceder. Nuestra propia vida se diluye en el film. Como diría Kracauer, en las metapelículas se produce una doble redención de la realidad física, lo cual les permite una vida propia, autónoma e independiente como creación, que trasciende al creador y a la propia noción del arte” (p. 326).

“Sueños bárbaros”, de Rodrigo Núñez Carvallo. Ediciones Peisa, 2010. 464 páginas.